¿Salvar vidas para el capitalismo?

Víctor Manuel Moncayo C.

Exrector y profesor emérito

Universidad Nacional de Colombia


La circunstancia histórica por la cual atraviesa el capitalismo, determinada por el fenómeno pandémico, es de tal magnitud y complejidad que nos ha sumido en un verdadero piélago de informaciones, interpretaciones y conceptualizaciones, en medio del cual es muy difícil decantar su real significación.


Las controversias sobre el virus


No son pocas las aproximaciones que nos hacen detener en la comprensión del elemento viral que ha provocado la enfermedad sobreviniente; de ese ambiguo ser de nuestro planeta que habita en ese incomprensible umbral entre la vida "química" que caracteriza a la materia y la vida biológica, que no nos permite establecer si pertenece a una u otra vida, pues es demasiado animado para la química, pero muy indeterminado para la biología. En fin, de cómo saber que "ese agregado de material genético se ha liberado y ha puesto a la civilización humana –la más desarrollada, desde el punto de vista técnico, de la historia del planeta– de rodillas", hasta el punto de que, como tal, puede deshacerse de nosotros con una capacidad de destrucción muy superior a la humana[1].


De allí se pasa fácilmente a la apertura del debate sobre el origen, para discutir cómo ocurrió la zoonosis, seguramente favorecida por la destrucción de los hábitats naturales y por el tránsito de un animal del mercado de Wuham al hombre, o si la aparición del virus está vinculado a prácticas y procesos adelantados en laboratorios especializados, con las connotaciones que esto tiene en cuanto a las responsabilidades que podrían atribuirse a la China (como lo ha hecho Trump y un destacado premio nobel en medicina), o si fue fabricado en un laboratorio militar de Fort Detrick (Frederick, Maryland) como arma bacteriológica para frenar el ascenso chino en el mundo, y de haberlo dispersado en China con ocasión de los Juegos Militares Mundiales, una competición disputada en octubre de 2019 precisamente en Wuhan[2].


En el mismo campo disciplinario, lo que se privilegia también es entender las formas del contagio, las maneras de evitarlo, y el tratamiento sanitario, a partir de las actuales imposibilidades de curación y de vacunación. Todo lo cual concluye en la consideración de las políticas de confinamiento (llamado también aislamiento preventivo) y de control y restricción del derecho de movilización, y en la observación del proceso de contaminación y de sus efectos letales, esto es, en los análisis de las socorridas "curvas" y su "aplanamiento", sobre la base de los registros estadísticos de las pruebas de laboratorio y de los procesos de hospitalización y de mortalidad, con el único propósito de evitar el colapso de los sistemas de salud existentes.


Los efectos sanitarios y sociales


A partir de allí, las consideraciones se ocupan, en forma inmediata, de las características de los sistemas de salud para apreciar sus deficiencias en materia científico-técnica y la ausencia o insuficiencia de los insumos, materiales y equipos necesarios, así como del recurso humano idóneo y debidamente protegido para atender los procedimientos hospitalarios. Pero, al mismo tiempo, surgen problemas asociados a la reclusión de los ancianos o de los sometidos a las detenciones penales que, por sus condiciones específicas, no están al alcance del sistema ordinario de salud. Lo cual, además, altera y entorpece la gestión de otras patologías, que se ve seriamente afectada.


Y, finalmente, se trata de definir cómo se puede atender en términos de medios de vida, especialmente alimentarios, a la población que carece habitualmente de recursos o que los ha perdido como efecto del encerramiento obligatorio. Se despliegan múltiples alternativas asumidas total o parcialmente por las organizaciones estatales, en cuya organización siempre surgen los fenómenos de corrupción, o por la acción llamada caritativa o solidaria de algunas empresas altamente solventes, o de las personas privadas que tienen recursos y que no han sido afectadas por el aislamiento forzado. En esta dimensión, obviamente, en cuanto respecta a la acción estatal es central definir las fuentes de la financiación y, ante todo, sobre cuáles sectores sociales recaerá materialmente el pago. Es decir, todo un debate, en apariencia técnico, pero que en esencia es necesariamente político.


¿Cómo salir de ese piélago temático?


