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Llenar las calles, llenar los cabildos, llenar de cabildos*

Recuerdo el 11 de septiembre de 1973. Me encontraba en Tunja, en una calle llena de manifestantes. De pronto circuló entre la gente la información de que un golpe militar se estaba produciendo en Chile, a miles de kilómetros al sur, y que el palacio presidencial estaba siendo bombardeado por aviones de las fuerzas armadas. Recuerdo que la calle se llenó de gritos de protesta y de apoyo al pueblo chileno, cuyas experiencias de poder desde abajo (cordones industriales, ocupación de tierras...) eran para muchos de nosotros una razón de esperar y un modelo. Desde tiempo atrás seguíamos como podíamos la "experiencia chilena", y habíamos visto, maravillados, imágenes de las calles de Santiago llenas de inmensas multitudes que reclamaban poder popular.


Treinta años después visité por primera vez Santiago. Sus calles estaban vacías de multitudes movidas por una esperanza compartida, y llenas de masas fluyentes compuestas de individuos apresurados e indiferentes, separados unos de otros, compitiendo en desigualdad de condiciones por acceder a una serie de bienes y servicios muy desigualmente distribuidos. Como en cualquier ciudad de ese "mundo" implacable que el capitalismo ha construido en todas partes del planeta, en esas calles sin multitudes y ocupadas por el fluir incesante de la masa de individuos se sentía el aislamiento y soledad de unos y otros. Un sentimiento que sin duda se refuerza cuando se ha conocido las calles de Santiago llenas de multitudes, como en el caso de Patricio Guzmán. En la Cordillera de los sueños cuenta el cineasta que cuando regresa al Santiago de hoy ve las calles pobladas de individuos aislados, y se siente como un extranjero en su propio país. Memoria y nostalgia se cruzan en su vivencia de chileno arraigado en su país de exilio: la luz de la que hay nostalgia en su obra es también la de un momento histórico en que brillaba una esperanza común, vivida y compartida en las calles y lugares de la diaria actividad.


Hacía quince años que Chile había vuelto a la "democracia" de ciudadanos-individuos, y se regía por una Constitución política establecida por la dictadura militar para bloquear todo proceso de real transformación política, social, económica y cultural del país. Para asegurar entre otras cosas que las calles sigan estando indefinidamente vacías de multitudes de personas, y que sean simplemente un lugar de circulación de individuos apresurados e indiferentes unos hacia otros; para que circule eficazmente el recurso humano necesario para la producción y circulación del capital, y que a nadie se le ocurra imaginar que las calles y lugares de la diaria actividad pueden ser espacios de expresión y de creación política. Nada de eso: la Constitución, y no solo la pinochetista sino también las de todas las "democracias liberales" y de otros regímenes estatales de poder, establece que solo puede existir una y solamente una forma de expresión y de "creación" política, a saber, aquella que se ajusta a la regulación y reglamentación fijada por el Estado a través de la Constitución. La expresión y la producción ―que no creación― de políticas autorizadas reproducen una concepción de lo político como actividad especializada, desarrollada por políticos profesionales y partidos políticos en espacios institucionales separados de la actividad social, y de acceso reservado. La vida política queda entonces monopolizada por los profesionales de la política, en el marco de un sistema político concebido precisamente para perpetuar la monopolización de lo político por el Estado y la despolitización de la sociedad. En ese marco no hay espacio para la creación política, la cual, como cualquier otra forma de creación implica por definición la posibilidad de cuestionar, alterar, modificar, transformar y a veces romper el marco o la "forma" establecida. En ese marco solo cabe la producción política, y por cierto la producción industrial de la política, con planificación y grandes inversiones de capital. Sin capital no hay política.


