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Memorias de un cineclubista viajero

Lisandro Duque Naranjo

Director de cine y escritor


Una madrugada del año 1974, tipo cuatro de la mañana, me bajé en el parque Uribe de Sevilla de un bus que me llevó desde Cali, donde había estado en La Tertulia con mi cineclub itinerante de películas colombianas. Llevaba, en una mano, la maleta, y en la otra, en una caja de cartón, las películas "Chircales" de Jorge Silva y Martha Rodríguez, "Qué es la democracia" de Carlos Álvarez y "Oiga Vea" de Carlos Mayolo y Luis Ospina en 16 milímetros. También un cortometraje mío en 35 milímetros, "Favor correrse atrás", y uno de Luis Alfredo Sánchez, "El oro es triste". Todo eso pesaba sus 20 kilos. A dos cuadras quedaba mi casa, la de mis padres, y en el trayecto escuché los gallos en los patios. Una que otra señora piadosa iba para misa. Faltándome una cuadra, distinguí una luz delgada y vertical en mi casa, y entre las penumbras distinguí a mi madre esperándome en la puerta entreabierta. Llegué, y le pregunté, mientras la abrazaba: ⸺¿y usted cómo supo que venía? Y me dijo: ⸺el ruido de las latas me despertó, mijo. Yo distingo ese ruido a la legua.


Otra aventura de viaje


Por allá, a comienzos de 1974 ⸺recuerdo que era mayo, Día del Maestro⸺, fui invitado a Villavicencio a exhibir los cortos colombianos de mi portafolio andariego en una sesión solemne en una sala de cine. Viajé el día antes, para prueba de proyectores ⸺de 16 y de 35 mm⸺, tipo cinco de la tarde. Yo acostumbraba tomar esos taxis de Velotax, de cinco pasajeros. De casualidad iba a mi lado un camarada de la Juco del Meta, y nos fuimos hablando de la coyuntura política, del paisaje, temas de esos.


A las seis de la tarde, ya medio oscureciendo, encontramos un trancón en ese lugar consabido llamado Quebradablanca. Ni se veía cuántos carros nos precedían pues los de adelante se perdían en una curva. El chofer de una vez dijo que se regresaba a Bogotá, y ahí veríamos los pasajeros si nos quedábamos o nos volvíamos con él. Refunfuñeos, reclamos, defensa de los derechos de los pasajeros, pero nada: el chofer se empeñó en devolverse. El camarada de la Juco y yo nos bajamos, nada qué hacerle. Al bajar mi cargamento del baúl ⸺ya no quiero repetir que era la ropa y una caja de cartón de 20 kilos debidamente amarrada⸺, noté que el camarada no me ayudó a aligerar la carga, al menos ofreciéndose a portarme el chivo de la ropa. Muy tranquilo, sacó su maletín con una mano mientras la otra la conservó en el bolsillo. Me chocó el detalle, indigno de un comunista, pero bueno, supuse que ya me daría una mano si acaso la caminata para cruzar el derrumbe se hacía muy larga. Mientras tanto, para no fatalizar la emergencia, supusimos que el tránsito se reanudaría, caso en el cual tomaríamos un bus, que bastantes había. Y nos dirigimos hacia la cabeza de la hilera de vehículos, intentando valorar el derrumbe in situ antes de que anocheciera por completo. En esas tres cuadras de distancia no me rindió mucho el paso, pero nada que el camarada se ofrecía a llevarme aunque fuera el equipaje de ropa, pequeño. Y llegamos: la banca de la carretera, en unos doscientos metros, estaba cubierta de lodo. Desde el filo de la cordillera hasta el lecho del río Guayabetal, que quedaba a unos doscientos metros abajo de la carretera ahora borrada del mapa, todo era una superficie oblicua de pantano por la que se asomaban las cabezas inmensas de piedras como con vértigo de caer al abismo. Algunas de esas moles líticas ya tenían más de medio cuerpo afuera y parecían ansiosas por echarse a rodar.


⸺Y el problema es que yo no me puedo devolver ⸺le dije al camarada⸺, mañana a las diez tengo un evento en el que habrá mil maestros.


⸺Yo también voy a eso. Me toca hacer uso de la palabra.


Miramos hacia abajo, y el último pedazo de luz solar nos permitió ver a decenas de viajeros diminutos que ya avanzaban por la orilla del río, y a otros que apenas se descolgaban resbalándose por la pendiente.


Quizás ahora, 45 años después, pueda concluir que más bien debí haberme devuelto en el taxi para Bogotá. Pero en ese entonces, me aterrorizaba perder la plata del contrato con la Secretaría de Educación del Meta. Además, mi hermano mayor, Rafael, que vivía en Villavicencio, era quien me había gestionado esa invitación, relativamente bien paga, y se había instalado en un hotel de la ciudad por cuenta de la comisión que aspiraba a ganarse.


