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El laboratorio y la experimentación del trabajo en la pandemia del capital*


Ricardo Antunes

Profesor titular de Sociología del Trabajo (Unicamp)


Primer acto


El mundo comenzó este trágico año de 2020 de una manera muy diferente. Por si la recesión económica mundial y la actual aguda recesión en el Brasil no fueran suficientes, ya hemos visto en el radar señales de un aumento significativo de los índices de informalidad, precariedad y desempleo, ya sea por la proliferación de una miríada de empleos intermitentes, ocasionales, flexibles, etc., o por las formas abiertas y ocultas de subocupación, infrautilización y desempleo, todo lo cual contribuye a la amplificación de los ya abismales niveles de desigualdad y miseria social.


Paralelamente a este crítico panorama social, el léxico empresarial que se estaba expandiendo en el universo informático-digital de las máquinas era muy pomposo: economía de plataforma, crowdsourcing, gig-economy, home office, home work, sharing economy, on-demand economy, entre otras tantas denominaciones, sin olvidar que los altos directivos (otrora presidentes y directores de grandes corporaciones) fueron renombrados CEO (Chief Executive Officer). Después de todo se necesitaría a alguien que ganara un buen cacao para realizar alguna caricia espiritual.


Y esta nueva verborrea, propagada por la gramática del capital, se añadió a la ya consolidada y adulteró los verdaderos significados etimológicos de las palabras que todos conocemos: mantener siempre la resistencia, actuar con mucha sinergia, convertirse en un auténtico colaborador y verdadero socio, presumir de la nueva condición empresarial, ejercer el voluntariado (de hecho, una imposición "sutil", ya que el voluntariado se ha convertido en una condición sine qua non para conseguir un trabajo), entre tantos otros vituperios al lenguaje, que le imputan nuevos "significados".


Pero lo inesperado hizo que esta nomenclatura humeante, que parecía tan hermosa, se convirtiera en pura tontería. La pandemia del capital trató de demostrar su impostura: los "colaboradores" son despedidos por miles, los "socios" pueden elegir entre reducir los salarios o conocer el desempleo, y los pequeños empresarios no encuentran consumidores y ven cómo sus ingresos se desvanecen.


Es bueno recordar, sin embargo, que ya antes de la explosión de la pandemia, la realidad cotidiana del trabajo expresaba otra completamente distinta: toyotización, trabajo intermitente, subocupación, infrautilización, info-proletariado, cibertariado, esclavitud digital, profesores delivery, precariado inflexible, etc., terminología que, con un tono irónico y crítico, se originaba en el propio trabajo realizado. Por eso la uberización tiene hoy en día el mismo rasgo peyorativo del que se jactaba la walmartización cuando hablaba de las condiciones de trabajo en los hipermercados.


Si este seguía siendo el escenario en la Navidad de 2019, con Trump, Bolsonaro, Orban y otras aberraciones similares, todo comenzó a empeorar con la llegada de la pandemia. Con la propagación global del coronavirus, lo que era sombrío se volvió desolador. Y la crisis económica que golpeaba duramente a Brasil comenzó a ser amplificada por las crisis del gobierno Bolsonaro-Guedes, una simbiosis nada extraña entre las concepciones dictatoriales y fascistas y una variante del neoliberalismo primitivo, devastando aún más nuestro ya desertificado suelo social.


Algunos datos ilustran esta crudeza. En la medición referida al primer trimestre de 2020, el IBGE presentó una intensificación de las condiciones inhumanas de la clase obrera: llegamos al contingente de 12,9 millones de desempleados, y la informalidad (un flagelo que se convirtió en el leitmotiv de la acción del capital) superó el 40%, con cerca de 40 millones de trabajadores al margen de la legislación social que protege el trabajo.


Cabe señalar que estos datos no reflejan lo que está sucediendo en el presente (segundo trimestre), dada la expansión exponencial de la pandemia en el Brasil, sino sólo lo poco que era visible hasta los primeros días de marzo, ya que el desempleo (tanto abierto como desalentado) es en gran medida invisible debido a la parálisis de amplios sectores de la economía, permitiendo solo un acercamiento sintomático a la realidad. Si incluimos a los subocupados (que trabajan menos de 40 horas) y a los subutilizados (que, según el IBGE, incluyen tanto a los subocupados como a los desempleados y a la mano de obra potencial)[1], tendremos una idea más precisa de la magnitud de la tragedia social que no deja de amplificarse en el país que a finales de mayo se encuentra en el epicentro de la pandemia.


Segundo acto


Fue en esta situación verdaderamente catastrófica en la que se produjo la crisis económica, simultáneamente social y política, y el aterrizaje de la nueva pandemia en nuestros aeropuertos. Lejos de ser un virus cuya responsabilidad se debió a algún desmán de la naturaleza, de tanto gusto de la apologética de la ignorancia que se extiende hoy aquí y en otros lugares, lo que estamos presenciando, a escala mundial, es el resultado de la expansión y generalización del sistema de metabolismo antisocial del capital.