Ese es el escenario en el cual queda inmersa la sociedad y que alimentan cotidianamente los medios de comunicación. Todo gira alrededor de esas temáticas que brevemente hemos descrito, sin que sea posible abordar las cuestiones de fondo. El lenguaje que se utiliza, además, apela a expresiones que, por principio, nadie puede controvertir o poner en duda. Se trata un asunto colectivo que solo podremos superar, se afirma, mediante la unidad y con toda la solidaridad posible. Así se construyen frases fáciles como "yo me cuido y así te cuido" o "Colombia cuida a Colombia", acompañadas de expresiones musicales o artísticas, incluso bajo el amparo de las notas del himno nacional.


No es fácil salir de ese vasto piélago, plagado de múltiples cuestiones que, en el fondo, operan como un complejo mecanismo que nos atrapa y que ahoga otras expresiones que pueden nacer desde otra perspectiva, que es precisamente la que quiere negarse. En efecto, en todo colectivo humano, y más aún en los que vivimos, para satisfacer nuestras necesidades es necesario el trabajo. Ya lo dijo Marx en algún momento, hasta un niño sabe que una sociedad que deje de trabajar perece. Pues bien, el acontecimiento pandémico ha detenido, de manera definitiva y en todas las latitudes, la intervención del trabajo, independientemente de sus múltiples y diversas manifestaciones. Pero, lo que es más grave es que ha puesto en peligro su propia existencia, su reproducción.


Ahora bien, cuando advertimos que los sujetos titulares de su fuerza laboral están expuestos a un riesgo existencial, porque no pueden acceder a los medios de vida, es necesario señalar que no se trata de sujetos considerados en abstracto, sino sometidos a una específica forma de organización social, en otras palabras, que, independientemente de su voluntad, viven en una sociedad capitalista. Y es bajo este tipo de sociedad que está organizada la vida, la reproducción, del conjunto de sujetos que la conforman, bajo sistemas diversos que comprenden los mecanismos salariales, otras formas de obtención de ingresos, las participaciones o intervenciones del Estado en diferentes campos y, obviamente, los ingresos correspondientes a quienes son beneficiarios excluyentes de la organización social.


En la situación que estamos afrontando, quienes pertenecen a los colectivos sociales afectados han visto interrumpidas sus formas o condiciones vitales, ya sea de manera directa porque el sistema de salud existente (a cargo de instituciones estatales y privadas) es deficiente o carece de la posibilidad de atender la enfermedad o superarla, ya sea porque no pueden obtener los recursos requeridos para acceder en el mercado a otros bienes y servicios igualmente esenciales para su reproducción. Es por ello que reclaman con fuerza la eficiencia del sistema de salud, pero igualmente los bienes básicos para su existencia, empezando por los alimentarios, hasta el punto de tener que gritar: ¡tenemos hambre!, o de desconocer por razones famélicas la propiedad privada en establecimientos comerciales o en medios de transporte.


Salvar la vida para restaurar la normalidad sistémica


Aun cuando existan explícitas voces neomalthusianas que postulan asumir parcialmente los efectos de la pandemia, que seguramente afectará principalmente a los ancianos, a quienes sufren otras enfermedades y a quienes ya vivían antes de ella en condiciones de pobreza o de miseria, la realidad que se impone al sistema capitalista es garantizar la vida, pues sin ella el sistema se derrumba. Es por ello que sus circunstanciales voceros claman, apelando al mejor de los sentimientos cristianos y humanitarios, que la prioridad es salvar la vida.


Sin embargo, esa salvación la conciben solo bajo la restauración de la normalidad que ha sido interrumpida, es decir reanudando todos los circuitos de la misma organización productiva que ha estado y, a pesar de todo, sigue vigente. El sistema no está ante un dilema (se habla de "vida o empleo"), sino ante una sola alternativa: salvar la vida para salvar el sistema capitalista. El propósito es único. Pero, ciertamente la expectativa es incierta, pero no hasta el punto de que pudiéramos vislumbrar un final apocalíptico del capitalismo.


Como lo ha advertido recientemente Ramonet[3]:


A esta altura, ya nadie ignora que la pandemia no es sólo una crisis sanitaria. Es lo que las ciencias sociales califican de «hecho social total», en el sentido de que convulsa el conjunto de las relaciones sociales, y conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores.


