​Las dos caras del Estado neoliberal ¿Cómo podría conseguir el capitalismo, responsable de esta crisis, salir impune de la misma?

José Francisco Puello-Socarrás

Escuela Superior de Administración Pública


En Nunca dejes que una crisis te gane la partida (editorial Verso, 2013), obra cuyo subtítulo es: "¿Cómo ha conseguido el neoliberalismo, responsable de la crisis, salir indemne de la misma?", Philip Mirowski observaba la coyuntura crítica en la producción capitalista global y que, inicialmente, se expresaba en la forma de un choque financiero con epicentro en los Estados Unidos y Wall Street entre los años 2007 y 2008, sentenciando:


La crisis económica que hemos padecido estos últimos años ha causado estragos entre las clases medias y bajas, y disparado los índices de desigualdad. No obstante, no se ha hecho nada para evitar que en un futuro las causas que nos llevaron a la crisis puedan volver a repetirse… Asimismo, los máximos responsables del desastre no sólo no han sido juzgados y condenados, sino que siguen en sus cargos haciendo exactamente lo mismo que hacían antes de la crisis: enriquecerse a costa del resto de la sociedad. Amparados bajo la doctrina neoliberal imperante y cobijados por quienes los defienden, su respuesta es sólo una: abordar la crisis como si de un acto divino se tratara y seguir adelante, una máxima que ha paralizado todo intento de enmendar el desastre [énfasis propio].


El diagnóstico propuesto por Mirowski resulta ahora muy ilustrativo en medio del choque viral. Y no únicamente por la descripción sobre lo que ha venido sucediendo a nivel mundial durante la última década. Es quizás más provocativo por su pronóstico sobre lo que podría suceder hacia el futuro con la inminente profundización de la crisis capitalista actual.


Varias predicciones que anticipan el mundo postpandemia se han hecho ahora virales. Entre las más evocadas, una "inicua doctrina del shock" –como ya lo denunciaba hace varios años Mirowski, llamando la atención sobre su bloqueo y, con ello, el reforzamiento del statu quo; el ejemplo más paradigmático es, desde luego, la Obamamanía en los Estados Unidos y las implicaciones domésticas e internacionales contenidas inicialmente en esa "esperanza"– y una supuesta nueva aurora superadora fruto de la resistencia ante el "capitalismo del desastre" (Klein). A Green New Deal entonces retoma fuerza en torno al también inicuo, y aún más inverosímil, supuesto retorno a la época keynesiana de mediados del siglo pasado. ¿Se olvida que los (mal) llamados Treinta años gloriosos del capitalismo más que un tiempo de normalidad y estabilización capitalistas fueron un período excepcional en la historia de este tipo de sociedad y que hoy por hoy pertenecen al pasado?


Las exigencias actuales de la economía política, puntualmente: de la acumulación, hacen imposible no solo pensar sino también restaurar un régimen estatal de "bienestar". Esas perspectivas, seguramente formuladas bona fide, pero insistimos: ingenuas económicamente y engañosas políticamente, causan mayor estupor cuando son formuladas desde América Latina y el Caribe, lugar donde el régimen estatal construido en la posguerra significó, por contraste y comparación: malestar manu militari a partir de los regímenes estatales burocrático-autoritarios y tecnomilitares los cuales abrieron paso, luego, a la larga noche neoliberal regional y globalmente hablando.


Es preciso ratificar que el choque viral no es causa ni ha "provocado" la crisis. La expone. Sobre todo, la acelera desnudando cuantitativa y cualitativamente las crecientes contradicciones del modo de (re)producción social hoy vigente. Esta es una condición globalizada que ha venido agravándose paulatinamente durante las últimas cinco décadas en la época del capitalismo mundialmente integrado y con mayor grado de espectacularidad a lo largo del nuevo milenio, especialmente desde los años 2007-2008. Por eso, la actualización de la crisis lejos de invocar "desajustes" temporales en la sociedad capitalista continúa ratificando la exacerbación crónica de sus contradicciones estructurales, las cuales son parte de su ADN, de su naturaleza deshumanizante. Para sortearlas no serán suficientes "cambios de paradigma" económico o político. Se precisa, sin embargo, una transición hacia otra Matriz de Civilización. Una trans-formación radicalmente diferente en la manera cómo se produce y reproduce la vida en sociedad instituyendo otro horizonte de convivencialidad.


