De la España franquista a las montañas de Colombia (I) El contexto social y político en el que se formaron los sacerdotes españoles vinculados al ELN

María Teresa Cifuentes Traslaviña

Licenciada en Estudios Sociales

Universidad Externado de Colombia

Magíster en Ciencia Política

Universidad de los Andes


José Antonio Jiménez, Domingo Laín y Manuel Pérez, jóvenes clérigos, ordenados para la diócesis de Zaragoza, Aragón, España, desde sus años de seminario se inclinaron por una decidida vocación social muy vinculada con los sectores más desprotegidos de la sociedad, ejerciendo su ministerio, inicialmente, en el seno de la institución católica.


Entonces parece extraño que estos sacerdotes formados en los seminarios de una institución religiosa, la Iglesia católica, que había apoyado a los sublevados de Francisco Franco durante el desarrollo de la Guerra Civil española (1936-1939) y avalado su férrea dictadura dándole legitimidad y apoyo total en la instauración del gobierno y saliendo ella misma fortalecida, dieran un vuelco a sus vidas y encararan la aventura de tomar las armas en un país bien alejado de su patria y en una guerrilla naciente, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en la que tres años antes había muerto un sacerdote colombiano, Camilo Torres Restrepo, símbolo para muchos del compromiso de los cristianos con el cambio social.


Más sorprendente es esta decisión si se tiene en cuenta que la tradición de la Iglesia, siempre vinculada a las élites económicas y políticas y que había combatido con empeño los intentos de instauración de gobiernos democráticos, dado que las reformas impulsadas por los republicanos al fortalecer la sociedad laica y plural le restaba privilegios, le mermaba influencia en la sociedad y le disminuía espacios en los que tradicionalmente tenía una gran injerencia, como la educación, por poner un ejemplo.


Unido a lo anterior están los dramáticos acontecimientos de la dolorosa Guerra Civil que condujo que a que muchos sacerdotes, religiosos y laicos activos murieran por acción de grupos del bando republicano, al igual que cientos de iglesias y edificios religiosos fueran destruidos. Estos hechos herían no solo a la jerarquía sino al sentimiento religioso de buena parte de los españoles, por tradición profundamente católicos.


También es necesario señalar que en la España dividida, el aval de sectores de la Iglesia no se dio a un solo bando, los nacionalistas de Franco. Se encuentran entre los republicanos del país Vasco, por ejemplo, sacerdotes que fungían como capellanes en el frente que resistía la arremetida franquista. Los efectos de esta situación son bien conocidos. Está el "juicio" a 16 sacerdotes que fueron asesinados por los nacionalistas, el exilio a que fue sometido el obispo de Vitoria, Monseñor Mateo Mújica, en plena Guerra Civil, al igual que a cientos de sacerdotes que lograron huir una vez tomada la zona por los nacionalistas; de igual manera, el encarcelamiento de muchos clérigos en la prisión de Burgos, donde fueron sometidos a reeducación para que asimilaran los fundamentos de la nueva España, nacionalcatólica y franquista[1].


Consolidada la derrota de los republicanos en 1939, se impulsaron dos frentes que buscaban fortalecer el franquismo en el poder; por una parte, la brutal represión con los juicios sumarios que llevó a la muerte a miles de luchadores, y a las cárceles no solo a combatientes sino a simples afectos o cercanos a la República, y, por otra, una ingente acción ideológica profundamente maniquea con el ánimo de borrar cualquier "resquicio que quedara del enemigo representado en el comunismo y sus derivados". Esta última adelantada por la Iglesia católica que contaba desde antes de la guerra con organizaciones bien experimentadas en esta labor, como la Asociación Católica Nacional de Propaganda (ACNP). Ya triunfante el franquismo, se produce el acceso a muchos cargos claves en el nuevo gobierno de católicos activos, formados intelectualmente, que nutrieron al régimen de cuadros necesarios para impulsar el nuevo Estado[2], al que la Iglesia concebía como católico y que la ACNP decía "que se hallaba presente en el acaudillado por el general Franco" [3].