La humanidad está viviendo –con miedo, sufrimiento y perplejidad– una experiencia inaugural. Verificando concretamente que aquella teoría del «fin de la historia» es una falacia… Descubriendo que la historia es, en realidad, impredecible. Nos hallamos ante una situación enigmática. Sin precedentes. Nadie sabe interpretar y clarificar este extraño momento de tanta opacidad, cuando nuestras sociedades siguen temblando sobre sus bases como frente a un cataclismo cósmico. Y no existen señales que nos ayuden a orientarnos… Un mundo se derrumba. Cuando todo termine la vida ya no será igual.


Si bien ciertamente "en la actualidad, el capital se ha vuelto demasiado grande para fallar, pero se ha vuelto demasiado monstruoso para sobrevivir"[4], no creemos que esté en el momento de su final catastrófico, ni que estemos a las puertas de un nuevo orden mundial porque entramos en un período de caos del sistema mundo, que es la condición previa para la formación de un nuevo orden global[5]. Lo que está en juego es la fortaleza del sistema capitalista para superar el ataque pandémico y restablecer, y hasta restaurar y reformular el sistema, volviendo a una nueva normalidad, como la están ya denominando muchos gobiernos (Macron en Francia y, entre nosotros, Duque). Vivimos, en verdad, la angustia y la ansiedad de la incertidumbre de lo que está por venir, hasta el punto de que tanto en los ensayos académicos como en la calle se plantea "no queremos volver a la normalidad porque en la normalidad está el problema"[6]


La pandemia le ha permitido al sistema dejar atrás y enterrar, conjuntamente con los muertos del coronavirus, todas las movilizaciones de protesta que se venían escenificando a nivel planetario, de Hong Kong a Santiago de Chile, pasando por Teherán, Bagdad, Beirut, Argel, París, Barcelona, y aquí mismo en Bogotá y otras ciudades. En el caso colombiano, ha permitido ocultar la maldita cara de la guerra que aún continúa, y llegar hasta el punto de desquiciar mucho más el proceso de implementación del Acuerdo Final de Paz, que ya viene desfalleciendo en medio de la perfidia y la simulación[7].


Simultáneamente, el confinamiento y el tratamiento de sus efectos mediante ayudas y subsidios del Estado ha restaurado su ya disminuida faceta de agente benefactor, relegitimándolo y convirtiéndolo en el único dispensador de las soluciones que exige la crisis pandémica, fortaleciendo aún más el carácter autoritario del régimen presidencialista colombiano, desdeñando el funcionamiento real de las demás ramas del poder.


Y, como si lo anterior fuera poco, los mecanismos del confinamiento han venido configurando aquí y en todas las latitudes, mediante el miedo colectivo, un sentimiento de sustentación y apoyo indiscriminado y absoluto de la autoridad del Estado, que es lo que ha llevado a Agamben a sostener que estamos ante el estado de excepción, al cual los gobiernos nos han acostumbrado […] Los hombres se han habituado a vivir en tales condiciones de crisis y emergencia permanentes que parecen no darse cuenta que su propia vida ha sido reducida a una condición puramente biológica y han perdido cada dimensión no solo social y política, sino también humana y afectiva. Una sociedad que vive en un estado de emergencia permanente no puede ser una sociedad libre. Nosotros en realidad vivimos en una sociedad que ha sacrificado la libertad por unos supuestos "motivos de seguridad" y se ha condenado por ello a vivir en un estado permanente de miedo y de inseguridad.


Y agrega:

Lo que preocupa no es tan solo el presente, sino lo que vendrá después. Así como las guerras han dejado a la paz una herencia de nefastas tecnologías –desde el alambre de púas hasta las centrales nucleares–, es muy probable que se busque continuar después de la emergencia sanitaria con los experimentos que los gobiernos no hayan podido realizar antes: que se cierren las universidades y escuelas y se hagan clases solo on-line, que paremos de una vez por todas de hablar y de reunirnos por razones políticas o culturales y se intercambien solamente mensajes digitales, que allí donde fuere posible las maquinas sustituyan cada contacto –cada contagio– entre los seres humanos.


