Una exigencia del presente: reconocer y enfrentar la nueva realidad capitalista

Una exigencia del presente: reconocer y enfrentar la nueva realidad capitalista

Víctor Manuel Moncayo C.

Exrector y profesor emérito

Universidad Nacional de Colombia


Las circunstancias recientes, especialmente las surgidas del paro del 21 de noviembre, nos exigen encarar, sin eufemismos ni temores, la realidad del sistema capitalista, detrás de la cual está la causalidad real de los efectos de injusticia, desigualdad e inequidad que signan nuestra sociedad.


Sabemos que esa tarea no es fácil, por cuanto discurrir en tales términos es objeto de estigmatización y, además, exige una aproximación teórico-política que, desafortunadamente, no se analiza ni discute en términos claros y abiertos al debate plural. Estas líneas buscan contribuir a ese propósito, sin pretensión distinta a la de provocar la necesaria discusión que, en nuestra urgencia inmediata, es inaplazable.


1. Acerca de la desigualdad en las organizaciones sociales humanas


Para acercarnos a la comprensión de la significación de la modalidad de organización social vigente desde hace varios siglos en el conjunto planetario, que calificamos como capitalista, no es suficiente con aceptar que rige y que tiene esa denominación, sino que es necesario, en cuanto sea posible, compartir un entendimiento de lo que ella representa materialmente.


Aun cuando resulte un tanto difícil desde el punto de vista expositivo, para alcanzar ese objetivo de comprensión, es preciso remitirnos a lo que hemos sido y somos como comunidad humana, que siempre ha vivido en comunión con la naturaleza de la cual es parte esencial. En efecto, como unidades antropológicas distintas, como colectivos, hemos trenzado relaciones entre nosotros y con la naturaleza de la que formamos parte, para crear condiciones que nos permitan vivir individualmente y como agrupaciones sociales.


No es posible ahora, ni mucho menos es necesario, remitirnos a los orígenes y transformaciones de esas condiciones, pero sí podemos afirmar, sin duda alguna, que ellas han existido y se han establecido para garantizar nuestra existencia, es decir para satisfacer las necesidades que nos permiten vivir como especie. Es en ese sentido que es posible aseverar que, como resultado de esas condiciones, se ha utilizado la naturaleza como sustrato común de nuestra vida individual y colectiva, acudiendo a todos los elementos vivos o no que la conforman y que, como resultado de ese encuentro necesario con el resto de la naturaleza y de las relaciones que entre nosotros se han conformado a lo largo del tiempo, hemos podido contar como ser colectivo con elementos derivados de la acción común, que desde hace algún tiempo denominamos riqueza, constituida por los bienes y formas de ayuda y cooperación, que son el soporte insustituible de nuestra experiencia vital en el planeta, pues satisfacen nuestras necesidades individuales y colectivas.


Ahora bien; sabemos igualmente que esas condiciones de vida requieren una organización, que no solo permita que ellas subsistan y se mantengan, sino que se repitan progresivamente en el tiempo, integrando las experiencias y resultados que se van sucediendo. Es el proceso que, con el vocabulario conceptual dentro del cual operamos, llamamos el sistema de producción y reproducción siempre ampliada de esas condiciones de existencia.


En esa historia, que es la historia natural del hombre, surgen o aparecen determinadas circunstancias que, en determinado momento, introducen en la forma social de organización de esas condiciones procesos que establecen mecanismos diferenciales en el acceso a los bienes comunes, entendiendo por tales no solo la naturaleza y sus elementos, sino los que son resultado material o inmaterial de nuestra acción cooperativa o social. De esta manera, la riqueza representada por la naturaleza o por los bienes, servicios y formas de relación, se distribuye de manera diferenciada, dando origen a distinciones desiguales e inequitativas entre los integrantes de los colectivos humanos. Es el acontecimiento histórico que inaugura la división en clases, que es precisamente el resultado de esos procesos de diferenciación, que explica y legitima que existan individuos pertenecientes al conjunto social que pueden reclamar para sí, con exclusión de los demás, elementos de ese común natural o social. Es, nada más ni nada menos, que la historia de la propiedad privada bajo todas sus formas y modalidades, y sobre los distintos componentes de la naturaleza o los diferentes resultados de la acción colectiva o social.


Esas formas de organización social de las condiciones de existencia han sido múltiples y complejas, y se han venido sucediendo a lo largo del tiempo, sin que entre ellas pueda establecerse ninguna linealidad ni continuidad, ni tampoco presencia simultánea en los diferentes espacios geográfico-culturales.