Nuevos vientos en la Iglesia


Durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial muchos sacerdotes vivieron la experiencia de las cárceles, de los campos de concentración, de la resistencia antifascista, y allí se acercaron no solo al dolor y la tragedia de la guerra, sino a hombres y mujeres no precisamente practicantes católicos que dieron muestras de valor, de solidaridad, de resistencia y de dignidad. Entonces vino la pregunta relativa a la manera de mantener la cercanía con ese mundo del trabajo al que llegaron los excombatientes para reiniciar sus vidas. Esta preocupación coincidió con la inquietud del cardenal francés Suhard, quien fundó el 1 de julio en 1943 un centro de formación sacerdotal, La misión de París, con el ánimo de extender el apostolado más allá de las parroquias y de que los sacerdotes se acercaran a ese espacio desconocido donde había tantos hombres alejados de la Iglesia[4], hecho que dio origen a los sacerdotes obreros.


Esta experiencia, que duró inicialmente diez años, fue suprimida en 1954 por el papa Pío XII. Luego, en 1965, Paulo VI suspendió la prohibición y posibilitó que se restableciera su particular apostolado; también permitió que muchos clérigos compartieran la vida de los obreros, trabajaran en fábricas, en la industria química, en el transporte, en los servicios, entre otras actividades, ganaran los mismo salarios, vivieran en sus barrios y soportaran las limitaciones a que estaban sometidos los trabajadores. Conocieron el sindicalismo, aunque la Iglesia fue clara en alertar frente a la vinculación a los sindicatos marxistas. La experiencia se extendió más allá de Francia y dejó serios interrogantes acerca del papel de la Iglesia, a la que muchos creyentes y no creyentes veían como una "institución de poder al lado de los poderosos" [5].


España no fue ajena a este proceso. Algunos sacerdotes fueron a Francia y participaron en la experiencia, y, en la década de 1960, cuando avanzaba el deslinde de varios sectores de la sociedad española de la dictadura franquista, surgieron en distintas diócesis españolas los curas obreros. Estos jóvenes clérigos en una actitud nueva frente al mundo del trabajo no solo buscaron mostrar un rostro diferente de la Iglesia, sino que en ellos mismos se dio un despertar de la conciencia social; entonces denunciaron las condiciones de explotación de los trabajadores, apoyaron huelgas y lucharon por las libertades en la España franquista. La presencia de los curas obreros llegó a zonas industriales de distintas regiones y ciudades como Cataluña, Madrid, Guipuxcoa, Asturias, Zaragoza y a poblaciones rurales.


Por otra parte, laicos afiliados a la Acción Católica iniciaron un proceso de renovación de la organización y optaron por una de las corrientes existentes, la Acción Católica especializada que había surgido en Bélgica hacia los años veinte bajo la orientación del padre Joseph Cardjin, fundador de la Juventud Obrera Cristiana (JOC), que pretendía, además de buscar la formación cristiana de sus miembros y llevar el mensaje cristiano a los trabajadores, que asumieran un compromiso temporal a partir del conocimiento de la realidad y la búsqueda de soluciones. En 1946, y con el auspicio de la jerarquía, el laico Guillermo Ruvirosa fundó la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)[6].


La presencia de la JOC y de la HOAC impulsó la formación de líderes, cuadros y militantes católicos que nutrieron sindicatos y organizaciones sociales fuera de la influencia del franquismo. En sus prácticas se abrieron al diálogo y al reconocimiento de organizaciones distintas a las de orientación católica, con las que estaban dispuestos a colaborar. Este nuevo escenario impulsó la organización del sindicalismo español ajeno a la tutela del régimen. Las Comisiones Obreras reconocen su aporte. Un hito en este proceso fue el apoyo a la huelga de los mineros de Asturias en 1962 que, por primera vez, le arrancó al régimen de Franco algunas reivindicaciones. La cercanía a estos nuevos espacios "incrementó su postura crítica", lo que provocó la reacción del régimen que les aplicó medidas de censura, entre ellas la prohibición de las publicaciones de la HOAC[7].


