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El neoliberalismo... ¿Contrataca? El asalto de la Sinrazón (de Pinochet a Bolsonaro) Segunda Parte

En este horizonte de visibilidad política, la tristemente célebre frase pronunciada por el aclamado "Padre del Neoliberalismo", F. von Hayek: "Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente", sigue revelando el arquetipo que abraza las preferencias sociales que y subyace a este proyecto político de la clase transnacional globalizada, sus programas electorales y los planes de políticas públicas que constantemente han sido mantenidos, impulsados y recreados durante las últimas décadas —con afortunadas pero muy pocas excepciones— para garantizar "el libre desarrollo del Capital", según frase pronunciada por L. von Mises.

No debe extrañar entonces ni anunciarse como una situación inédita para el siglo XXI las expresiones autoritarias. Manifestaciones que si bien podrían ser erráticas en su aparición, al mismo tiempo son paulatinamente crecientes. Si bien, más recientemente, muchas de ellas podrían emular los tiempos del fascismo del siglo pasado, sobre todo con motivo de las victorias electorales en EE. UU. (Donald Trump) y en Brasil (Jair Bolsonaro) deberían, por un lado, analizarse en su especificidad histórica. Políticamente sería aventurado igualar los gobiernos ultraderechistas con claras expresiones fascistas, como los regímenes fascistas de antaño. Sin embargo, la precisión teórica —de otro lado— tampoco debe olvidar que el fascismo histórico se trató —en ese momento— de la profundización de las lógicas y contradicciones del capitalismo, tal y como sucede con la fase neoliberal en su duración en el siglo XX y en el nuevo milenio.

Si se mantiene esta tesis, según la actual fase capitalista el neoliberalismo significa la exacerbación histórica de las dinámicas y, por supuesto, de las contradicciones de esta formación social, ecuación que presupone que los altos grados de explotación económica —nunca antes vistos, cuantitativa y cualitativamente hablando; incluso inobjetables desde una simple observación estadística— vienen siendo repotenciados de la mano de la profundización de la opresión social y, especialmente, desde la dominación política y la alienación ideológica. La coacción, la coerción, incluso la manipulación, generalizadas son materializadas por la vía del incremento inusitado de las violencias. Privilegiando lógicamente aquellas ejercidas "legalmente" —al decir, de El Capital— contra las sociedades en general, y contra el Trabajo (sus actores, sujetos, agentes), en particular. Trump y Bolsonaro representan simple y llanamente otra más de las manifestaciones de esta tendencia.

Es un error (analítico) y, a su vez, un engaño —políticamente hablando—, provocar alrededor de esos dos casos aislados un protagonismo exasperado so pena de instalar diagnósticos no sólo incompletos sino también sesgados. Podría correrse el riesgo de omitir expresiones —menos publicitadas, aunque, de hecho, en la práctica tanto o más— autoritarias, como aquellas presentes en los gobiernos de M. Macri en Argentina o S. Piñera (por segunda vez) en Chile; Abdó en Paraguay o Lenin Moreno en Ecuador. Seguramente, el caso más paradigmático sería el de I. Duque en Colombia. Desaprobar lo anterior sería aceptar un entusiasta triunfo de la desmemoria.

No debe olvidarse que el arco autoritario abierto en la región desde las décadas de 1960-1970 precisamente con la inauguración del neoliberalismo a través de las dictaduras cívico-eclesial-militares no ha cesado. Ab origine el neoliberalismo fue una clara reminiscencia actualizada y, por lo tanto, en un momento histórico diferente, de lo que mostrara C. Marx en el famoso capítulo 24 de El Capital: "la llamada acumulación originaria".

No resulta un detalle entonces que Bolsonaro, Macri o Piñera encarnen directamente la evocación del terrorismo de Estado liderado por Humberto de Alencar Castelo Branco en 1964, Rafael Videla en el año 1976 o Augusto Pinochet a partir de 1973, por sus vínculos carnales con los regímenes dictatoriales (las familias Macri y Piñera fueron grandes beneficiarias de las medidas tomadas por sus respectivas dictaduras) y, en particular, Brasil, donde el gabinete gubernamental es una nueva combinación tecnomilitar, tal y como lo había analizado Ruy Mauro Marini para el caso de antaño. En Colombia, país en el cual se ha cristalizado por más de medio siglo un régimen "mitad democracia, mitad dictadura" (lo que la ciencia política denomina anocracia), Iván Duque actualiza la personificación del embrujo autoritario que durante los ochos años de duración de la presidencia de Álvaro Uribe Vélez supuso uno de los episodios más sangrientos en la historia de este país.

Menos se podría dejar de lado el tránsito desde los gobiernos autoritarios en América Latina y el Caribe durante la década de 1980. Lejos de significar la construcción de sociedades democráticas, aquella época entronizó regímenes sociopolíticos delegativos, es decir, sistemas políticos estructuralmente autoritarios, los cuales —en medio de la expectativa que generó ese trance— fueron, a la postre, "legitimados" mediante la institucionalización de elecciones periódicas (ni limpias ni mucho menos "competitivas", como lo resumen las estadísticas al respecto).

