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Otra urgencia política: Encarar la nueva naturaleza del trabajo

Víctor Manuel Moncayo C.

Exrector y profesor emérito

Universidad Nacional de Colombia


Definitivamente vivimos en una época que nos exige múltiples reconocimientos. Uno central, en estos momentos en que se discute sobre la flexibilidad del trabajo y la informalidad, es encarar la nueva naturaleza del trabajo.


La lógica del capitalismo postindustrial


Sin duda hoy la producción de valor no reside ya exclusivamente sobre la producción material, sino que se genera también a partir de elementos inmateriales, que escapan a la cuantificación y a la medición en términos temporales, todo lo cual ha provocado un vuelco en las características homogéneas y estandarizadas de la organización del trabajo conocidas, facilitado por las tecnologías de comunicación y movilización que estructuran las redes y cambian las jerarquías tradicionales del mundo empresarial; y que ha tenido efectos en la división del trabajo a partir del criterio cognitivo, en un ambiente de movilidad, independencia, autonomía individual y precariedad.


Estamos frente a una fase del capitalismo, con una lógica diferente que, por estar precisamente en proceso de definición, plantea serios problemas para su cabal entendimiento. Se ha salido del capitalismo industrial, centrado sobre la unidad fabril de transformación de recursos materiales y la acumulación de capital físico, hacia un orden distinto que, sin embargo, no disuelve lo precedente, sino que lo reestructura y remodela, bajo fundamentos tendenciales distintos.


La transformación de la naturaleza del trabajo


Pues bien, un rasgo central de esta nueva fase, es la significativa transformación de la naturaleza del trabajo, que ha dejado atrás la subordinación del trabajo vivo al sistema de máquinas, que representó el signo distintivo del capitalismo industrial, para hacer posible que el intelecto general (General Intellect) se incorpore en los sujetos mismos, dando lugar a lo que, en los últimos tiempos, se ha denominado como la prevalencia o dominación tendencial del trabajo inmaterial y del trabajo material no inmediato en los procesos productivos. Sin adentrarnos en el debate que sobre el particular existe y puede darse, cuando nos referimos al trabajo inmaterial no estamos haciendo alusión al trabajo intelectual por oposición al trabajo manual, sino al trabajo que produce bienes inmateriales, pertenecientes al mundo de lo cultural, del conocimiento o de la comunicación, o a los campos de tipo relacional de orden informático, creativo, de cuidado o de atención.


El trabajo esencial ya no versa tanto sobre la materia misma (sea esta los medios de producción o las materias primas), sino sobre la información que ha de recibir esa materia. Es un trabajo asociado a la información que requiere el sistema de máquinas, a los elementos que ese sistema transforma y al conjunto de procesos que organizan la producción en su conjunto.


Es la información que es indispensable para el funcionamiento del sistema de máquinas (en concreto el hardware y el software de todos los aparatos automatizados y robotizados, sometidos a la programación asistida por computador); para la ordenación de todos los circuitos internos, incluidos los que siguen teniendo que ver con el trabajo vivo material que subsiste; para el enlace con la des-localización o des-territorialización y la globalización de la producción, imposible sin la información ligada a las telecomunicaciones y a las redes; para la articulación de las múltiples formas de trabajo independiente, y para el control de los aspectos de la fabricación convertidos en servicios.


La nueva forma de la producción capitalista se extiende y difunde en el territorio, cada vez más sin lugares ni centros precisos e identificables que, aunque puede conservar en niveles cuantitativos elevados el viejo trabajo vivo material inmediato, reposa ahora de manera dominante sobre un trabajo disperso y difuso, que no trabaja sobre elementos concretos; es de manera principal un trabajo de carácter comunicativo, creativo, innovativo y cooperativo, cuyo único instrumento de trabajo es el cerebro de quienes lo despliegan. Un instrumento que, a diferencia de los que antes suministraba y avanzaba el agente capitalista, ahora lo tienen los mismos sujetos.


La fuerza de trabajo, el trabajo como fuente de la riqueza, subsiste, permanece, pero con una naturaleza distinta que ha impuesto el capital: el trabajo inmaterial, predominantemente no asalariado, y el trabajo material no inmediato. En este sentido el trabajo no ha perdido su centralidad ni la sociedad ha dejado de ser una sociedad del trabajo, es decir una sociedad donde reina la actividad humana, así ya no sea dominante el proceso de intercambio salarial de la fuerza de trabajo con todas sus implicaciones y consecuencias.