En medio de las disyuntivas del presente no hay, entonces, margen para pensar en un capitalismo del "desastre". El capitalismo es el desastre. Una comprobación histórica en cualquiera de sus formas y presentaciones. En la actual fase de acumulación, el neoliberalismo de la catástrofe (κατὰ, kata: hacia abajo; στροφή, strophe: voltear), literalmente: un "voltear hacia abajo" o, simplemente: cambiar las cosas hacia lo peor. Este escenario simplemente no podría ser descartado. A menos que las luchas contra el capital y un proyecto sociopolítico decididamente anticapitalista revolucionen el actual estado de cosas.


El neoliberalismo (ortodoxo) está muerto… ¿¡larga vida al neoliberalismo (heterodoxo)!?


En 2008, uno de los operadores intelectuales del capitalismo de esta época, el premio Nobel en Economía, Joseph Stiglitz decía:


(…) la crisis de Wall Street es para el fundamentalismo del mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica resulta insostenible [énfasis propio] (El País, 20/9/2008).


La anterior frase mantiene un significado especial. Es un síntoma contundente sobre las tendencias ideológicas, discursivas, pero también las praxis respecto a las dos caras del neoliberalismo, el capitalismo hoy realmente existente. Nótese que Stiglitz se refiere estrictamente al fundamentalismo de mercado. Ciertamente, el recambio de siglos ha venido mostrando cambios, modificaciones y ajustes de todo tipo en la economía política mundial, pero muy contundentes al interior de la matriz de la hegemonía neoliberal.


Uno de los tránsitos que resulta peculiarmente determinante es el giro desde la llamada ortodoxia neoliberal, con frecuencia caracterizada (¿simplificada?) como "fundamentalista" de mercado, el primer neoliberalismo desplegado bajo los prototipos económico y político suscitados entre las décadas de 1970 y mediados de 1990 vis a vis las re-visiones neoliberales, un segundo momento de continuidad, un nuevo neoliberalismo. Esta fase heterodoxa pretende blindar la hegemonía de este proyecto político para el siglo XXI recurriendo a praxis renovadas que revelan la otra cara del neoliberalismo[1].


Se trata entonces de una época de cambios dentro del neoliberalismo, pero no del cambio de época desde el neoliberalismo, a pesar de que se han confundido una y otra cosa.


En contraste con las primeras posiciones ortodoxas que enaltecieron el libertinaje de los mercados desregulados –"fundamentalistas" según Stiglitz–, para la heterodoxia neoliberal el mercado sigue siendo fundamental, es decir, sincera el hecho de que sin un Estado fuerte no hay posibilidad para construir los mercados libres. La "fortaleza" que reclama el neoliberalismo para los Estados y sus organizaciones institucionales debe interpretarse exclusivamente en la medida en que sus acciones, medidas y políticas estén siempre en función de los mercados y sus necesidades, creando las condiciones económicas y recreando las garantías antisociales para que el capital contemporáneo intente "volver" a dinamizar la cada vez más alicaída acumulación capitalista asociado a la realidad objetiva de la caída tendencial de la tasa de ganancia. La heterodoxia neoliberal pues se resume en el viejo lema alemán: tanto Estado como sea necesario, tanto Mercado como sea posible.


Por ello, en medio del contexto histórico actual, el Estado debe respaldar y complementar más activamente las dinámicas de los mercados. Los espectaculares salvatajes activados por los Estados nación en 2007-2008 y ahora en 2020 dirigidos hacia Grandes empresas transnacionales y el sector financiero nacional (aunque siempre en conexión globalizada) y que contrastan con los paupérrimos "salvatajes para los pobres" resultan no sólo evidentes sino ilustrativos de esta condición. En vista que el patrón de acumulación capitalista contemporáneo basado en la desregulación ha (de)mostrado sus límites, especialmente para contrarrestar la implosión social y, con ello, poniendo en riesgo al sistema como un todo, la opción de la regulación estatal es la orientación plenamente avalada hoy por los neoliberales heterodoxos, justificada teóricamente por sus variadas expresiones ideológicas de Hayek a Röpke pasando por Mises o Alesina. Desde luego, el consenso neoliberal de la regulación insiste e insistirá en evitar que el Estado no "retorne" al dirigismo de la intervención estatal o abra paso hacia alguna especie de planificación centralizada.