Portador de una lógica esencialmente destructiva, este metabolismo solo puede vivir y reproducirse a través de la destrucción, ya sea de la naturaleza, que nunca ha estado en una situación tan deplorable, o de la fuerza de trabajo, cuyo abandono, corrosión y dilapidación se han vuelto absolutamente insostenibles. Siendo expansionista e incontrolable, sin tener en cuenta la totalidad de los límites humanos, sociales y ambientales, el sistema de metabolismo antisocial del capital alterna entre la producción, la destrucción y la letalidad. De lo contrario, ¿qué significa la enorme presión de grandes partes de la comunidad empresarial depredadora, exigiendo al gobierno-tipo-lumpen[2] el inmediato retorno al trabajo y a la producción, en medio de la explosión de muertes que no dejan de crecer a causa de la pandemia? ¿Es para preservar los empleos, como dicen?


La respuesta es simplemente clara, y está impresa no solo en el país, sino en todos los rincones del mundo. De China a Suecia, de Alemania a Sudáfrica, de la India a los Estados Unidos, de Francia a México, de Japón a Rusia, con el estallido de la pandemia del capital se ha estancado la creación de riqueza y beneficios dada la parálisis de la producción, con la excepción de las llamadas actividades esenciales (de hecho, al ampliar o restringir esta definición, cada gobierno está imprimiendo su nivel de mayor sujeción y servilismo al capital).


Dado que las corporaciones globales saben mejor que nadie que el trabajo es una mercancía especial, ya que es la única capaz de desencadenar e impulsar el complejo productivo presente en las cadenas productivas globales que hoy en día comandan el proceso de creación de valor y riqueza social, el capital ha aprendido bien, a lo largo de estos casi tres siglos de dominación, a lidiar con (y contra) el trabajo.


Sabiendo que si lograran la eliminación completa del trabajo se encontrarían en la incómoda posición de extinguir su propio sustento, su alquimia diaria, cotidiana e ininterrumpida está indeleblemente enfocada a reducir al máximo el trabajo humano necesario para la producción. Y así se hace a través de la introducción compensatoria del arsenal disponible de máquinas-informativas-digitales, es decir, a través del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), el "internet de las cosas", la impresión en 3D, los grandes datos, la inteligencia artificial, todo ello abrochado, en nuestros días, en la propuesta más emblemática de la industria 4.0.


Que este complejo tecnológico-digital-informacional no tiene como propósito central los valores humano-sociales, es más que una obviedad. ¿O alguien cree que la guerra entre la norteamericana Apple y el Huawei chino tiene como objetivo principal mejorar sustancialmente y de forma equitativa las condiciones de vida y de trabajo de los miles de millones de hombres y mujeres, blancos, negros, indígenas, inmigrantes, que deambulan entre el desempleo, el subempleo, la informalidad y la intermitencia? ¿Puede alguien imaginar que el objetivo de las grandes corporaciones mundiales es proporcionarles un trabajo decente, salarios justos, vidas significativas, plena atención a sus necesidades materiales y simbólicas?


Una breve mirada a las condiciones de trabajo del contratista global Foxconn, en sus unidades en China donde produce la marca Apple, reveló diecisiete intentos de suicidio en 2010, trece de los cuales desafortunadamente ocurrieron. También podemos recordar las rebeliones contra el notorio "sistema 9-9-6", practicado por Huawei (y tantas otras empresas chinas del negocio digital, como Alibaba), que significa trabajar de 9 a.m. a 9 p.m., seis días a la semana. Fácil, ¿eh?


Pero si así es como caminaba el admirable mundo del trabajo antes de la explosión del coronavirus, ¿qué se está manejando en el presente, en medio de la pandemia del capital? ¿Qué experimentos laborales se están maquinando en los laboratorios de la capital, mientras una parte expresiva de la clase obrera llena las tumbas que, al aire libre, acogen sus cuerpos?


Tercer acto


Si nuestro análisis está en la dirección correcta, si estamos aprehendiendo el aroma de la cuestión, la principal forma experimental de trabajo postpandémico se encuentra en el trabajo uberizado. Haciendo uso ilimitado de la informalidad, la flexibilidad, la precariedad y la desregulación, rasgos del capitalismo en el Sur global (y que se expanden intensamente también en el Norte), las grandes plataformas y aplicaciones digitales como Amazon (y Amazon Mechanical Turk), Uber (y Uber Eats), Google, Facebook, Airbnb, Cabify, 99, Lyft, iFood, Glovo, Deliveroo, Rappi, etc., dieron un gran salto con la incorporación de las tecnologías de la información.


