port3

El paro nacional: una oportunidad para ampliar la democracia

 A tres años de la firma de los acuerdos de paz sigue pendiente la tarea histórica de construir una democracia amplia y participativa en Colombia. Tan solo es necesario recurrir a la vergonzosa cifra de líderes y lideresas sociales asesinadas desde el 2016 para darse cuenta que, lejos de haberse construido un escenario con garantías para el debate y la inclusión política, en nuestro país la violencia sigue constituyendo uno de los instrumentos claves para tramitar los grandes problemas nacionales. Y las consecuencias: se mantienen los poderes político-económicos tradicionales que se han enriquecido con la explotación de nuestro territorio y de sus habitantes, y que han basado su ejercicio en acallar las voces populares negras, indígenas, campesinas, estudiantiles, trabajadoras, de las mujeres y de las diversidades sexuales y de género.

Esta violencia, como uno de los instrumentos privilegiados de la política colombiana, se comporta como un círculo vicioso: es reflejo de la falta de una participación efectiva de todos los sectores sociales, al mismo tiempo que sirve de medio para asegurar esta exclusión. Una espiral que el Acuerdo de paz supo reconocer como una de las causas estructurales del conflicto armado. Una ciclicidad que los y las colombianas tenemos la responsabilidad de romper, si el sueño es construir un territorio en paz, con justicia social.

Hoy, terminando el año 2019, debemos preguntarnos por qué no hemos logrado ampliar radicalmente nuestra democracia y cómo este problema histórico sale nuevamente a flote, como obstáculo, pero también como posibilidad, en el nuevo escenario de movilización que se abrió paso desde el pasado 21 de noviembre.

Recapitulemos. De la Habana quedaron hojas firmadas con una serie de medidas para ampliar y garantizar la participación ciudadana: un estatuto para el ejercicio de la oposición, una reforma del régimen y de la organización electoral, la promoción de la representación política de poblaciones y zonas especialmente afectadas por el conflicto, la formulación de Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial y la creación de medios de comunicación comunitarios, entre otras iniciativas. Sin embargo, luego del machetazo del Congreso y la declarada falta de voluntad del actual gobierno de Iván Duque por implementar lo poco que sobrevivió del acuerdo, tenemos como resultado curules embolatas para las víctimas, las últimas elecciones regionales llevadas a cabo con la misma política electoral que ha permitido por décadas la permanencia del gamonalismo y el fraude electoral, y un ejercicio de oposición que continúa sin garantías y sin un estatuto fuerte que le dé soporte. Es decir, nos quedamos con una iniciativa reformista, coja e inconclusa que, desde la institucionalidad, poco tiene para ofrecernos en materia de medidas democráticas para que nuevos y nuevas actoras lleguen a los escenarios de discusión y decisión de las necesidades de las y los colombianos.

Sería un error conformarnos con creer que la implementación de las tan aplazadas transformaciones en materia política tiene como única desembocadura su trámite por medio de la incompetencia y falta de voluntad política del legislativo y del ejecutivo de este periodo de gobierno. Entonces ¿qué nos toca a nosotras y nosotros como sociedad civil para ahondar esfuerzos en este proceso de ampliación democrática del que también somos responsables? ¿Por qué resulta clave volver a este tema en medio de una semana de movilización única en nuestra historia?

Sin lugar a dudas, si queremos avanzar hacia la consolidación de una democracia que salga del papel y se construya en la práctica, es clave la construcción participativa desde abajo del movimiento social. Este es un esfuerzo que durante años han liderado y pagado con su vida indígenas liberadores de la madre tierra, comunidades negras, campesinas, sindicalistas, estudiantes y líderes y lideresas comunales. Pero ha sido un papel que parece han cumplido solos en la periferia de las grandes masas urbanas del país. En síntesis, se trata de un trabajo de unos pocos a espaldas de las grandes mayorías que alejan de su cotidianidad la cuestión de la organización y la participación.

A pesar de esta apatía histórica, en los últimos años se han presentado algunos escenarios de ruptura de las cotidianidades de las masas urbanas, en donde han terminado por articularse con los esfuerzos de "los de siempre". Podríamos hablar del gran paro agrario de 2013 o de las multitudinarias movilizaciones en pro de implementar los acuerdos de paz luego de octubre de 2016. Sin embargo, hoy, el contexto nacional y latinoamericano nos vuelca a detenernos sobre el actual escenario que ha roto de manera histórica la cotidianidad de nuestros pueblos. Se trata del paro nacional que se viene desarrollando desde el 21 de noviembre con marchas, cacerolazos, chocolatadas, bailatones, asambleas barriales y la nunca ausente represión de la fuerza pública.

El análisis de estas jornadas de protesta, con su insólita duración, masividad y pluralidad de los sectores que participan, puede hacerse desde dos aristas. Una, a partir de los obstáculos a los que se enfrentan en materia de participación política como legado de una historia nacional en la que la violencia ha sido el medio por excelencia para el ejercicio político; y, otra ⸺que es en la que queremos hacer especial énfasis⸺ a partir de la gran oportunidad que representan para generar una transformación desde abajo de estas lógicas históricas.

