Cuidado en tiempos de coronavirus


Victoria Sandino Simanca Herrera

Senadora de la República

Feminista, Marxista, Fariana


En estos días de cuarentena se ven en redes muchos comentarios del estilo: "estar en cuarentena es una sola lavadera de loza" o "ahora si entiendo por qué mi mamá manda a lavar los platos rapidito". Parece ser que esta pandemia nos está obligando a comprender lo que es la economía del cuidado y cómo funciona en la práctica.


El cuidado de los otros, el cuidado de sí misma y el cuidado del medio ambiente han sufrido las consecuencias de la asignación de roles de género, de manera tal que son las mujeres las que terminan respondiendo cotidianamente por el mantenimiento del hogar. La normalización de las tareas cotidianas o domésticas -labores como cocinar, lavar la loza, mantener la casa aseada, comprar el diario y otras más-, se evidencia en términos de la carga que representa y, peor aún, en el hecho de que no es una labor remunerada ni reconocida, sino que pareciese que se hace sola.


No es que antes las cosas fuesen distintas en un país como el nuestro: el asunto es que en la actualidad los medios de comunicación y, con ello, las redes sociales, permiten que aquello que antes ocurría puertas adentro de la casa se ventile y ponga en común. Una de las situaciones que sale cada vez más de las paredes de los hogares es la violencia intrafamiliar y, con ello, la violencia de la que son objeto las mujeres por parte de sus esposos, novios o padres. Ha sido una alerta del Instituto de Medicina Legal que cerca de 14.145 colombianas están en riesgo de morir a manos de su pareja o expareja, y si viven con esas personas, tendrán que pasar juntos estos días de cuarentena. Seguramente son muchas las mujeres que ya están pasando por estas situaciones.


El coronavirus y la cuarentena deberían, por lo menos, hacernos reflexionar un poco sobre el tipo de relaciones que tejemos en las familias, con nuestro/as compañero/as de trabajo, amigos y amigas, personas cercanas y con nosotros y nosotras mismas. Cuidarnos debería ser un imperativo en tiempos en los que la solidaridad y la lucha contra las violencias pareciese ser consignas de unos pocos.


Hasta hace algunos días, hablar de quedarnos encerrados en la casa, de cuidar a los adultos y las adultas mayores, de racionalizar el mercado, de no acapararlo, de regular las salidas a la calle, de cocinar y lavar la loza tres veces al día era algo casi lejano. Pero este terrible mal ha hecho que todas estas prácticas -por lo menos en las ciudades y pueblos- se conviertan en una realidad.

      A través del concepto de economía del cuidado, la economía feminista ha visibilizado el rol sistémico del trabajo de cuidado en la dinámica económica en el marco de sociedades capitalistas. El trabajo de cuidado cumple una función esencial en las economías capitalistas: la reproducción de la fuerza de trabajo. Sin el trabajo de cuidado, que logra que el capital disponga todos los días de trabajadores y trabajadoras sanos y en capacidad de laborar, el sistema no funcionaría. 

Por estos días cada vez pienso más sobre el tiempo de sus vidas que han gastado nuestras madres y abuelas cocinando, tendiendo camas, lavando a mano la ropa; también pienso sobre el poco tiempo de calidad que hemos les dedicado a ellas; quizás hayamos pasado más tiempo refunfuñando que el grano que cocinaron lo habían hecho dos días antes, que la comida siempre es la misma, que está fría, o caliente, que estamos cansados o que no entienden que tuvimos un día tan duro como para que nos pongan a lavar la loza de la cena.


La querida Silvia Federicci, feminista marxista, hace mucho tiempo se anticipó a explicarnos lo que hoy estamos viviendo por fuerza mayor:


No es innovación tecnológica lo que se necesita para afrontar la cuestión del cuidado de los mayores, sino un cambio en las relaciones sociales, mediante el cual la valorización económica deje de ser el motor de la actividad social y que impulse la reproducción social como un proceso colectivo (Federicci, 2015: 57).


Cuidar es un conjunto de tareas que requieren tiempo, ganas, energía; no se trata del tiempo que sobra o de momentos que alguien tenga que dedicar a este propósito. Hoy nos estamos viendo enfrentados a cuidarnos a nosotros y a nosotras mismas, y a aquellos con los que compartimos el aislamiento. Pero ¿quién se encargaba antes de estas tareas?, ¿recibían esas personas una remuneración?, ¿estaban bien remuneradas?


A través del concepto de economía del cuidado, la economía feminista ha visibilizado el rol sistémico del trabajo de cuidado en la dinámica económica en el marco de sociedades capitalistas. El trabajo de cuidado (todo lo que estamos haciendo todos y todas hoy como consecuencia del COVID 19) cumple una función esencial en las economías capitalistas: la reproducción de la fuerza de trabajo. Sin el trabajo de cuidado, que logra que el capital disponga todos los días de trabajadores y trabajadoras sanos y en capacidad de laborar, el sistema no funcionaría.

La ética feminista del cuidado nos invita a pensar en que las sociedades realmente democráticas deben necesariamente colectivizar las prácticas de cuidado, acabar de manera radical con esa relación de género que indica que las mujeres somos mejores para cuidar, criar, cocinar o saber qué hacer para solucionar los problemas del hogar. Redistribuir las labores de cuidado, comprender que todas y todos podemos tener claro lo que se necesita para el bienestar de la familia y de sí mismo es un paso enorme hacia la democracia que tanto necesitamos.

Este virus nos tiene que llevar a pensar en el tiempo que consume a millones de mujeres en el mundo al interior de una casa, sin que su trabajo sea plenamente reconocido económica y simbólicamente, y en qué vamos a hacer al salir de esta crisis para redistribuir y reorganizar las tareas que tan injustamente recaen solo sobre ellas.


La ética feminista del cuidado nos invita a pensar en que las sociedades realmente democráticas deben necesariamente colectivizar las prácticas de cuidado, acabar de manera radical con esa relación de género que indica que las mujeres somos mejores para cuidar, criar, cocinar o saber qué hacer para solucionar los problemas del hogar. Redistribuir las labores de cuidado, comprender que todas y todos podemos tener claro lo que se necesita para el bienestar de la familia y de sí mismo es un paso enorme hacia la democracia que tanto necesitamos.


Bien han planteado comunidades en el mundo la importancia de colectivizar el cuidado, de hacerlo común, sobre la base de redes de cuidado, de espacios solidarios de intercambio, contratos solidarios y comunidades de cuidado, entre otras muchas y variadas formas que nos invitan a pensar que el cuidado y todo lo que este implica debe ser centro de atención para esas nuevas sociedades que queremos construir, en las que la base de las relaciones descanse sobre el reconocimiento y respeto por el otro y la otra, y no su explotación o mercantilización.


Referencias


Silvia Federicci (2015). "Sobre el trabajo de cuidado de los mayores y los límites del marxismo". Nueva Sociedad No. 256, marzo-abril de 2015. ISSN: 0251-3552.


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Viernes, 25 Septiembre 2020

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