En ese primer viaje efectuado cuando Chile tenía su tercer presidente de la post-dictadura, alguien me propuso visitar los cementerios de Santiago. Me explicó que en su ciudad esos lugares tenían un interés no solo estético o histórico, sino también, y ante todo, sociológico. En la comuna de Recoleta había un cementerio general, que era el público y el más antiguo, y un cementerio católico, que fue creado a finales del siglo XIX en el contexto del tradicional conflicto entre el liberalismo y la Iglesia, y como reacción a las políticas de separación de la Iglesia y del Estado. Para justificar esta creación, la Iglesia de la época llegó a invocar motivos evangélicos de igualdad y simplicidad cristiana: en oposición a la vanidad de los ricos que hacían construir lujosos mausoleos en el cementerio general, el cementerio católico debía construir tumbas sencillas donde pudiesen descansar en paz y en condiciones de igualdad los miembros de la comunidad creyente. Mientras me explicaba todo esto mi acompañante, quien proyectaba realizar un documental sobre el tema, me hizo visitar en el cementerio católico las tumbas de arriba y las tumbas de abajo. Así, literalmente: de arriba y de abajo.


Las de arriba se encontraban en la superficie, al aire libre, y las de abajo en un oscuro y húmedo subterráneo. Las de arriba presentaban una cierta uniformidad, que efectivamente no vería después en el cementerio general. Estaban dispuestas directamente en el suelo y eran todas del mismo modelo, recubiertas con el mismo tipo de losa funeraria. Las de abajo tenían otro tipo de uniformidad: todas eran nichos alojados en columbarios, cubiertos con cemento o con una lápida. En la oscuridad de la galería subterránea solo se podía tratar de leer los nombres de los difuntos a la luz incierta de un fósforo encendido, caminando entre los charcos y el lodo. Las de abajo eran las de los de abajo, y las de arriba las de los de arriba. Las de abajo se encontraban debajo de las de arriba, de tal manera que el de abajo difunto debía soportar "hasta el fin de los tiempos" el peso del difunto de arriba. No recordaba haber visto anteriormente una correspondencia tan nítida entre el significado espacial y el significado social de lo "alto" y de lo "bajo". La gente que concibió aquel cementerio tenía ciertamente una fuerte conciencia de clase y un agudo sentido de las analogías, de modo que aquel cementerio "cristiano" se presentaba como una clave para entender el presente de la sociedad chilena. Para entender, entre otras cosas, por qué algunos pretendían bloquear todo cambio político, social, económico y cultural en el país.


El cementerio general ofrecía otra clave, tal vez más directamente política. Aquí no había (o no vi) tumbas de arriba y tumbas de abajo, sino zonas bien demarcadas de sepulturas. En otros cementerios de varios países puede verse también demarcaciones espaciales, pero rara vez son tan nítidas y contundentes como en el gran cementerio público de Santiago. Pasando la puerta de entrada se ingresa en la primera zona de sepulturas, que son en su mayoría mausoleos de una arquitectura espectacular. Cada uno de esos mausoleos ha sido concebido como espectáculo, como algo para ser visto y admirado. Los hay de todos los tipos. Algunos son verdaderos palacios de varios pisos, otros son como pirámides. Algunos son familiares, y otros son de colonias europeas que todavía guardan los restos de aquellos y aquellas que los gobiernos chilenos (como los de otras partes de la América llamada "latina") consiguieron atraer en la segunda mitad del siglo XIX con el fin de "civilizar" el país, entregándoles en muchos casos las tierras de los "indios". Se puede adivinar en la variedad de monumentos una intención de rivalizar, como si cada familia o cada colonia hubiera querido y quisiera superar a las otras con el palacio fúnebre más grandioso. Los faraónicos monumentos están reagrupados en "manzanas" separadas entre sí por anchas calzadas bordeadas de aceras con árboles y plantaciones de césped. El nombre de cada calzada está claramente indicado, y todo luce limpio y bien conservado. Todo le da a uno la impresión de estar caminando por un barrio residencial.