Otro hecho que sorprendió fue la convocatoria del papa Juan XXIII al Concilio Vaticano II (1962-1965). Su desarrollo fue la respuesta a "importantes corrientes de la iglesia […] respecto a tener una Iglesia renovadora y más próxima a las realidades de los pueblos" [8]. El Concilio definió "a la Iglesia como pueblo de Dios encarnada en la historia" [9]. Eso suponía tender puentes hacia un mundo cambiante y reconocer la autonomía de las personas y de las sociedades humanas, la libertad religiosa y la aceptación de la secularidad y de la democracia[10].


En España, aunque una parte de la Iglesia venía inmersa en procesos de cambio, no solo de aproximación y cercanía sino de igualdad entre trabajadores católicos y no católicos, la discusión acerca del acatamiento de las decisiones del Concilio evidenció las diferencias entre las distintas tendencias que se movían en el interior de la institución religiosa; esto llevó a asumir posiciones más enérgicas y a ahondar contradicciones en torno a aspectos como el apoyo al gobierno de Franco, la fuerte jerarquización de la institución o a corrientes doctrinales y pastorales, para citar algunas. De igual modo, fue avanzando el paulatino distanciamiento del régimen por parte de sectores del clero y de los fieles. Los laicos más activos se hacían sentir con voz propia y con prácticas novedosas en lo pastoral. Fue un momento en el que aparecieron no solo voces que interpelaban, cuestionaban y difirieron, sino prácticas pastorales novedosas e intentos de cambios más radicales.


Si la situación en la Iglesia fue de gran tensión, a Franco y a su gobierno no solo les pareció disparatada la convocatoria al Concilio sino que consideraron que las discusiones que se adelantaron ⎼y mucho más las conclusiones⎼ constituían una aberración. No podían concebir que se hablara de libertad religiosa y de conciencia o de separación de la Iglesia y el Estado. Convencido de su poder, no temió confrontar al Vaticano, siendo ya Paulo VI papa. Entonces, Franco se negó a renunciar al privilegio de intervenir en el nombramiento de obispos e intentó enviar al exilio al obispo de Bilbao, ante lo cual Paulo VI amenazó con excomulgarlo[11]. Para Franco enfrentar a los obispos era práctica habitual. A pesar de la cercanía con su gobierno, en 1940 censuró al cardenal Isidro Gomá, primado de Toledo, cuando quiso publicar la pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la Paz: "La guerra civil ha sido un castigo; ahora es indispensable llegar a una reconciliación si queremos evitar los daños que el odio ha producido", escribía Gomá[12]. Igualmente, cuando prohibió la publicación en España de la encíclica de Pío XI contra el nazismo Mit brennender Sorge (Con ardiente inquietud, en español). Solo un obispo se atrevió a desobedecer, monseñor Fidel García; entonces, la policía secreta le organizó un montaje para desprestigiarlo. El obispo se vio obligado a renunciar a su sede y a refugiarse en una casa de los jesuitas en Bilbao. Ante estos abusos, los otros obispos españoles callaron, le debían mucho a Franco; consideraban que había salvado la Iglesia, pagado la reconstrucción de templos y seminarios y los salarios al clero, además de entregar la educación primaria y secundaria a la Iglesia. El obispo García reapareció en el Concilio donde defendió la libertad de conciencia y se pronunció contra la persecución a otras religiones[13].