Lo anterior, además, supone considerar que cada forma social construye sus propios procesos de explicación y legitimación de las modalidades de diferenciación injusta e inequitativa en relación con la apropiación del común, que no son exclusivas ni excluyentes, sino que se fusionan o articulan con las provenientes de otras formas sin eliminarlas plenamente. Pero, lo importante es subrayar que esas construcciones no son creaciones o diseños intelectuales que logran imponerse socialmente, sino verdaderas elaboraciones surgidas de las mismas relaciones sociales, que ellas mismas crean y mantienen como construcciones o abstracciones reales. En ese sentido su existencia y forma de funcionamiento responden a las necesidades de la forma de organización, que ella misma construye, con la intervención de todos quienes participan en sus relaciones.


2. Sobre la significación histórica del capitalismo


Si nuestro punto de partida es definir nuestra sociedad, al igual que las restantes del planeta, como capitalista, tenemos que asumir que se trata de una forma social de organización muy particular que históricamente se ha configurado, cuyos rasgos centrales hay que aprehender, así como sus modalidades de abstracción real que explican y legitiman la apropiación excluyente de parte de la riqueza que, en estricto sentido, es común, y que coexisten de manera híbrida con las procedentes de otras formas históricas de organización social.


Para proceder en esta dirección, debemos reconocer una limitación casi que insuperable, como es la visión eurocéntrica bajo la cual, querámoslo o no, se inscribe nuestro discurrir conceptual. En otras palabras, cuando nos referimos al capitalismo hacemos relación a los acontecimientos que se arrastran durante varios siglos, en medio de organizaciones precedentes, en el ámbito europeo occidental, que genéricamente englobamos como feudalismo, a pesar de que ellas también son diferenciadas, pero que, al fin y al cabo, representan nuestro referente próximo a partir de la situación colonial hispánica.


Acercarnos a esas principales abstracciones reales de la forma capitalista en el mundo euro-occidental, no es tarea fácil, sobre todo porque las generalizaciones en muchas ocasiones son impropias. Sin embargo, para efectos de nuestra exposición, basta con advertir que el capitalismo ha construido históricamente la forma-Estado como una verdadera abstracción real y social, a partir de la individualización, la separación Estado y sociedad civil, la necesidad de la mediación democrático-representativa, la homogeneidad nacional, el control y la regulación espacial, la violencia legítima, y la ley general e impersonal. Todos esos aspectos están vinculados a la existencia de la modalidad capitalista de organización social, que no ha cesado de regir.


3. La comprensión integral del capitalismo


El mundo del capitalismo no se limita a esas principales abstracciones reales que son su fundamento, sino a muchas más que a partir de ellas se construyen, cuya explicación y consideración está más allá de los límites de este escrito. Además, como lo hemos advertido ya en otros momentos, la organización social capitalista es un conjunto complejo que incluye otras dimensiones igualmente reales, derivadas de otras formas de organización precedentes que el capitalismo no elimina, sino que convive con ellas, bajo un proceso de hibridación que en cada formación social es diferente.


Desde otra perspectiva, es importante subrayar que es preciso evitar las conceptualizaciones que aíslan e independizan las distintas dimensiones del capitalismo. En particular nos referimos a aquellas que consideran la esfera estatal como un mundo relativamente separado, que podría ser analizado y comprendido con independencia de las restantes dimensiones, o que de manera más abierta oponen el Estado a la Economía o a otros ámbitos sociales. Hay que rescatar con mucha fuerza que el capitalismo es un todo inescindible y que sus múltiples dimensiones son igualmente significativas para su existencia y reproducción. No es posible, si se procede con rigor, admitir niveles de análisis separados, ni mucho menos autónomos, así se califiquen como relativos.


En la misma dirección, esa visión totalizante implica que las consideraciones que se hagan sobre una formación social particular, como en este caso la colombiana, no puedan desligarse del conjunto global del capitalismo, máxime cuando este rasgo ha adquirido mayor significación frente a la realidad de otra época, signada por la presencia de los estados nacionales y por las relaciones de dominación entre ellos.


Y lo que es aún más importante, el análisis tiene que estar presidido por la idea central de que la organización capitalista vigente, representa la forma contemporánea bajo la cual se mantiene un sistema de apropiación/extracción del valor generado por la cooperación común, en función de la conservación de un sistema desigual e inequitativo, al cual contribuyen todas las dimensiones reales del capitalismo con los rasgos propios de cada época y de cada formación nacional.