Algunos rasgos del nuevo trabajo


Se trata de un trabajo múltiple, polivalente, heterogéneo, ligado a apéndices cibernéticos, que corresponde a las necesidades de automatización de las fábricas, a la informatización infinita de la sociedad, a la incorporación de los servicios en la fabricación, a la diseminación espacial de la actividad productiva, a las exigencias de tratamiento de información, a la interconexión entre las diferentes fases y procesos, a la esencial dependencia de la producción respecto de la esfera del consumo: en fin, todo ese abigarrado conjunto llamado recientemente la IV Revolución industrial que enlaza de manera compleja lo físico, lo digital y lo biológico.


Estamos en un escenario en cual se mueve el trabajo o la actividad humana de todos, asalariados o no; que es trabajo productivo sin importar el lugar en que se despliegue, ni el momento del transcurrir vital en el cual se realice; que no se desarrolla solo en la fábrica sino en toda la sociedad. Es un trabajo que no se traduce en productos o modificaciones materiales, sino en efectos intangibles, pero centrales desde el punto de vista productivo, y que, al igual que el trabajo material que subsiste, es trabajo explotado, que compromete tanto lo corporal como lo espiritual.


Ese trabajo inmaterial y ese trabajo no inmediato son hegemónicos en forma tendencial. Esto significa que, si bien puede no ser mayoritario desde el punto de vista cuantitativo, ya que el trabajo material y asalariado subsiste e incluso puede ser o seguir siendo significativo en términos numéricos, el trabajo inmaterial y el trabajo no inmediato les imprimen el sentido y la forma misma a todas las demás modalidades de trabajo coexistentes, subordinándolas. Desempeña hoy el mismo papel principal que, en su época, tuvo el trabajo industrial ligado al sistema de máquinas que, como se sabe, en sus inicios también fue minoritario, pero que influyó en la manera de ser de los restantes, imprimiéndoles otro carácter.


La nueva cooperación social productiva


Por ello la principal fuente de valor reside hoy en los saberes/conocimientos incorporados en el trabajo vivo y que este mismo moviliza, y no en los recursos y en el trabajo materiales. De esta manera cobran importancia las externalidades ligadas al saber y al conocimiento, a ese capital intangible, frente a la importancia de antes del capital físico y material y del trabajo inmediato de orden material.


La fuente de valor, por lo tanto, está más allá del régimen salarial y del intercambio mercantil tradicional, reposa más en los sistemas de formación y de investigación, y no surge de la clásica y convencional división entre trabajo y no trabajo, sino que puede estar tanto en las unidades productivas como fuera de ellas. Se han roto las demarcaciones trazadas por la fábrica, para permitir la emergencia de nuevos conglomerados de sujetos del trabajo que dejan atrás la figura del obrero industrial, de tal manera que, el viejo concepto de trabajo productivo, entendido como aquel brindado en las unidades fabriles en relación con el sistema de máquinas, se extiende ahora por fuera de ellas, pues todos los tiempos sociales participan en la producción y reproducción económicas. Se trata, ahora, de un panorama altamente heterogéneo del trabajo, en el cual desaparecen las viejas distinciones entre trabajo libre y trabajo no libre, entre trabajo productivo e improductivo, entre trabajo formal e informal.


Por esa razón termina la cooperación muda y rutinaria propia del taylorismo, para dar paso a la cooperación comunicante, de tal manera que la ciencia productiva ya no es solo la encapsulada en el sistema de máquinas, sino la que surge de una fuerza de trabajo que puede compartir conocimientos genéricos para aplicaciones múltiples y diversas, en un contexto de autonomía con relación a la dirección de la unidad productiva. Se ha dicho que ya no se trata del trabajo vivo frente al trabajo muerto, sino del saber vivo frente al saber muerto.


Por consiguiente, en la nueva época del capitalismo, como el trabajo se ha transformado, hoy se produce valor, pero cada vez más como resultado de la cooperación social. En este sentido la producción es cada vez más social; se produce en redes de cooperación e interacción social. Hoy se producen no solo mercancías sino las mismas relaciones sociales, la sociedad toda.