Empecemos con los obstáculos. En primer lugar, el legado de décadas con una reforma política postergada nos enfrenta a un gobierno sin ningún problema en cumplir el papel de fiel protector de los poderes político-económicos que se han consolidado mediante el uso del despojo y la desposesión. Su llamado a diálogos no vinculantes y sin compromisos reales no es nuevo y, en este contexto específico, nos enfrentamos a un panorama institucional que, antes de estar interesado en avanzar, se encargará de dilatar y desgastar las iniciativas populares que hoy quieren cambios efectivos en materia de reformas económicas, pensionales, laborales y en relación con la doctrina represiva de la fuerza pública. En segundo lugar, se suman las consecuencias de los golpes provenientes de la represión y la persecución que han sufrido los distintos sectores sociales en Colombia. Estas se reflejan en sus lógicas organizativas caracterizadas por una amplia fragmentación, el predominio lógicas centralistas en sus capacidades organizativas y la continuación del predominio de la voz y los liderazgos de centrales sindicales que pretenden continuar a la vanguardia, aun debilitadas y sin relevo generacional efectivo. Lo anterior limita la posibilidad de vasos comunicantes con las nuevas voces que hoy se suman, con las voces históricas de indígenas, negros y campesinos que escapan de los oídos de los contextos urbanos y con las voces de los amplios territorios golpeados de manera diferencial por el conflicto armado en nuestro país. Y esta imposibilidad significa una barrera a la hora de presionar en bloque y desde abajo las condiciones de un Diálogo Nacional contundente.

A pesar de estos obstáculos, lo que se viene viviendo en distintos territorios colombianos desde el 21 de noviembre es ya un histórico ejercicio de participación ciudadana amplia llevado fuera del papel, y lo más importante, es sin duda una gran oportunidad para aproximarnos a esa democracia en cuya ausencia se ha prolongado la violencia en Colombia. Es claro que las falencias y obstáculos en nuestra democracia no se resolverán con unas cuantas semanas de movilización en las calles, ni con una mesa de diálogo más. Por el contrario, es un esfuerzo que debe continuar durante años. Sin embargo, es necesario reconocer la potencialidad de transformación de este paro histórico y, por tanto, debemos buscar la manera de aprovechar al máximo las posibilidades que se abren al contar con cientos y miles de personas ⸺y de los más variados sectores sociales⸺ inmersas en las discusiones políticas sobre el destino del país.

Y este es el gran potencial de la actual movilización: quienes salimos a las calles lo hacemos para encontrarnos con otras y otros como sujetos políticos, sujetos capaces de incidir en el rumbo de su propio país. No como un ejercicio en solitario, tal como el que realizamos en las urnas cada cuatro años, sino con el y la de al lado, partiendo de las diferentes adscripciones organizativas y partidistas, pero superándolas para construir poder popular. Reconocerse de tal manera y llevar a cabo acciones para tener incidencia no es otra cosa que ampliar la democracia.

Consideramos que para sacar el máximo provecho a las movilizaciones, plantones, conciertos y cacerolazos, es necesario juntarlas con dos iniciativas más: fortalecer lo que ya existe y renovar lo que ya no sirve.

Hay que fortalecer con nuevas ideas y nuevos sujetos los ya existentes trabajos barriales, las iniciativas de educación popular, los envejecidos sindicatos, las juntas de acción comunal, las cooperativas, las colectivas feministas y el sinnúmero de formas organizativas que en el presente integran "los mismos de siempre". Líderes y lideresas sociales ampliamente perseguidos por su labor organizativa. ¿Sería distinto si el ejercicio lo hiciéramos junto a ellos y ellas? Pues esos espacios nos permiten, por medio del diálogo con el y la de al lado, tomar decisiones en estas y otras coyunturas. Desde allí podemos construir con los vecinos y las vecinas un sentir colectivo que haga frente a los diálogos no vinculantes y sin compromisos reales que nos ofrece el gobierno del Centro Democrático, y partir también de esas iniciativas para crear colectivamente nuevas formas de participación política para nuestro país.

Sin lugar a dudas, las formas de organización de este y anteriores paros nacionales han conseguido algunos logros importantes sobre una gran cantidad de problemas que nos aquejan, pero momentos como el que hoy vivimos nos deben llevar a preguntarnos si no es hora también de renovar algunas formas y crear nuevas. Formas más amplias, menos verticales, que se disputen desde los barrios y veredas esa democracia real. Que la construyan desde la cotidianidad y no como algo que aparece como preocupación, únicamente en elecciones y durante las esporádicas marchas que duran apenas unas horas. Creemos que es hora de detenernos a buscar respuestas en nuestras vivencias del día a día, a pensar en cómo se expresan los grandes temas nacionales en nuestras preocupaciones matutinas, en nuestros salarios, en nuestras pensiones, y cómo estos nos conectan con quien vive a nuestro lado. Buscar las maneras de despertar la empatía, prolongando y multiplicando los encuentros, bailatones y chocolatadas que hoy abundan en barrios y calles. Aunar esfuerzos para pasar del encuentro espontáneo al organizado, para construir diálogos que propongan alternativas y soluciones mediante asambleas populares u otras formas que respondan a las particularidades de nuestros territorios. Y una vez hecho esto, preguntarnos cómo conectarnos más allá, cómo ampliar esto para construir los verdaderos diálogos nacionales con todos y todas.

Tenemos ante nosotras la oportunidad de construir una democracia cuya ausencia está en el origen del conflicto armado y de la violencia que por todas partes invade la cotidianidad y la política colombianas. Sin la participación real de todos y todas, esta tarea se seguirá postergando, y con ella se prolongará la violencia y la exclusión que hoy nos aqueja.


Descarga el archivo aquí:

pdf
File Name: Izq81_art03
File Size: 431 kb
Download File
 

Comentarios

No hay comentarios por el momento. Se el primero en enviar un comentario.
¿Ya està registrado? Ingresa Aquí
Invitado
Lunes, 06 Abril 2020

Imagen Captcha