4. Fases o épocas del capitalismo


La naturaleza propia del capitalismo, como sistema de apropiación/extracción de la naturaleza y de los resultados de la cooperación común, bajo parámetros de acceso y distribución desiguales e inequitativos en beneficio exclusivo del mantenimiento y reproducción del propio sistema y de sus limitados beneficiarios, siempre ha sido y será fuente de la conflictiva controversia por su existencia, que le impone la necesidad histórica permanente de transformación. En este sentido, el capitalismo, desde sus orígenes hasta hoy, ha experimentado significativas transformaciones, que comprometen todas sus dimensiones y las modalidades de existencia de sus abstracciones reales.


Conocer los rasgos de esas transformaciones, diferenciando unas de otras, conduce necesariamente a un ejercicio de periodización, que siempre será objeto de discusiones y controversias, que es inevitable asumirlo. Para el efecto, es preciso definir criterios que nos permitan señalar las inflexiones propias de cada época o fase. Uno de ellos, y quizás el más utilizado, es el que hace referencia a los cambios que se experimenten en el Estado, en la esfera política. Es en esta dirección que ya es casi un lugar común hablar del paso del Estado liberal (o gendarme) al Estado interventor o bienestar, o al Estado neoliberal. La idea principal es precisar cuál es el nuevo carácter, los nuevos rasgos de la dimensión política, pero es lo cierto que, al proceder de esa manera, necesariamente se está haciendo referencia al conjunto de la totalidad capitalista, pero, de alguna manera, se procede como si se tratara solamente de una transformación de la dimensión política.


De otra parte, ese criterio conlleva identificar las transformaciones del capitalismo con los cambios en los aparatos del Estado, como si se tratara de una modificación del régimen político. Por lo tanto, el criterio utilizado, aunque evidentemente identifica cambios de época, no los relaciona con el conjunto de la organización capitalista y permite, quizás, identificar la transformación, de manera limitada, con una orientación política relativa a los aspectos materiales de institucionalización del Estado.


Para encontrar un criterio hay que volver los ojos a la significación del capitalismo, como forma histórica de organización de las condiciones que permiten la apropiación/extracción del valor creado socialmente, para apreciar como las transformaciones, más que reordenamientos institucionales o de los aparatos materiales del Estado, son respuestas más estructurales que responden a la contradicción planteada por los sometidos o explotados al sistema mismo de dominación.


El análisis histórico supondría apreciar con detenimiento las épocas precedentes del capitalismo, como la fase liberal o la del estado interventor o bienestar, lo cual supera los límites de este artículo.


4. La fase neoliberal


Con toda esa estructura forjada a fuerza de experiencias, la amalgama taylorista-fordista-keynesiana y del Estado interventor o bienestar de las fases precedentes, el sistema capitalista emprendió un largo camino, salpicado de no pocas crisis coyunturales e interrumpido por agudos conflictos bélicos, pero que, al fin y al cabo, promovió y amplió las condiciones de productividad, dentro del esquema de la producción de masa, en el marco de una específica división internacional del trabajo.


El modelo taylorista-fordista vivió durante varias décadas con un ritmo de relativa estabilidad, apenas interrumpida, durante lapsos más o menos breves, por procesos de reestructuración correspondientes a nuevos esquemas técnico-productivos en respuesta a circunstancias de conflictividad, de los cuales dieron cuenta entendimientos ligados a la teoría de la regulación, a los análisis neoshumpterianos, o a la visión de ondas largas tipo Kondratiev.


Pero, más allá de esas estrategias y experiencias neo-fordistas o post-fordistas, la crisis se prolongó durante décadas, sin soluciones reales, evidenciando que no se trataba de una crisis interna del fordismo, sino del mismo capitalismo industrial, es decir, del reconocimiento de una nueva fase del capitalismo, de una nueva gran transformación (evocando a Polanyi), que empezó a ser denominada como neoliberalismo y que, desde siempre, se ha asociado casi que exclusivamente con un cambio misional de la dimensión estatal, aunque en verdad se trata de un vuelco que compromete la totalidad del sistema capitalista.


Aunque se continúa vinculando el momento neoliberal simplemente con un conjunto de políticas estatales o con un modelo de desarrollo, incluso entendido como un esquema deliberada y conscientemente impuesto por determinadas agencias internacionales o gobiernos, quisiéramos insistir que ese calificativo hace referencia de manera esencial a la ruptura producida por el agotamiento del modelo fordista-keynesiano (fase intervencionista o de bienestar), que ha conducido a un escenario epocal novedoso, regido por una lógica diferente, obviamente con la salvedad de que se trata de una fase que, como las precedentes no es lineal ni continua, ni se despliega en el mismo tiempo en todos los espacios. Una vez más hay que reiterar que se trata de un proceso complejo, heterogéneo, que recoge en forma híbrida aspectos de fases precedentes, y que está matizado por las particularidades de cada formación nacional.


