Santiago García In memoriam


Jesús Gualdrón

Profesor


Santiago nos infundió una energía y una pasión por el teatro inimaginable. Nos enseñó que el proyecto de teatro y de grupo está atravesado por el proyecto de país, que ser artista es un privilegio y un goce, pero también una responsabilidad.


Patricia Ariza


En la conservadora Tunja de finales de los años 60 y comienzos de los 70, la presentación de una obra de teatro era todo un raro acontecimiento cultural, y muchos estudiantes de la Universidad Pedagógica tanto como los muchachos de los cursos mayores de los innumerables colegios de la ciudad esperábamos con verdadera expectativa el acontecimiento. Seguramente todos sentíamos en las horas previas una mezcla de emoción y aprensión ante un espectáculo desconocido, pero que todos adivinábamos de antemano mágico.


Y eso fue lo que sucedió aquella noche cuando el grupo de teatro La Candelaria recreó en el escenario del auditorio del Colegio del Rosario La Orestiada, la tragedia griega escrita por Esquilo que tiene como tema el eterno de la justicia y la injusticia, la democracia y la manipulación. La obra era dirigida por Santiago García, de quien habíamos oído hablar a algunos compañeros que habían estado en Bogotá en alguna función de La Candelaria, y que contaban acerca de esa experiencia una y otra vez con entusiasmo. Pues bien, al terminar la presentación allí estaba Santiago parado en el escenario y dispuesto a dialogar con el público. Y fue un discurso pleno de revelaciones, de inquietantes preguntas, de dimensiones aleccionadoras, un tanto etéreo para neófitos provincianos, pero profundamente impactante. Tanto que en muchos de nosotros dejó una profunda huella. Por lo menos, ese fue mi caso. No he olvidado esa extraordinaria noche: me ha acompañado a lo largo de los días de mi vida, como si se hubiese tratado de una epifanía, de una inspiración vital que se renueva.


Siempre he pensado que el mayor aporte de los maestros ha de ser el de inspirar a aquellos con quienes comparten su saber y a quienes brindan su guía. Y creo que, a juzgar por los testimonios de quienes trabajaron con él en el duro camino del desarrollo y consolidación de una dramaturgia nacional, ese fue un resultado constante de su influjo. ¡Y qué decir del público teatral que él contribuyó a formar! Lo que quiero decir es que se ha ido un Maestro: uno verdadero, uno que no solo nos enseñó con su reflexión y su práctica teatrales, sino con su compromiso vital en la lucha por la libertad, contra la inequidad, la discriminación y los prejuicios, y por la felicidad humana. ¡Uno que no será posible olvidar!


El 30 de abril de 1993, el Teatro La Candelaria estrenó En la raya, una de sus obras de creación colectiva. Izquierda, que a la sazón circulaba en formato impreso, publicó como una verdadera primicia cultural el artículo que a continuación reproducimos, el cual fue escrito por petición nuestra por el Director del grupo teatral.

 Si estoy hablando en primera persona del plural no lo hago con pretensiones episcopales, ni mucho menos con la consabida actitud de quienes al hablar de materias teóricas disfrazan sus acertijos personales con una categoría impersonal para darle credibilidad a sus divagaciones. Lo hago porque nuestro trabajo teatral, y los resultados buenos y malos que logramos, son el fruto de una real cooperación de intenciones, imaginaciones y experimentos de un grupo de personas ⸺artistas⸺ que se ha denominado creación colectiva.

Otras reflexiones sobre la creación colectiva


Santiago García


Nuestro último trabajo colectivo En la raya es la culminación de un proceso que viene desde muy atrás, casi que podríamos remontarnos a los comienzos de los años 70, donde hemos tratado de lograr no solo resultados concretos sino de teorizar sobre nuestra metodología de creación de obras de teatro. Y al tratar de teorizar, el énfasis de nuestras reflexiones no se ocupa tanto de las piezas, como dramaturgia, sino de los procesos en los cuales los métodos cambian de una obra a otra, lo cual nos inhibe, como es natural, de hablar categóricamente de una metodología de creación estética.


Solo intentamos dar cuenta de los procesos, de los pasos, de las variaciones, de los hallazgos, pero también de los fracasos, de las equivocaciones, de los tropiezos.


Si estoy hablando en primera persona del plural no lo hago con pretensiones episcopales, ni mucho menos con la consabida actitud de quienes al hablar de materias teóricas disfrazan sus acertijos personales con una categoría impersonal para darle credibilidad a sus divagaciones. Lo hago porque nuestro trabajo teatral, y los resultados buenos y malos que logramos, son el fruto de una real cooperación de intenciones, imaginaciones y experimentos de un grupo de personas ⸺artistas⸺ que se ha denominado creación colectiva.


En este último experimento que hemos intentado son muy variados los cambios de dirección, de itinerario del proceso y aun de objetivos que se nos han presentado. Algunos por accidentes fortuitos, otros han sido voluntarios. En un comienzo queríamos someternos a las exigencias de un encargo que se nos hizo por parte del Ministerio de Cultura de España de montar una versión de una novela de nuestro Premio Nobel, García Márquez. Escogimos la Crónica de una muerte anunciada, pero al inicio del trabajo se nos presentó una serie de infortunados impedimentos sobre los derechos de autor que nos obligaron a dejar de lado el contrato con España y a renunciar a hacer la versión de la novela. Sin embargo, en el grupo se tomó la decisión de continuar con este trabajo ya sin las ataduras que representaban los contratos adquiridos con España. Éramos libres de hacer los que quisiéramos a partir de la Crónica. Claro que en arte eso de la libertad es muy discutible. Tratándose de un juego creativo, que es en esencia la labor artística, siempre es mejor someterse a unas reglas, cualesquiera que sean, a unos impedimentos, a unas dificultades reales o inventadas por el mismo artista, que gozar de una libertad creadora. Bien lo decía Stravinski: "En arte, como en todas las cosas, no se edifica si no es sobre un cimiento resistente; lo que se opone al apoyo se opone también al movimiento. Mi libertad consiste, pues, en mis movimientos dentro del estrecho marco que yo mismo me he asignado para cada una de mis empresas".