Después de detenernos ante la tumba de Allende y ante el conmovedor memorial del detenido desparecido ―donde había gente sentada en actitud de recogimiento, o depositando flores y mensajes― llegamos a una zona sin palacios, con pocos mausoleos, más modestos, y con columbarios en mármol y muchas tumbas con variadas losas. Lo que se veía en esta zona corresponde a lo que se suele ver en cualquier cementerio en América y Europa. Seguimos caminando y, poco a poco, los caminos se estrechaban, las divisiones entre "manzanas" se desdibujaban, los arboles escaseaban, dominaba un color grisáceo uniforme de las piedras funerarias. De pronto apareció un muro. Por una puerta pasamos al otro lado, y era como llegar a un terreno baldío cubierto de hierba alta, malezas y espesuras de donde surgían aquí y allá pequeñas cruces de madera, o pedazos de ellas. No había caminos ni aceras. Se caminaba sobre la hierba y entre el lodo. Algunas de las cruces tenían un nombre, otras no. Después supe que se trataba del patio 29, el patio de los "rotos", de los miserables, de las víctimas anónimas del sistema capitalista, en el cual la dictadura pinochetista, una de las formas posibles de la política del capitalismo, sepultaba como "NN" los cadáveres de sus víctimas. Era el patio-testimonio de la inhumanidad del sistema, y el muro-frontera tenía la función de ocultarla. Un muro que tenía algo de un "muro de Berlín" erigido no por el capitalismo de Estado sino por el Estado capitalista. Creo que desde entonces (el año 2003) el patio ha cambiado en algo. Ahora se denomina patio 162, ya no hay hierbas altas ni malezas sobre las tumbas, y las cruces han sido alineadas y reparadas. En el año 2006 fue declarado monumento histórico y lugar de memoria de las víctimas de la dictadura militar, pero parece que hasta ahora ningún gobierno lo ha declarado lugar de memoria de las víctimas que han sido "rotas" por la irracionalidad de la economía capitalista y por la abismal desigualdad social que genera perpetuamente.


Desde entonces la desigualdad ha crecido, y hoy Chile es uno de los países con mayor desigualdad económica en América Latina. Sin embargo, el problema de la gran desigualdad económica no es solo económico, y sin duda su solución tampoco. En Chile como en otras partes del continente, la injusticia económica y social se halla diversamente relacionada con otra forma de injusticia, de tipo cultural o étnico-cultural. Hay formas de discriminación social y económica que son al mismo tiempo discriminación cultural, y cuyos orígenes remontan a la invasión colonial del siglo XVI. En la época de mi primera visita a Chile sabía por algunas lecturas y conversaciones algo de la realidad de las prácticas discriminatorias que afectan a la población indígena del país; sabía, por ejemplo, que Chile era de los pocos países latinoamericanos que no reconocía constitucionalmente su diversidad cultural y por consiguiente los derechos culturales que tal reconocimiento implica. En mi segunda visita, catorce años después, estuvimos en el Wallmapu y, compartiendo con su gente, conocimos más de cerca la profundidad del conflicto relacionado con el no reconocimiento de la diversidad cultural. Profundidad temporal, marcada por la permanencia de prácticas, actitudes, instituciones y discursos coloniales en la época "poscolonial". Profundidad de la brecha social y política entre mapuches y una parte de la sociedad que sigue atrapada en esquemas ideológicos coloniales, considerando a la modernidad capitalista como un modelo de vida y de sociedad absoluto que excluye como "atrasado" todo modo de vida que no esté orientado hacia la apropiación privada y acumulativa de capital. Profundidad de la apropiación de lo público por lo privado, que ya habíamos visto años atrás simbolizada por el cementerio público de Santiago, y que ahora era patente en la violación por parte del Estado de sus propias normas de derecho y en primer lugar del principio de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El principio de la igualdad ciudadana y de la igual dignidad de todos, que en la teoría política liberal constituye el fundamento de lo público, era violado diversamente en ambos casos. En el segundo se hacía desatendiendo las reivindicaciones de los mapuches y sus exigencias de derechos, criminalizando su protesta, respaldando la violencia policial y de particulares armados contra mapuches. El Estado chileno había sido condenado tres años antes (2014) por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, pero en 2017, bajo el sexto presidente de la post-dictadura, en lo esencial no había cambiado nada. Pudimos conocer a gente que había sido víctima de múltiples formas de violencia y de injusticia, y que en vano seguía reclamando justicia por las vías legales. Lo público, como en otras partes del mundo, era en gran parte un simulacro de lo público.


