Crónicas del Cuarto Festival de La Tigra Donde el río ruge y urge oír

Andrés Gualdrón R.

Maestro de música

Compositor y musicólogo

Aspirante a Doctor

Universidad de Salzburgo


La Gran Caravana por el Agua


El domingo 23 de febrero de 2020, en el día número tres de la cuarta edición del Festival de La Tigra, se desplegaba por una de las calles que conduce del Parque Temático de Piedecuesta (Santander) al parque principal del municipio un tumulto de marchantes entre los que se avistaban niños con disfraces de animales, adultos ataviados como superhéroes, seres enmascarados sosteniendo títeres insólitos y adolescentes tocando tambores y cargando mensajes alusivos al cuidado del agua y los páramos.


El sitio inicial de encuentro para la marcha fue el enorme mural pintado colectivamente en una de las paredes del Parque Temático ⸺como parte de un taller comunitario auspiciado por el Festival y bajo la dirección del artista Oscar Gonzáles⸺. La imagen, multicolor y urgente, exhibe el rostro de un tigre sacando los dientes justo en el medio de dos anagramas: RÍO RUGE / URGE OÍR ⸺una frase que permanece como un testimonio del Festival y que es a la vez declaración de principios y llamado a la sensibilización ambiental de todo el municipio⸺.


El activismo por la defensa del agua no es nuevo en la región, pero desde hace un buen tiempo se actualiza en múltiples capítulos de una misma lucha: en esta ocasión es la Sociedad Minera de Santander (MINESA), propiedad de los Emiratos Árabes Unidos, la que propone explotar el páramo de Santurbán. El ecosistema, que abastece de agua a por lo menos dos millones de personas en los dos santanderes, está amenazado hoy por un gobierno más interesado en los viejos modelos extractivistas que en el cuidado de su propia ciudadanía, esa misma que se desgañitaba gritando al unísono "Agua sí, oro no" cuando la marcha llegó a su lugar de destino en la plaza principal del pueblo ⸺poco antes de que la tarde empezara a caer⸺.


Varios recuerdos vienen a mi memoria tras el trayecto de la caminata: por una parte, el ruido profundo de los bombos y los redoblantes que emanaban de la "Batucada Guaricha" (ensamble de percusiones especialmente creado para la ocasión) y de las bandas de varios colegios de la zona, todos en un unísono contestatario dirigido por el argentino Ezequiel Szusterman. A él lo recuerdo también organizando energéticamente a sus filas de músicos, alzando la voz entre la calle y los instrumentos y señalando enfáticamente con los brazos los inicios y los finales de los ritmos de la caravana.


Recuerdo también ver a Edson Velandia ⸺organizador del Festival a quien le tengo cariño personal por más de una década de canciones a la par hilarantes y hermosas⸺ zigzagueando entre la gente, tomando fotos de la marcha y sosteniendo a una pequeña niña en sus hombros. Le pregunté después si era su sobrina y me contestó: "es la hija de una pareja del equipo. Ahí nos toca ser tíos entre todos". Durante el Festival lo vi también recorriendo el pueblo incansablemente en bicicleta, solucionado las naturales locuras logísticas que suscita toda empresa grande y aun así guardando suficientes bríos para cantar dos conciertos durante el evento.


La Gran Caravana por el Agua fue una de las múltiples actividades de la cuarta edición del Festival de La Tigra, un evento que es a su vez una auténtica toma cultural del municipio y que en esta ocasión mezcló tres días de conciertos y 21 artistas en el escenario con muestras de teatro y danza, talleres, foros e intervenciones artísticas colectivas. Guiado por un espíritu de rebeldía ciudadana y de invitación a la consciencia ambiental y política, el Festival es ya un referente de las artes y el pensamiento alternativo en la región.


Música


Acompañado por varios amigos de Bogotá, nos dimos a la tarea de escuchar la mayor cantidad de conciertos posibles de entre la programación del Festival (intercalando intermitentemente nuestra atención al escenario con viajes a las tiendas aledañas a la plaza en busca de "costeñitas" o, ya entrada la noche, de sendos tragos de aguardiente). Esto, aún con las terribles lluvias que azotaron al pueblo, que obligaron a reprogramar varios conciertos y que tristemente dejaron numerosos damnificados en los días posteriores al Festival.


Los recuerdos de las sorpresas sonoras de las tres jornadas y sus intensos contrastes estéticos se aglutinan ahora desordenadamente en mi cabeza, mientras mi memoria salta del poderoso estruendo de tambores y bailes cantados de la costa caribe protagonizado por la agrupación Enkelé a las dulces baladas de Ana Naranja ⸺o, también, a las hermosas canciones interpretadas en el homenaje realizado al compositor Álvaro Serrano⸺. El productor, compositor y trompetista, nacido en 1947, y quizás uno de los músicos más importantes oriundos de Bucaramanga, murió en 2019 tras una destacada carrera internacional que lo llevó a ser desde un joven prodigio de los vientos a trabajar con artistas como Willie Colón u Óscar de León. En silencio observé cómo músicos de excelente nivel interpretaron las canciones en las que Serrano trabajaba antes de su deceso, sintiéndome absorto entre versos y giros melódicos que secretamente habría querido poder componer yo mismo.