Vivimos bajo la nueva lógica del capitalismo postindustrial, con transformaciones sustanciales de la naturaleza del trabajo, bajo una nueva cooperación social productiva y, sobre todo, con una nueva forma de explotación, que nos ha conducido de la clásica apropiación de la plusvalía propia del régimen salarial a múltiples formas de extracción del valor.


El problema ahora es como entender la forma de explotación de ese trabajo, que se despliega en toda la sociedad, de ese conjunto de actividades humanas que no están sometidas al régimen salarial, de quienes tampoco puede predicarse en estricto sentido que tienen un empleo o una ocupación. Los términos y la posibilidad misma de una medición han desaparecido. Ese tiempo de trabajo, ahora coincidente con todo el tiempo de la vida, donde no se puede distinguir trabajo necesario y trabajo excedente, ni tampoco entre tiempo de trabajo y de no trabajo, en la medida en que el sistema capitalista no ha concluido, es también trabajo explotado, es trabajo dominado, expoliado, así el fenómeno no pueda ser cuantificado con la ayuda de la teoría del valor-trabajo, que encontraba su explicación a través de la relación salarial.


6. La nueva realidad de la extracción del valor y la necesaria redefinición del movimiento social


Estamos ante un trabajo social (común) que tiene que ser apropiado sin pasar por el régimen salarial. El tiempo de trabajo difundido en todos los espacios de la vida social tiene o no retribución, sin que se pueda estimar el eventual ingreso como salarial. Unos obtienen un ingreso mayor, otros uno menor, otros ninguno, algunos lo reciben temporalmente, a veces proviene de las operaciones del mercado, en otras, de la acción estatal redefinida, o en otras, de las tareas que se asignan a la sociedad civil restaurada y recuperada. Las figuras que asume la explotación son muchas, pero ya no pueden remitirse a un común denominador, a una medida universal, a un valor de cambio. Lo que ocurre ahora no es explotación en el sentido de una apropiación del trabajo concreto, pero sigue siendo exacción, extracción. El problema es que estamos acostumbrados a utilizar la expresión explotación en el sentido de un proceso que siempre remite al trabajo concreto, pero que hoy no se puede apreciar cuantitativamente en términos de trabajo abstracto medido por la ley del valor, pues se trata del trabajo abstracto de la cooperación común.


En este nuevo estadio de la fase contemporánea del capitalismo, por consiguiente, hay que tener en cuenta que hoy las formas de extracción y apropiación del valor son múltiples y de alta complejidad. Enunciemos las que consideramos como principales:


a) En primer lugar, el régimen salarial subsistente en muchos sectores económicos y sociales que, como hemos advertido, se mantiene en muchas formaciones nacionales en grado y proporciones diversas.


b) Las formas no mercantiles (llamadas en otro momento improductivas), representativas de trabajo esencial no remunerado salarialmente, como el trabajo doméstico.


c) Las múltiples y novedosas modalidades de generación de ingresos no salariales, presentadas bajo la forma del emprendimiento autónomo, de los sistemas organizados por las plataformas tecnológicas, o de las prácticas de producción o servicios independientes.


d) Todos los mecanismos desiguales e inequitativos del sistema impositivo o tributario.


e) El régimen de propiedad privada, que es esencialmente apropiación de bienes naturales o producidos por la cooperación social en cualquier tiempo, y que comprende, como lo hemos repetido, tanto la naturaleza y sus componentes, como los resultados de la actividad cooperativa social que obra sobre ella y sus derivados, que redimensiona la temática del nuevo extractivismo, cuyo entendimiento está limitado solo a los nuevos sistemas científicos y tecnológicos de depredación de la naturaleza.


f) El sistema financiero como forma privilegiada de la extracción.


Es esa multiplicidad y heterogeneidad del trabajo la que encontramos en los movimientos sociales contemporáneos que, por ello mismo, se vuelven difíciles de descifrar y que llevan a considerarlos como caóticos o difusos. Este recorrido teórico, es solo una contribución al entendimiento de la nueva conflictividad que ha suscitado la nueva fase del capitalismo, en la cual se encuentra nuestra formación nacional, aunque con particularidades y especificidades aportadas por nuestra historia. El reto es comprender esa nueva conflictividad que se enfrenta hoy al capitalismo, y que se redefine bajo otras formas en proceso de construcción histórica.




Descarga el archivo aquí:

File Name: Izq82_art0_20200220-210650_1
File Size: 481 kb
Download File
 

Comentarios

No hay comentarios por el momento. Se el primero en enviar un comentario.
¿Ya està registrado? Ingresa Aquí
Invitado
Lunes, 13 Julio 2020

Imagen Captcha