En materia de división del trabajo, lo que ocurre en la nueva fase del capitalismo es de otra naturaleza. Ya no se trata de dividir y organizar el proceso de producción a partir de tareas materiales definidas, sino de organizarlo a partir de bloques de saberes homogéneos, cuya unidad reside en principios científico-técnicos sobre los cuales se construye tanto la interpretación de las informaciones, como la creación de nuevos conocimientos y los aprendizajes. Es decir, que el trabajo ya no se especializa sobre una tarea específica, sino sobre un «campo de competencias», que puede ser polivalente en cuanto a las labores que es preciso adelantar, pero que es definido en lo que se refiere al bloque de saberes y a los elementos materiales que deben ser operados a partir de ellos, para lo cual, como es obvio, deben afinarse los procesos de capacidad de aprendizaje y de innovación.


En ese contexto, la eficacia ya no reposa sobre la reducción de los tiempos propios de cada tarea a la manera taylorista, sino que está basada sobre los saberes y sobre la polivalencia de una fuerza de trabajo que sea capaz de maximizar la capacidad de aprendizaje, de innovación y de adaptación a una dinámica de cambio continuo. Esto ocurre en todos los sectores económicos, pero obviamente la tendencia no es unívoca pues, así como ciertas fases obedecen a los principios cognitivos, otras, las más estandarizadas, siguen funcionando bajo las lógicas de tipo taylorista.


Es una especialización cognitiva que tiene sus efectos concretos en el interior de las unidades productivas y en los diferentes espacios territoriales donde se despliegue el capital, en orden a tener las mejores y mayores competencias específicas requeridas. De esta manera se explica la localización de actividades productivas intensivas en conocimiento en los países avanzados, o en ciertas metrópolis y, en especial, las modalidades que asume hoy la globalización o mundialización de la economía, con la ayuda que prestan las NTIC en la difusión de los saberes y conocimientos, en la descomposición en bloques cognoscitivos y en el desarrollo de las innovaciones.


Surge así, también, una nueva división internacional del trabajo, fundamentada en principios cognitivos, en la cual el factor determinante de la competitividad de un espacio territorial en particular depende cada vez más del "stock" de trabajo intelectual que puede movilizar de manera cooperativa, con las consecuencias que ello tiene en una nueva polarización de la geografía del desarrollo, en perjuicio de los países menos dotados en trabajo con la calificación requerida, que son, además, saqueados gracias a la apropiación gratuita o en términos inequitativos de los recursos genéticos y de los saberes tradicionales. Aunque, nada impide que el proceso permita la deslocalización de algunas funciones en países menos desarrollados, que tengan o puedan alcanzar alguna potencialidad en fuerza de trabajo intelectual. Es una lógica de especialización cognitiva, conforme a la cual las actividades se reparten entre los territorios, en función de las competencias específicas que se pueden controlar y dominar. Las empresas buscan no tanto condiciones de menores costos, sino ambientes que estimulen las competencias requeridas y que sean ricos en recursos cognitivos específicos.


En fin, el trabajo vivo requerido por la producción capitalista en la fase actual, ya no es el trabajo representado por una acumulación determinada de horas durante una jornada, en el interior de aquellos lugares cerrados propios del establecimiento fabril, y claramente diferenciados y separados de los espacios del no trabajo, de la llamada vida privada, doméstica. De manera tendencial ha concluido la separación fábrica-otros espacios privados y públicos. El trabajo actual se mueve por todos los lugares y ocupa todos los intersticios de la vida, y ya no está caracterizado por la salarización y por el esfuerzo sobre unos medios y una materia, sino que cada vez es más autónomo, móvil, temporal, y produce no tanto transformaciones físicas sino efectos intangibles o inmateriales, que no son solo intelectuales.


A partir de allí se impone también asumir otro reto teórico-político: cómo entender la forma de explotación de ese trabajo, que se despliega en toda la sociedad, de ese conjunto de actividades humanas que no están sometidas al régimen salarial, de quienes tampoco puede predicarse en estricto sentido que tienen un empleo o una ocupación, de lo cual trataremos de ocuparnos en un próximo número de esta misma revista.



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Martes, 04 Agosto 2020

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