Nelson Fajardo Marulanda: Amauta de los nuevos tiempos


Con motivo del primer aniversario de su fallecimiento, acaecido el 28 de junio de 2019

Luis Carlos Domínguez Prada

Abogado defensor de Derechos Humanos

Magíster en análisis político, económico e internacional


Sí. Porque Nelson era maestro y sabio como los encargados de la formación del heredero del Inca y de la joven aristocracia que habría de gobernar el magnífico imperio. Solo que la aristocracia que él formaba era una popular, y el imperio por gobernar era uno de igualdad y solidaridad. Pero claro, tan espléndida obra había que construirla primero, y a ello dedicó Nelson Fajardo Marulanda sus días, sus noches y sus insomnios. Las jornadas de labor y aún las de descanso: a estudiar, reflexionar, escribir mucho y como colofón de todo ello, a organizar foros y seminarios, crear grupos de estudio, colectivos de trabajo y revistas en los que no solo vertía su conocimiento, sino que daba salida al ímpetu de formador que lo avasallaba.


Nelson Fajardo enseñaba con el ejemplo. Fue el más disciplinado, abnegado y desprendido militante del Partido Comunista, partido al que consagró su vida: su talento y energía toda, sin reclamar honores en reconocimiento a su incansable labor ni la designación en cargos o comisiones como habría sido lo estatutario, y es lo usual, aunque con frecuencia se desatienda tal parámetro y, con él, el de la justicia. Nelson era ese tipo de comunista en cuyas calidades se espacia y regodea el histórico dirigente portugués Álvaro Cunhal en ese texto que todos hemos leído, Un partido con paredes de cristal: responsable, estudioso, sacrificado, profundamente ético, y con una fe inquebrantable en la revolución como destino inexorable de las leyes del desarrollo de la sociedad.


Nelson fue el intelectual orgánico del que hablara Gramsci. Marxista formado en el estudio de los clásicos y conocedor profundo de la economía, la filosofía y la ciencia política. Sabía que el triunfo de la causa a la que consagró sus energías exigía que el partido vanguardia de la clase obrera y su forma superior de organización, tuviera una teoría revolucionaria nacida del conocimiento de las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad que habían descubierto y publicitado pioneramente Marx y Engels. Y que esa teoría era la que le permitiría tener una táctica y una política acertada en cada momento histórico. Y militante consecuente, se dedicó no apenas a enriquecer su profundo bagaje teórico, sino a lo suyo: instruir y sembrar en la militancia, sobre todo en la más joven, ese conocimiento. Y lo hacía por todos los medios que posibilitara la organización partidaria, además en el ejercicio de su desempeño profesional como maestro en la acepción más clásica y noble del término. Era entonces una militancia activa y diaria ejercida no solo al interior del partido, sino en la academia. Numerosos jóvenes de las universidades en las que impartió cátedra durante muchos años recibieron de él no sólo el conocimiento de las leyes de la economía capitalista de Smith y David Ricardo con sus contradicciones e inconsistencias, sino las de la economía política de Marx. En este sentido, Nelson fue también un constructor de partido ya que esa semilla fructificaba en la toma de conciencia social y política de no pocos alumnos, tan útil para un proceso de cambio de unas estructuras antipopulares como las de nuestro suelo. Al igual que redundaba en no pocas militancias en el Partido Comunista.


Formador y constructor. Y con lo dicho, está evidenciado que Nelson era, en toda la línea, un leninista. Y ese fervor partidista que lo impelía a ese doble quehacer, estaba inspirado en la sentencia del padre de la Revolución de Octubre: "La teoría se convierte en algo sin objeto si no se halla ligada a la práctica revolucionaria; la práctica revolucionaria se hace ciega si no está iluminada por la teoría revolucionaria".


Y claro también, siguiendo los postulados de los fundadores recogidos en los estatutos, al tiempo que respetuoso de los principios, estructuras y procedimientos partidarios, entre ellos la unidad, la organización, la disciplina, la autocrítica, el centralismo democrático, la democracia interna y la elevada moral, lo era también y hacía valer los principios de la libertad de debatir las decisiones a tomar, la discusión al poder interno como esencial al centralismo democrático, la rendición de cuentas ⎯en las dos direcciones⎯, la no conciliación de clases por intereses subalternos y la censura a cualquier forma de individualismo y de proyecto personal, vicios que con razón consideraba lesionaban gravemente el proyecto colectivo.


Consecuente con lo anterior, los desvíos que en esos puntos encontraba en la vida partidaria los exponía en la instancia respectiva. Y esta conducta de militante doctrinario con la mira puesta en el alto ideal de construir la revolución, del todo ajeno a las intrigas, las complacencias y a los réditos que brinda el elogio o el silencio, aunado a un ademán personal de cierta acritud, no lo hacía el más popular de los militantes. Así, con más frecuencia de la debida, sus justas impugnaciones no eran bien recibidas ni procesadas al interior del colectivo.


Testimonio tangible del aporte partidario de Nelson son sus cientos de columnas ⎯siempre de actualidad y muy profundas⎯ que publicó semanalmente durante muchos años como responsable de la página económica del Semanario Voz, de cuyo Consejo de Redacción era miembro. La dirección y empeño en mantener en actividad productiva el Centro de Estudios e Investigaciones Sociales (CEIS) y la Cátedra Gilberto Vieira, proyectos siempre al borde del naufragio, causas de las que a veces parecía ser el único doliente. Igualmente, colaborador ensayista y miembro del Consejo de Redacción de la histórica revista Margen Izquierda y de su sucesora Taller, así como responsable del Departamento Ideológico del Partido Comunista de cuyo Comité Central y Ejecutivo fue miembro durante varios períodos. Esto además de la publicación de varios densos libros de economía y filosofía política y su labor de organizador y expositor en foros y seminarios sobre Marx y marxismo, amén de numerosas iniciativas y colaboraciones en proyectos editoriales del partido, como la publicación de la vida y obra del gran dirigente Gilberto Vieira, de cuya amistad y aprecio gozó.


Nelson Fajardo Marulanda fue de los grandes, y no podemos tener recato ni mezquindad en afirmarlo y reconocerlo. Porque este Amauta neurótico y de difícil relacionamiento, pero noble y generoso en la amistad, siempre con su pesado maletín ahíto de libros de una reunión a otra y de una cátedra a otra, el ceño fruncido quizás por el agobio de una ingente tarea que sentía lo desbordaba sin que se sintiera justamente acompañado, era tan místico en la causa y doctrina a la que consagró su vida, que cuando un día de alegre bohemia quien esto escribe tuvo la audacia de preguntarle que él de poesía cómo estaba, cómo le iba con ella, al rompe muy circunspecto me respondió: "Mire Camarada: yo de poesía lo que bien conozco y mucho me basta, es una que llaman El Manifiesto, alguno de cuyos versos reza: Los proletarios con la revolución no tienen nada que perder que no sean sus cadenas, teniendo sí, un mundo entero por ganar.


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