Vienen a mi mente, también, los versos salvajes y la profunda convicción en la tarima de Las Motilonas Rap, agrupación proveniente del Catatumbo (Norte de Santander) con líricas contestatarias que reconocen la crisis social que atraviesa su territorio mientras reivindican las luchas campesinas e indígenas de su región; así mismo, rememoro los dos conciertos que interpretó la agrupación nariñense Kaipimikanchi (uno de ellos en uno de los bares aledaños a la plaza en la que los músicos y el público encontraron refugio ante las tormentas, y el otro, al día siguiente, en el escenario de la plaza principal). Entre Sanjuanitos y otros estilos del sur, los músicos recrearon con su formato de flautas, cuerdas y percusiones los ritmos de las fiestas ancestrales de los pueblos del norte de Ecuador y Nariño, armando ellos mismos un parrandón que no por festivo dejó de mostrar, explícitamente, su apoyo abierto a las luchas de las comunidades indígenas del sur del país. En el bajo de Kaipimikanchi se encontraba Yesit Ipuján, director también de la agrupación nariñense de jazz metalero y experimental Acid Yesit ⸺un músico a quien finalmente pude conocer y con quien acabamos tomando cerveza cerca de la plaza y discutiendo, entre otros, asuntos sobre estética musical, autenticidad e invención en la música tradicional e instrumentos musicales ancestrales⸺.


De la conversación con Ipuján mi mente salta ahora al concierto de Las Estrellas del Caribe, agrupación palenquera de los primeros días de la champeta criolla, dirigida actualmente por el percusionista Franklin Tejedor y que mezcla de forma singular las guitarras africanas presentes en el género con los tambores de la música tradicional de la costa caribe, en una unión de elementos que reivindica el pasado cimarrón, la presencia africana en nuestros territorios y el uso de la lengua palenquera como marcador de identidad regional. Mientras bailaba (pues quienes me conocen saben de mi cariño por el género) me encontré a Isabel Ramírez, conocida también como La Muchacha y una de las cantantes más esperadas en el cartel. Proveniente de Manizales, en la tarde amarilla del sábado se paró en el escenario principal armada sólo con su guitarra, entregando un repertorio de canciones llenas de imágenes de la vida cotidiana, inspirada por las luchas de la calle, por la defensa de los ríos y por el amor a los territorios y a los pueblos de los que desciende ⸺entregando al público sus letras con la expresión poderosa y directa de su canto⸺. Recuerdo también cómo, en medio del concierto, las campanas de la iglesia de Piedecuesta repicaron inesperadamente, interactuando azarosamente con el sonido amplificado de su guitarra.


Y si se trata de contrastes estilísticos radicales, dos permanecen aún en mi memoria: el primero por cuenta de la colisión en la programación entre la agrupación Tumacuba y las ya míticas 1280 almas. Los primeros, con raíces en Tumaco, entregaron una pulida propuesta en la que los estilos tradicionales de la música cubana dialogaron con las marimbas, cununos y guasás de la costa pacífica colombiana. Los segundos, oriundos de Bogotá, mostraron el estallido de guitarras distorsionadas y baterías punk, que desde hace tres décadas han servido como el telón de fondo para las aguerridas líricas de su cantante Fernando del Castillo ⸺y que a su vez fueron coreadas masivamente por el público piedecuestano⸺. Un momento especialmente importante para mí: el inicio del show con las canciones "La Ruta del Venado" y "Por ti", dos de las más poderosas y conmovedoras de su discografía. (Cabe anotar que la primera la cantamos a grito herido con mi amigo Luis Daniel Vega, quien me acompañó en varios episodios de esta travesía santandereana y con quien compartimos la admiración por los versos quizás anarquistas de esta canción).


El segundo contraste vino por cuenta de la agrupación Enigma Social, que con su propuesta de Ska-punk político, sucio y directo antecedieron al experimentalismo vocal de Las Añez, otra de las propuestas más esperadas del evento. Las gemelas bogotanas entregaron un show repleto de recursos insospechados, en el que la tecnología, el sonido casi irreal de sus voces, la filigrana de sus letras y la economía de recursos en sus arreglos hicieron, literalmente, lagrimear a más de un asistente ante la emoción y la sorpresa.