Montados sobre esa cresta de los acontecimientos, el sistema, por consiguiente, evalúa a la luz de las estadísticas del virus y de sus efectos, la forma, modalidades y gradualidades para reanudar los circuitos de la organización productiva que han sido interrumpidos, a sabiendas de que por el momento la pandemia continuará sin control médico y de que la relativización del confinamiento necesariamente sacrificará vidas, que seguramente se considerarán como un mal menor para superar la catástrofe. Así, habrá prevalecido la orientación de salvar vidas para el renovado capitalismo.


Una reorientación posible pero incierta…


En medio de esa incertidumbre sobre el sendero del capitalismo para continuar viviendo a pesar de la continuidad de la pandemia, la develación del capitalismo que ella ha provocado ha inoculado el virus político-ideológico de pensar en una sociedad alternativa, para utilizar la expresión de Žižek, que ha recibido no pocos nutrientes. No tantos como para "Un golpe tipo 'Kill Bill' al capitalismo"[8], pero sí para no aceptar más el ineficiente sistema de salud, para reclamar la sustitución de las dispersas migajas de las ayudas y subsidios estatales por un salario básico universal, para reivindicar los bienes comunes y liberarlos de su mercantilización, para enfrentar la creciente desigualdad y, sobre todo, para exigir la reorientación de la producción hacia las necesidades esenciales y el decrecimiento de todo lo ambientalmente negativo. En fin, no se puede aceptar sin controversia alguna, que es posible continuar viviendo y produciendo con el virus, bajo el imperativo del crecimiento económico y del PIB, bajo las mismas reglas inequitativas de distribución de la riqueza. Podría ser la hora de ponerle tapabocas al capitalismo y de confinarlo y aislarlo, si la historia nos permitiera vivir y participar en las novedosas expresiones de los explotados y excluidos de hoy.


Desafortunadamente solo podemos utilizar la inflexión condicional, tal y como lo ha hecho en estos días, a sus 99 años, Edgar Morin, empleando otro lenguaje y otra conceptualización:


¿Retomaremos después del confinamiento el ciclo cronometrado, acelerado, egoísta y consumista? ¿O bien, habrá un nuevo empuje de vida en convivencia y amor hacia una civilización en la que se despliegue la poesía de la vida, en la que el "yo" se expanda en un "nosotros"?


No podemos saber si, luego del confinamiento, las conductas e ideas innovadoras tomaran vuelo, y quizás llegar a revolucionar la política y la economía, o si más bien el orden perturbado se restablecerá. Podemos temer bastante la regresión generalizada que ya ha ocurrido en el transcurso de los primeros veinte años de este siglo (crisis de la democracia, corrupción y demagogia triunfantes, regímenes neo-autoritarios, empujes nacionalistas, xenófobos y racistas). Todas estas regresiones (o, en el mejor de los casos, estancamientos) son probables mientras no aparezca la nueva vía política ecológica-social guiada por un humanismo regenerado. Esta vía multiplicaría las verdaderas reformas; reformas que no son cambios de orden presupuestario, sino que son reformas de civilización, de sociedad, ligadas a reformas de vida[9].


[1] Emanuele Coccia. "La tierra puede deshacerse de nosotros con la más pequeña de sus criaturas". Le Monde, 16 abril, 2020. En Capitalismo y Pandemia. Ed Filosofía Libre, abril 2020, p. 119 ss.

[2] Ignacio Ramonet. Abril 28 de 2020. Facebook.

[3] Op. cit.

[4] David Harvey.Razones para ser anticapitalistas. Buenos Aires: CLACSO, 2020.

[5] Raúl Zibecchi. "A las puertas de un nuevo orden mundial". En Sopa de Wuham, p. 113 y ss.

[6] Lucas Méndez. "No volvamos a la normalidad porque en la normalidad está el problema". La fiebre. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemia, p 243 y ss.

[7] Ver sobre el particular los múltiples informes de CEPDIPO.

[8] Slavoj Žižek. Un golpe tipo 'Kill Bill' al capitalismo, en Sobre el coronavirus y el capitalismo" // Debate Žižek – Byung-Chul Han. Marzo 23 de 2020.

[9] Edgar Morin. "Festival de incertidumbres". Publicado en el No. 54 Tracts de crise. Ed Gallimard, Paris. 2020. Traducción de Jorge Dávila.


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