La sociedad capitalista nunca ha funcionado sin Estado o solo con Mercado; ni siquiera en la supuesta época de la autorregulación de la mano invisible y el capitalismo del laissez-faire que describieron Gournay o Adam Smith y por eso definían cuáles serían las "funciones" del Estado. Más que un mero actor, el Estado es la expresión política del capitalismo. Sin embargo, en esta coyuntura de mediano plazo retrospectiva y prospectivamente hablando, la hegemonía neoliberal va cediendo en sus preferencias desde la acción estatal des-regulativa hacia una regulación.


El Estado neoliberal hoy. Heterodoxia en acción


El tránsito hacia la preeminencia de las nuevas visiones y el desplazamiento de la ortodoxia dentro del neoliberalismo ha venido operando desde finales de la última década del siglo pasado. El año 1998 puede ser considerado como el hito por ser el período más próximo a los grandes choques financieros globales en Indonesia, Tailandia, Corea del Sur, Brasil y Rusia. Pero también es el momento cuando se hicieron oficiales las "críticas" frente al Consenso de Washington (1989) ¡por el propio neoliberalismo! y sus operadores: Williamson, Burky y Perry, Stiglitz, Castañeda y Mangabeira Unger, entre otros.


En esa oportunidad, se trataba estrictamente de reformular los programas de política para la renovación del proyecto neoliberal hacia el siglo XXI. O, de otra manera: cambiaron las formas en las políticas y medidas estatales, incluso "rectificando" su impronta sesgadamente macroeconómica y "ampliándolas" hacia otras dimensiones: aspectos institucionales y cuestiones sociales, comillas mediante. En 2001, desde el corazón de la hegemonía neoliberal se anunciaba retóricamente: el Disenso de Washington (Birdsall y De La Torre) publicado por el Fondo Carnegie para la Paz Internacional y el Diálogo Interamericano, el cual llevaba por subtítulo: Políticas económicas para la equidad social en Latinoamérica.


Después de todo esta trayectoria, los objetivos políticos estratégicos del neoliberalismo quedaron intactos; ciertamente reforzados a través de una errática legitimación que pretendía reconstruir el resquebrajado consenso neoliberal, aunque sin abandonar las formas de represión sistemáticas que acompañan esa construcción ab origine. Las llamadas Tercera vía Angloamericana con Clinton en los Estados Unidos y Blair en el Reino Unido, así como la Tercera vía Latinoamericana consumada por los gobiernos del neodesarrollismo "progresista" (puntualmente: el neoliberal-desarrollismo) no solamente fueron protagonistas sino responsables económicos y políticos de esta reconfiguración.


El punto de inflexión decisivo para la institucionalización relativamente definitiva del nuevo neoliberalismo heterodoxo, sin embargo, será la crisis de 2007/2008. Esta fase tendría eventualmente un impulso inédito hoy, en el año 2020 y en medio del choque viral del covid-19.


En el año 2011, el entonces director del Fondo Monetario Internacional, D. Strauss-Kahn en una conferencia realizada ¡justamente en Washington, DC.!, oficializaba la "muerte" de la ortodoxia neoliberal:


El Consenso de Washington pertenece al pasado… Al formular un marco macroeconómico nuevo para un mundo nuevo, el péndulo se desplazará –por lo menos un poco– del mercado hacia el Estado, y de un entorno relativamente simple hacia uno relativamente más complejo… también debe dedicar[se] más atención a la cohesión social [énfasis propio][2].


Al mismo tiempo, se constituía el Nuevo Consenso Neoliberal en torno a valores emergentes: la regulación; en vez de meras privatizaciones, la desprivatización vía las alianzas público-privadas; la internacionalización controlada (regulada), antes que indiscriminada.


La era del neoliberalismo desregulador à la Friedman claudicó; pero otra era, mucho más peligrosa, el neoliberalismo regulador à la Hayek hoy no solo se impone, sino que se interpone. Un neoliberalismo con "más" Estado pretende salir indemne de la crisis. Y peor aún: impune ante el holocausto social que él mismo recrea.



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