Hoy, más de dos años después y de nuevo desde lejos, veo imágenes de las calles de Santiago otra vez llenas de inmensas multitudes. La movilización se inició hace siete semanas, por un motivo que no parecía augurar su desarrollo posterior: como en París, Beirut y otras ciudades del mundo, se protestaba por un alza particular de los precios; en Santiago se trataba del alza de los pasajes de metro. Poco a poco fueron apareciendo en la protesta nuevas reivindicaciones económicas y sociales (pensiones, salud, educación, etc.) y, al mismo tiempo, se fue perfilando de manera implícita su dimensión política de rechazo de las formas instituidas de lo político. De nuevo como en París, Beirut y otras ciudades del mundo, en Santiago y otras ciudades de Chile la protesta social de octubre y noviembre no ha sido canalizada ni dirigida por partidos políticos, porque la gente no se siente representada por ellos. Desde el inicio las multitudes han reafirmado su autonomía frente a todos los partidos políticos, incluidos aquellos de oposición que aparentemente propondrían alternativas al régimen ultra-neoliberal que gobierna al país. La reafirmación de esta autonomía se relaciona con una profunda desconfianza de la "política" considerada como una práctica del engaño, de las falsas promesas, de la demagogia y de los arreglos más o menos discretos con los tradicionales grupos de poder, en nombre del "realismo político".


Hay sin duda algo sano en esta toma de conciencia del abismo que separa el mundo "político" instituido de las aspiraciones reales de la gente de a pie. La gente que llena las calles no acepta que algunos pretendan auto-designarse como representantes del movimiento, y dice querer expresarse sin "intermediarios" profesionales. Se han creado así cabildos abiertos en varias comunas del país, con gran participación de la población local, y se han dado iniciativas de municipalismo autónomo. Hay algo, en esto, de "poder popular", pero en un sentido muy distinto del "poder popular" que reclamaban las multitudes en la época de la Unidad Popular, y que algunos partidos dentro y fuera de la coalición llamaban a crear. Contrariamente a lo que se podría pensar a primera vista, la reivindicación de autonomía de las multitudes de hoy es en cierto sentido más radical que la consigna de "crear poder popular" tal como se entendía en América Latina en la década del setenta. Más radical en el sentido de que lo "popular" (lo social) se afirma realmente como potencia autónoma, no controlada por los partidos políticos. En la izquierda latinoamericana y mundial de los años setenta se entendía generalmente lo popular como popular dirigido por los partidos políticos o más precisamente por el partido que pretendía ser la verdadera "vanguardia" de las "masas". Pero lo que en esa época solíamos llamar "masas populares" no eran en realidad masas sino multitudes protagónicas. No se trata de una mera cuestión de términos, sino de una manera de entender lo político que orienta la manera de hacer política y que probablemente tiene algo que ver con la derrota y la tragedia de 1973 y con otras derrotas y tragedias en diversas épocas y lugares de América latina y del mundo. En Chile, antes del 11 de septiembre, había "vanguardias" que se disputaban el control de los Cordones industriales. En la naciente Unión Soviética, en 1921, la "vanguardia" política que había logrado conquistar el poder estatal culmina en Kronstadt su empresa de destrucción del poder popular (social) constituido por los Consejos de obreros, campesinos y soldados. Las multitudes que hoy llenan las calles en Santiago y varias otras ciudades del mundo expresan a través de sus prácticas de autonomía el anhelo político de otra política y de otra manera de concebir lo político. El anhelo de un poder popular con libertad, sin caudillos ni jefazos ni grandes comandantes, sin sometimiento a ninguna autoproclamada "vanguardia". El anhelo de horizontalidad, que es anhelo de verdadera igualdad política.