En lo fundamental, la profundización del neoliberalismo se ha sostenido a partir de la continuidad y profundización de su inherente carácter autoritario.

Otra cuestión es que, a través de distintas orientaciones políticas y modalidades "de políticas", se haya logrado reconvertir, hasta donde ha sido posible y según ha sido necesario, las expresiones militaristas abiertas, restituyendo la intensidad del extremo "civil", sin que ello signifique la desestructuración de las violencias originales que le son constitutivas.

Un síntoma bastante ilustrativo de lo anterior debe interpelar la fase electoral del neoliberalismo, gestionada por gobiernos de derecha en el siglo XX, continuada por los gobiernos (mal) llamados "progresistas" durante el nuevo milenio, quienes reprodujeron más continuidades que rupturas, respecto a la violación sistemática de los derechos populares, empezando por el fundamental a la vida, episodios que simplemente quedaron archivados por la voz oficial. Desde allí, se concretó la legitimación implícita del horror dictatorial.

El retorno del Coup d'Etat como modus operandi en América Latina y el Caribe, ahora bajo la emergente faceta del Golpe de Estado "institucional", tal y como sucedió en Paraguay y, luego, paradigmáticamente en Brasil, y sin referir todavía al sinnúmero de episodios e intentonas activadas —varias fallidas— en varias latitudes del subcontinente (Venezuela, Haití, Bolivia, Honduras y Ecuador) ratifica no sólo la vigencia del consenso de la fuerza instalado hace casi medio siglo en la región a través de los regímenes tecnomilitares por las clases políticas tradicionales (especialmente cuando juegan un rol de "oposición" electoral no gobernante), sino también corrobora la impronta sustancialmente antidemocrática del proyecto político del neoliberalismo.

Solamente en un caso —se trató de la única medida auténticamente antineoliberal tomada por los gobiernos de N. Kirchner y C. Fernández de Kirchner, quienes, neodesarrollismo mediante, profundizaron el neoliberalismo "por otros medios"—, y aún en forma incompleta —el brazo civil ha quedado hasta el momento intacto; de lo contrario, la familia Macri no habría podido acceder al poder de gobierno desde 2015—, resultó ser condenado el brazo armado de la última y más sangrienta dictadura en Argentina. Por el contrario, la regla general ha sido el silencio de la impunidad a lo largo y ancho de Nuestra América. En Colombia, el Acuerdo final de Paz que contemplaba establecer los responsables del terrorismo de Estado y sus apoyos civiles dentro del conflicto social armado, hasta ese momento el más antiguo del subcontinente, terminó siendo sistemáticamente bloqueado por los grupos de veto estatal involucrados en la espiral de las violencias desde arriba.

El retorno del Coup d'Etat como modus operandi en América Latina y el Caribe, ahora bajo la emergente faceta del Golpe de Estado "institucional", tal y como sucedió en Paraguay (caso Lugo) y, luego, paradigmáticamente en Brasil (caso Rousseff), y sin referir todavía al sinnúmero de episodios e intentonas activadas —varias fallidas— en varias latitudes del subcontinente (Venezuela actual, pero antes también en 2002 y 2003; Haití actual y en 2004; Bolivia en 2008; Honduras en 2009, y Ecuador en 2010) ratifica no sólo la vigencia del consenso de la fuerza instalado hace casi medio siglo en la región a través de los regímenes tecnomilitares por las clases políticas tradicionales (especialmente cuando juegan un rol de "oposición" electoral no gobernante), sino también corrobora la impronta sustancialmente antidemocrática del proyecto político del neoliberalismo.

Los recientes resultados electorales vistos en el largo plazo significan no sólo un movimiento ideológico liderado por las derechas políticas. Peor aún: dibujan un desplazamiento hacia el extremo ultraderechista del espectro, el cual —por contraste y comparación— antes que rememorar la década del esplendor neoliberal (electoral) entre 1980-1990, debe insistir en ir más allá en el tiempo, incluso retomando sus orígenes.

En este horizonte de visibilidad política, la tristemente célebre frase pronunciada por el aclamado "Padre del Neoliberalismo", F. von Hayek: "Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente" (entrevista diario El Mercurio, 12 de abril de 1981), sigue revelando el arquetipo que abraza las preferencias sociales que y subyace a este proyecto político de la clase transnacional globalizada, sus programas electorales y los planes de políticas públicas que constantemente han sido mantenidos, impulsados y recreados durante las últimas décadas —con afortunadas pero muy pocas excepciones— para garantizar "el libre desarrollo del Capital", según frase pronunciada por L. von Mises.


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Miércoles, 21 Agosto 2019

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