Y aquí destacan los algoritmos, ya que son programas cuidadosamente preparados para procesar un enorme volumen de información (tiempo, lugar, calidad), capaces de conducir a la fuerza de trabajo de acuerdo con las demandas requeridas, dándoles la apariencia de neutralidad[3]. Junto con la inteligencia artificial y todo el arsenal digital canalizado con fines estrictamente lucrativos, esto ha permitido la creación de un nuevo monstruo que adultera la concreción y la eficacia de las relaciones contractuales existentes. Los empleos asalariados se transforman en "prestación de servicios", lo que da lugar a su exclusión de la legislación social que protege el trabajo. Impulsados por la ideología del empuje, que les hacía soñar con "trabajar sin jefe", se convirtieron en lo que, en El Privilegio de la Servidumbre, llamé esclavitud digital.


Realizando jornadas laborales frecuentemente superiores a 8, 10, 12 o más horas diarias, muchas veces sin descanso semanal; percibiendo los bajos salarios que se están restando durante la pandemia, sin explicación por parte de las plataformas digitales; sufriendo despidos sin justificación alguna; teniendo que soportar los costes de mantenimiento de vehículos, motos, teléfonos móviles y equipos, etc., empezamos a develar, en los laboratorios del capital, los múltiples experimentos que pretenden llevar a cabo después de la pandemia, que se pueden resumir en lo siguiente: explotación y expolio acentuados y ausencia de derechos laborales.


Si la medida empresarial sigue marcando la pauta, tendremos más informatización, "justificada" por la necesidad de recuperación de la economía posterior a la época de covid-19. Y sabemos que la existencia de una fuerza de trabajo monumental que sobra favorece esta tendencia destructiva del capital postpandémico.


También hay otros ejemplos de experimentos del capital en curso. La simbiosis entre el trabajo informal y el mundo digital ha permitido a los directivos soñar con un trabajo aún más individualizado e invisible. Al darse cuenta de que el aislamiento social logrado durante la pandemia ha estado fragmentando a la clase obrera y obstaculizando así las acciones colectivas y la resistencia sindical, buscan avanzar en la expansión de la "oficina en casa" (trabajo en casa) y el teletrabajo. De esta manera, además de reducir los costos, abren nuevas puertas a una mayor corrosión de los derechos laborales, acentuando la desigual división sociosexual y racial del trabajo y barajando de una vez por todas el tiempo de trabajo y de vida de la clase obrera[4].


Los bancos, que han estado ejerciendo una pragmática de enorme aniquilación durante décadas, ya que han estado haciendo un uso intensivo del arsenal digital, ya deberían estar haciendo los cálculos de cuánto se beneficiarán con la introducción del trabajo en casa y el teletrabajo.


Por último, cabe mencionar otro ejemplo que ha sido emblemático: la EAD (enseñanza a distancia). Esta práctica, que se ha venido intensificando durante la pandemia, tanto en la enseñanza privada como en la pública y especialmente en los colegios privados, además de reducir los costos y aumentar los beneficios, tiene por objeto fortalecer los grandes conglomerados privados "educativos". Recientemente, como se ha informado ampliamente en la prensa, Laureate, que reúne a varios colegios privados, además de utilizar robots para corregir el trabajo sin el conocimiento de los estudiantes, ha despedido a más de cien profesores.


Así, a través de estos y otros mecanismos, nuevas formas de corrosión del trabajo han ido cobrando un fuerte impulso durante la pandemia y se han expandido en las más diversas actividades económicas, invadiendo también el espacio público y las empresas estatales. Hace unas semanas, el director general de Petrobras se unió al coro diciendo que la empresa estatal puede "trabajar con el 50% de la gente en casa" y así "liberar varios edificios que cuestan mucho"[5]. Vale la pena recordar que justo antes de que el coronavirus estallara, hubo una gran huelga nacional de petroleros.


En medio de tanta maquinaria, imaginar que el apoyo de 600 reales (durante tres meses) para los que están en la informalidad es suficiente para reducir el azote y el vilipendio al que están sometidos, solo es posible para un gobierno que practica la necropolítica y la necroeconomía, lo que le llevó a "descubrir" que hay más de 40 millones de trabajadore/as invisibles: dura constatación del principal resultado de su política genocida.



* Traducción desde el portugués por José Francisco Puello-Socarrás con base en el artículo original: "O laboratório e a experimentação do trabalho na pandemia do capital", disponible en: https://bit.ly/2Mz1ujG.

[1] Ricardo Antunes, Coronavírus: o trabalho sob fogo cruzado (e-book), Boitempo, São Paulo, 2020.

[2] Ricardo Antunes, Politica della caverna, Castelvecchi, Roma, 2019.

[3] Vitor Filgueiras e Ricardo Antunes, "Plataformas digitais, uberização do trabalho e regulação no capitalismo contemporâneo", Contracampo, Niterói, 2020.

[4] Sobre home office, teletrabajo y sus usos y abusos, ver Ricardo Antunes, Coronavírus…, op. cit.

[5] Juliana Estigarribia, "'Podemos trabalhar com 50% dos funcionários em casa', diz CEO da Petrobras", Exame, 15 maio 2020.


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Lunes, 13 Julio 2020

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