No fue, pues, mi pasión por la aventura, lo que me impedía desertar y devolverme a Bogotá, sino que mi hermano ya había dormido tres noches y solicitado algunos servicios a la habitación a buena cuenta de los honorarios que por las proyecciones y los foros se le adeudaban al suscrito.


Miré hacia atrás, y contados segundos antes de que las tinieblas y el frío cayeran de repente en el paraje, alcancé a ver una casa a 20 metros, debía ser un restaurante de carretera, y me dirigí a ella. El camarada, a quien pretendía convencer de que me acompañara, desapareció como si hubiera sido una visión apenas, y como si el lugar más bien fuera una réplica del castillo de Transilvania. Ni siquiera se me ocurrió comparar el sitio con la casa de Norman Bates en la que Marion Crane fue acuchillada en la bañera. Esto me resultaba poca cosa dada la inclemencia de mi situación. Una de las ventajas de la cinefilia es que lo vuelve a uno un héroe tentado de hacer, en las circunstancias más extremas, las analogías más triviales.


El lugar, por fortuna, estaba cundido de carros y buses, cuyos ocupantes, tras las ventanas cerradas y empañadas por el vapor de sus alientos, trataban de dormir, seguramente echándose el cuento de que si permanecían callados lo lograrían. Hasta la luna se asustó y se escondió, dejándome solo la memoria de donde estaban los muebles de aquella casa restaurante. Llegué a tientas a una mesa del comedor aquel, en cuya superficie, por fortuna puse mi maletín, y justo en ese instante, los dueños, que habitaban el resto de la casa, sacaron tres perros cuyo tamaño no alcancé a identificar y los dejaron afuera, trancando bien las puertas. Por puro reflejo me trepé a la mesa como si esas bestias no pudieran saltarla. En efecto no lo hicieron, pero por amaestrados. Pero apenas detectaron ese cuerpo extraño ⸺el mío⸺, me hicieron sentir el fogaje de sus hocicos y ladridos. En ese momento, un bebé se despertó llorando en la camioneta de una familia y el papá prendió la luz interna, lo que convirtió el vehículo en una enorme lámpara de luz tenue, que de todas maneras me permitió identificar el entorno. Y sobre todo el tamaño de los perros que abandonaron las patas de "mi" mesa y corrieron a ladrarle a la familia de la camioneta, cuyo conductor se distinguía nervioso con un biberón en la mano. La camioneta era alta, y los perros saltaban tan rabiosos, que arrojaban sus babas contra el vidrio de la ventanilla hasta volverlo viscoso. Algo de sus dentelladas logré ver, desde esos colmillos que me hicieron agradecerle a Pavlov el que esas fieras estuvieran inhibidas de treparse a mi mesa. Finalmente el bebé dejó de llorar, y su padre, con mucha maña, apagó la luz interna, lo que procuró que los perros desistieran del ataque y volvieran a echarse a las patas de la mesa que ocupaba el cuerpo extraño. O sea, yo. Pero ya calientes de la furia insatisfecha por no haber logrado devorar al bebé, se tropezaron con la caja de cartón en que había empacado las películas, y se dieron a la tarea de morder las cabuyas hasta que de varios tarascazos las volvieron hilachas. Todo eso ocurría a una distancia de setenta centímetros que es la altura de cualquier mesa. Y de oídas, pues yo, en aquella oscuridad, era una especie de yoga en flor de loto, que incluso había logrado vencer la necesidad de respirar para no ponerme en evidencia mientras el resto del mundo se deshacía a mis pies en las fauces de las tres bestias. O alrededor, más bien dicho, pues ya las fieras habían también convertido en piltrafa el cartón de la caja y se masticaban, rugiendo a satisfacción, los pedazos por todo el comedor. Recuerdo que cuando recién agarraron a mordiscos la caja, y la jalaban cada cual para su lado, disputándosela, las latas por dentro se movían por el remezón. Fue inevitable acordarme de la frase de mamá: "yo distingo ese ruido de las latas a la legua".


Amaneció como a las cuatro y media y los perros recibieron el día durmiendo a pierna suelta. Yo, obviamente, no había pegado el ojo, no por falta de sueño, sino por el miedo a sacar un pie de la jurisdicción pavloviana que delimitaba la mesa y tal vez causar que los tres perros me arrastraran del zapato hacia el piso, con mantel y todo, hasta comerme entero. Cuando empezó el frío, y quise sacar mi chaqueta del maletín, llevé mi mano hacia la cremallera, en movimientos discontinuos, unos cinco o seis, en trechos muy cortos, paralizándola después de cada avance, y constatando cuánto le traquean a uno, en el silencio total de la noche, las articulaciones en esos despliegues corporales tan breves. Cada desplazamiento de la mano me hacía sonar la parte superior, redonda, del húmero, que se conecta con la cavidad del hombro, como una bisagra sin aceitar de una puerta antigua. Y los perros, sin abrir la boca, gruñían, poniéndose alertas echados. Ya cuando intenté abrir la cremallera, la pequeña jauría volvió a hacerme sentir el calor de sus ladridos y hasta algún espumarajo de su vaho me fue lanzado a la cara. Y asumí que tampoco me iba a matar la hipotermia, y me dediqué a tiritar mejor.