Algo de este anhelo de horizontalidad política trasparece en lo que es tal vez la principal reivindicación política explícita de la multitud: la abolición de la Constitución pinochetista y la instauración de una nueva Constitución política. El 21 de octubre diversos gremios de trabajadores movilizados reclamaron una asamblea constituyente con el fin de dar paso "a un gran diálogo horizontal entre todos/as los ciudadanos y las ciudadanas, que culmine en una nueva Constitución política para Chile" (biobiochile.cl, 21/10/2019). En los días siguientes el diálogo entre ciudadanos comenzó a ser impulsado en varias comunas a través de cabildos abiertos. Pero en la perspectiva de la política instituida, basada en la separación vertical entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, el diálogo entre ciudadanos no es relevante. Lo relevante en esa perspectiva puede ser (según los contextos) el diálogo entre el gobierno y la oposición política, el diálogo entre políticos profesionales. El 10 de noviembre el régimen de poder instituido pretendió inicialmente llevar a cabo la refundación constitucional a través de un "congreso constituyente", esto es, imponiendo un mecanismo vertical, sin participación ciudadana. Ante el rechazo de las organizaciones sociales (como las representadas en Unidad Social) y de las multitudes que seguían llenando las calles, y ante la presión de grupos políticos de la oposición, el 15 de noviembre el gobierno decidió modificar su proyecto inicial. Optó por una negociación a puerta cerrada con los partidos políticos, incluyendo algunos de oposición que aceptaron hacerlo, y estableció con ellos un acuerdo para organizar un plebiscito constitucional en abril de 2020.


Unidad Social y algunos grupos políticos de izquierda han rechazado este "Acuerdo por la Paz social y la nueva Constitución". La alternativa que ha venido promoviendo Unidad Social es el desarrollo de cabildos ciudadanos independientes, no institucionalizados, y ahora parece estar elaborando una propuesta de "Asamblea Constituyente Plurinacional y un programa de transformaciones elaborado por los movimientos sociales" (El desconcierto.cl, 16/11/2019). Otros sectores políticos y gremiales señalan, por su parte, que el plebiscito de abril como tal es una verdadera conquista política, que podría ser consolidada si prevalece en la votación de abril el mecanismo de "convención constitucional" (elección popular de todos los diputados constituyentes) sobre el de "convención mixta constitucional" (elección popular de solo la mitad de los diputados constituyentes, la otra mitad se compone de miembros del actual congreso), y si se logra establecer un tipo inédito de Constitución basada en formas de horizontalidad política y de protagonismo social.


Es probable que el acuerdo político del 15 de noviembre tenga efectos en la dinámica de la protesta social, que por otra parte ha alcanzado o está en vías de alcanzar algunas de sus reivindicaciones económicas (aumento de las pensiones de los más pobres, aumento del salario mínimo, disminución del precio de ciertos medicamentos, rebaja del precio del trasporte para los ancianos pobres, rebaja de la deuda de estudios de miles de estudiantes universitarios). A las multitudes de Chile, como a las de Francia y del Líbano y de otros países, se les plantea el difícil paso de las calles llenas a las asambleas populares llenas (o a los cabildos abiertos llenos). El difícil paso de la construcción de la protesta callejera a la construcción de formas de autogobierno horizontales. De nuevo parece quedar planteada la cuestión práctica e inmediata de la posibilidad de "otra" política, basada en un nuevo pensamiento de lo político. El rechazo de la "política" instituida no implica necesariamente la negación de lo político como tal, esto es, de los espacios públicos de concertación local, regional y nacional para la toma de decisiones comunes relativas a la definición de lo común y a la redistribución social de los bienes comunes.  


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Martes, 28 Enero 2020

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