De manera que nos dimos a la tarea de inventarnos otro marco de acción que nos redujera esa aparente libertad en la que de pronto nos habíamos encontrado y nos diera un campo de acción más limitado, más lleno de obstáculos. Por fin lo encontramos después de trajinar por una variadísima serie de improvisaciones. Se trataba de "representar" a un grupo de marginales, drogadictos y gentes de la calle que, dentro de un programa de rehabilitación social, están montando bajo la dirección de un director extranjero una versión de la Crónica. Este era el marco circunstancial, el temático apenas se entreveía, era muy vago al principio; pero después, a medida que avanzaba el trabajo, fue poco a poco apareciendo. Debemos confesar que aun ahora, en vísperas del estreno de la obra, ese bendito tema no está claro. Pero esto siempre pasa: la definición del tema de una obra no se presenta en su plenitud sino después de que la forma está totalmente terminada. Y con más veras en la creación colectiva, y especialmente en esta obra en la que la forma poco a poco se fue desprendiendo del contenido original y encontrando otros cauces más propios para las nuevas circunstancias que habíamos inventado. Los nuevos elementos temáticos fueron apareciendo casi a regañadientes, como si una fuerza avara residente en el centro de lo que hacíamos se negara empecinadamente a entregarnos la veta profunda de lo que buscábamos. Pero como ya conocíamos esta famosa treta de los contenidos fuimos pacientes y esperamos, alargamos el proceso de la materia formal.


Muchas veces por apresurarse a desentrañar el tema nos dejamos invadir por las ideas, por los conceptos que van minando la fluidez de las acciones, se entorpece la forma y paradójicamente se impide el florecimiento de los contenidos.


Cuando un artista crea individualmente se tiene que inventar unos opositores, unos rígidos censores que le obstaculicen el desenfreno de su imaginación. Otro tanto sucede en la creación colectiva. Diariamente nos imponemos obstáculos que se concreticen en los análisis, en las discusiones, en una sana desconfianza que se vuelve el motor que dinamiza el proceso creativo. Es una regla de juego que nos imponemos. A sabiendas de su incomodidad y de que la mayoría de las veces alarga los procesos o dificulta las relaciones personales. Buscamos, como juego que es el arte, que el resultado final sea el deleite, como lo pregonan muchos artistas, pero también que el camino de creatividad del artista sea y produzca un deleite. Pasa como en todos los juegos. Los que más nos apasionan son aquellos que tienen las reglas más estrictas. Esta podría ser la regla de oro de la creación colectiva.

Buscamos, como juego que es el arte, que el resultado final sea el deleite, como lo pregonan muchos artistas, pero también que el camino de creatividad del artista sea y produzca un deleite. Pasa como en todos los juegos. Los que más nos apasionan son aquellos que tienen las reglas más estrictas. Esta podría ser la regla de oro de la creación colectiva. 

El encuentro con la obra formalmente terminada se alargó más de lo que teníamos previsto en un comienzo; año y medio de trabajo. El tema inicial que coincidía con el de la Crónica se fue, como dijimos, apartando de sus elementos constitutivos: el honor y la muerte. Fueron apareciendo otros que tenían que ver con el grupo de marginales que trabajaban como actores en el programa de rehabilitación social. Hoy en día en nuestro país, como en muchos de América Latina, el problema de los llamados "desechables" plantea cuestiones más y más complejas. La recuperación de estas masas de marginales hacia la producción y el consumo, hacia el seno de la sociedad, se intenta por múltiples programas estatales o por otros internacionales con intenciones cuyo sentido humanitario muchas veces es innegable. Aunque se logran resultados positivos, que son muy aislados, su aplicación masiva es cada día más difícil.


¿Qué tipo de ser humano están produciendo estas nuestras sociedades altamente desarrolladas? ¿Y qué tipo de ser humano se crea al mismo tiempo como desecho de esa misma sociedad en su afanosa e irresponsable carrera hacia el desarrollo?


Estos podrían ser algunos de los elementos temáticos que nos han ido apareciendo al final de nuestro trabajo de En la raya. Pero estamos seguros que en la obra se desarrollan otros. No quisiéramos quedarnos en ese ámbito sociológicamente sospechoso. La espesura de los significados tiene que ser mayor. Sin querer evadir la precisión del tema o de los elementos temáticos, como los hemos llamado, preferimos dejarlo al diálogo que se establece con el público una vez estrenada la obra. Esto es lo que nos ha sucedido con otras piezas que solamente hasta después de estrenadas empiezan a "hablar" del contenido. Además, en cierta medida, este es el trabajo de la crítica.


Y de nuevo citando a Stravinski: "Un autor tiene derecho de esperar de la crítica que admita, al menos, la ocasión que él le proporciona de juzgarle sobre realidades". Y el contenido es una realidad como la forma.


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