Los campesinos se levantan muy temprano, y la luz azul de esa madrugada mostró a la señora Pavlov ⸺¿qué otro nombre le pongo, si además me salvó la vida por la buena educación dada a sus perros?⸺, saliendo por la puerta y ordenando a los perros entrarse. Luego miró los pedazos de cartón y de cabuya regados por el piso, y me descubrió sentado en flor de loto encima de la mesa.


⸺¿Usted qué hace ahí, señor, encima de la mesa? ⸺me preguntó con voz severa.


⸺Salvarme de los perros, señora, eso 

⸺viéndola tan irritada ni me atreví a pedirle una caja de cartón, ni un lazo, para empacar de nuevo las latas de las películas. Unas veinte personas que habían pasado la noche en los vehículos se apearon de ellos a usar los baños y a pedir desayunos.


⸺Apenas voy a juntar las brasas ⸺les dijo la señora con la certeza de que no por la demora iba a dejar de vender desayunos. Y los comensales comenzaron a ocupar las sillas. Yo hice lo mismo, después de estirar los huesos de pie, y la señora me espetó: ⸺Usted, ni me pida desayuno ⸺con la autoestima por el piso, me fui a sentar en un muro mientras la dueña se cebaba en mí, agregando: ⸺y por favor me recoge todo ese reguero.


⸺Ese reguero lo hicieron sus perros, ⸺le dije, sacando mi última dignidad de por allá adentro, y encimándole: ⸺¿qué quería usted, encontrar mi cuerpo destrozado? Antes usted debiera reponerme la caja que mire como me la volvieron.


Sin duda nadie le había respondido así en su vida a la señora Pavlov, que debía ser la déspota de toda la comarca. Quizás la figura trágica de un cadáver, el mío, dañándoles el apetito a tantos comensales ansiosos de desayuno, y más tarde de almuerzos, esperando la llegada de los forenses, que seguramente por las condiciones de la vía se iban a demorar para el levantamiento, le hizo valorar que todo hubiera podido ser peor, de modo que me dijo:


⸺¿Quiere los huevos pericos o fritos?


⸺Pericos, ⸺le dije, y ella, muy solícita: ⸺Y por allá tengo varias cajas. Ahora buscamos.


Lo siguiente era cruzar la zona del derrumbe y ahí estaba, frente a aquella devastación, junto con el camarada que reapareció. Un par de policías, dada nuestra insistencia, aceptó dejarnos pasar, pero siempre y cuando firmáramos un documento de que lo hacíamos bajo nuestra responsabilidad.


El camarada, perseverando en su insolidaridad de la víspera, empezó la travesía con su mano en el bolsillo. Creo que ya es justo, para no alargar esta incertidumbre, informar que después me enteré de que el hombre carecía de esa mano. No sé por qué, ni viene al caso, pues nunca expuso, parece que de por vida, su muñón.


A él, obviamente, le rendía más el paso, por lo liviano. Mientras que yo hundía mis pies en el cieno casi hasta la rodilla. Y me demoraba bastante en sacarlos pues debía impedir que se me salieran los pies de los zapatos y éstos se me quedaran sumergidos. Debió durar tres horas la penosa caminata como de unos cien metros. El camarada resultó bastante providencial, pues conocedor de la carretera, caminaba por el borde de ella, adivinándola en sus pies, y yo pisaba en los huecos que él dejaba de huella.


Solo al llegar miré hacia atrás, o mejor, hacia arriba, las piedras enormes que tuvieron la nobleza de no venírsenos encima.


Transporte para viajar a Villavo sobraba y allí llegué una hora después. El pantano se había secado de las rodillas para abajo, y yo caminaba como sobre dos bloques de hormigón. Antes de entrar al hotel, golpeé duro los tacones contra el piso y se me desgajaron pedazos de barro reseco que habían tomado la forma de mi pierna de la rodilla hacia abajo, con todo y las arrugas del pantalón. Mis extremidades inferiores eran un molde vaciado del que se hubiera podido construir mi estatua de ahí para arriba.


Mi hermano Rafael casi reza cuando me vio llegar, pues daba el evento por perdido.


Media hora después, ya cambiado, aunque somnoliento, estaba en una sala de cine colmada de mil personas, puros maestros del departamento del Meta. Hice una breve disertación sobre las películas, convoqué a la solidaridad con el cine colombiano e invité a permanecer en la sala después de las proyecciones para hacer un foro. Se apagaron las luces y comenzó la función, calculada para hora y media.


Dos horas después mi hermano me despertó y la sala estaba vacía. El público, muy considerado y sabedor de mi aventura del mismo día y de la noche anterior, al encenderse la luz, me vio tirado en la silla, con los zapatos reposando sobre los brazos de la silla delantera y el piso lleno de terrones de barro seco. Decidieron no despertarme.


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Jueves, 02 Abril 2020

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