Finalmente, vuelve a mi memoria una canción: "Creep", del grupo británico Radiohead, tocada en español y con cuatro llanero por el venezolano Germaín Coronado, también conocido como El Llanero Eléctrico. Migrante de la región central de Venezuela, el músico de 42 años interpretó en la tarima principal del Festival su instrumento con un gran virtuosismo y a la vez con un enorme desparpajo estético, utilizando distorsiones, apelando a repertorios inusuales para el género y llevándose siempre el aplauso rotundo del público.


(Y aquí viene un episodio macabro que nos recuerda que, a pesar de la magia del Festival, Piedecuesta sigue siendo Colombia: a pocas cuadras del escenario principal, en inmediaciones de la plaza de mercado y probablemente mientras tocaban Las Añez, dos hombres de alrededor de veinte años se batieron a cuchillo tras un altercado verbal que culminó con la muerte de uno de los dos. La noticia llegó a nosotros a través de dos fuentes: primero, el relato vertiginoso que nos hizo a la mañana siguiente del suceso el señor Amador, uno de los cocineros de la plaza en la que desayunamos todas las mañanas durante nuestra estadía en el municipio y quien había sufrido en carne propia, según nos contaba, de 6 puñaladas y un pulmón perforado como consecuencia de sus faenas nocturnas; en segundo lugar, el relato grotesco sobre el altercado que salió publicado en el diario Q'hubo también a la mañana siguiente, en el que se comparaba la pelea fatal de los dos jóvenes con la lucha de dos "gladiadores romanos").


Diversidad y colectividad


Con conciertos de carranga, jazz fusión, punk, música del Pacífico colombiano, sonidos indígenas, rap e incluso champeta, Edson Velandia, quien actúa también como curador musical del Festival, busca con su selección cumplir un criterio de diversidad ⸺no en el sentido de quien superpone arbitrariamente en el escenario tendencias musicales eclécticas, sino de quien quiere mostrar, como un radar, las diferentes propuestas sonoras de su propia región⸺. La búsqueda de la diversidad opera también desde afuera hacia adentro: desde su primera edición el Festival ha abierto un espacio en sus tarimas a proyectos nacionales e internacionales que por su sentido de exploración musical, por lo inusual de su propuesta o por su carácter contestatario logran entrar en su línea artística, convirtiendo el encuentro en una oportunidad única para que los habitantes del municipio, en particular los jóvenes, lleguen de forma inesperada a conocer otras formas de expresión.


La diversidad misma del Festival y la abundancia de propuestas al interior de su programación plantean dificultades logísticas que se han podido sortear con un nivel limitado de ayuda estatal, pero con un enorme empuje de trabajo comunitario y colectivo. De acuerdo con Velandia, este empuje proviene del trabajo de grupos que llevan ya un tiempo desarrollando proyectos culturales en la región, entre los que se encuentra el Café Teatro Kussi Huayra, con una actividad cultural ininterrumpida de 16 años en Piedecuesta y que desde un accionar alternativo y despojado de formalismos se ha posicionado como un epicentro cultural en la zona. La participación de la plataforma de El Eje, liderada por Sandy Morales y Manuel Chacón es también esencial, así como la de medios alternativos como Señal Sur y Vox Populi (entre otros).


Lunes


Finalizado el Festival me quedé pensando en la idea misma de la resistencia y en las diversas formas en las que se puede resistir. En cómo en estos espacios circulan y se multiplican discursos distintos, liberadores, centrados en la confraternidad, en el trabajo colectivo, en la superación de la competencia como movilizador de todas las acciones y en el reconocimiento amoroso de la naturaleza ⸺que no es más que otra forma de amor hacia nosotros mismos, hacia la delicada red que nos acoge y nos permite ser⸺. (Pensé también en las personas que se quedan. En las que buscan el horizonte en el lugar del que vienen. En los que sienten a los suyos como suyos).


Me quedé pensando en cómo en estos encuentros se configuran planes para el futuro y se hacen visibles otros derroteros para la sociedad. Derroteros que emergen con toda su potencia entre los sonidos jóvenes, los que se alzan desde el Catatumbo hasta San Basilio de Palenque y desde Santander hasta Nariño. Derroteros que surgen desde el poder popular, desde los cuerpos que movilizan su acción política en los márgenes y que encuentran en el arte una forma de existir y prolongarse.


En el espíritu de este Festival existe una profunda voluntad de aferrarse a la vida y en ello un acto salvaje de rebeldía: en una sociedad que calla a las voces disidentes con la intimidación y la muerte, el acto de resistir mediante la alegría es la muestra última de dignidad. En una sociedad anestesiada por tanta cruda realidad, la convicción de proteger la imaginación es la forma última de enfrentar la amargura de los verdugos.


Me quedé pensando mientras miraba la plaza vacía desde las escaleras de la iglesia, y tras todo el ajetreo del Festival, que en este país hay caudales que ellos, los hombres grises, nunca van a poder secar.



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Invitado
Sábado, 26 Septiembre 2020

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