Nacionalismo vasco y catalán


Otro aspecto importante que atizó el distanciamiento de sectores de la Iglesia con el régimen franquista fue la cuestión nacional. Esta se mantuvo viva en Cataluña gracias al vigor de la lengua y cultura catalanas, que en distintos frentes ⎼escritores, artistas, intelectuales, editoriales, música, la propia Iglesia, el Club de Fútbol Barcelona⎼ fueron las depositarias de un sentimiento de identidad[14]. Son numerosos los hechos que así lo corroboran, como la publicación, a mediados de los años cincuenta, en la hoja parroquial de un pueblo de Cataluña, Aquillana, un artículo en lengua catalana que cuestionaba los postulados de José Antonio Primo de Rivera sobre el patriotismo, indicando que el magisterio de la Iglesia proclamaba el respeto a las lenguas regionales y a las minorías nacionales, y en otra publicación denunciaba los crímenes del Estado totalitario y concluía que "un crimen es siempre un crimen" [15]. En 1963 el abad de la emblemática abadía de Monserrat, Aureli María Escarré, luego de veinte años de cercanía y respaldo a Franco, en unas declaraciones al periódico Le Monde, denunció la dictadura y los cientos de atropellos cometidos, lo que le costó la expulsión de España y su exilio en Italia. Era una época en la que se escuchaban sermones en lengua catalana en la abadía. Las expresiones de defensa de la identidad catalana no siempre eran programadas; en 1960, en el Palau de la Música en Barcelona, un grupo de los asistentes entonó un himno patriótico catalán; allí estaban ministros de Franco y un joven fue arrestado, Jordi Pujul, quien ha sido importante protagonista de la política catalana.


El movimiento estudiantil que empezó a manifestarse desde mediados de los años cincuenta, aunque se inició en Madrid, se extendió a Barcelona y a otras zonas de España. Ya en los años sesenta se manifestó con fuerza en Cataluña, y la movilización de estudiantes con el apoyo de algunos profesores arrancó logros al gobierno de Franco en cuanto a cambios de las representaciones estudiantiles con la elección libre de sus miembros, situación que generó un clima de politización de los estudiantes ajenos a la dictadura. El gobierno franquista respondió con represión, expulsiones, detenciones, torturas y cárcel. En 1965 un grupo de 130 sacerdotes hizo una marcha en Barcelona exigiendo el cese de las torturas y la represión contra los estudiantes. Es de anotar cómo partidos políticos no legales, verbigracia, el Partido Comunista de Cataluña logró integrar sus propios planteamientos con las aspiraciones del catalanismo intelectual[16].


En cuanto al País Vasco, la confrontación se presentó entre republicanos y nacionalistas de Franco y entre los católicos pues hubo una fuerte división que llevó a que en el mismo clero, tanto diocesano como religioso, afloraran las delaciones. Tanto es así, que en distintas órdenes religiosas varios de sus miembros fueron denunciados por sus mismos compañeros con repercusiones muy graves que iban más allá de la censura de los superiores para caer en la persecución del franquismo, la cual conducía a los señalados a la tortura, la cárcel, el exilio o la misma muerte. Fue un capítulo doloroso de la historia de la Iglesia católica del País Vasco. Para la jerarquía la gran preocupación era la cercanía y la alianza entre los vascos separatistas que se asumían católicos y los comunistas que, según los jerarcas, atentaban contra la Iglesia. Los prelados asumieron la guerra como un conflicto religioso; los nacionalistas vascos católicos consideraban que tenía un contenido económico y social[17].


Aun en medio de la más dura represión la oposición adquirió diversas expresiones, desde acciones de carácter militar y tareas propagandísticas ⎼elaboración de boletines clandestinos que mantenían informados y estimulaban la lucha, por ejemplo⎼ hasta la reorganización de juntas municipales y el desarrollo de actividades de los jóvenes que se expresaban con pintas de consignas separatistas y daños a símbolos del franquismo, como el "ataque" a la estatua del fallecido general golpista Emilio Mola, jefe del ejército del norte. Además, se crearon comités de ayuda a los presos vascos y se buscaron alianzas del Partido Nacional Vasco (PNV) con otras fuerzas. Otra manera más sutil pero no menos efectiva fue la transmisión del código vasco nacionalista opuesto a lo impulsado por el gobierno franquista que pretendía fortalecer la identidad española ideal. Para eso aprovecharon las actividades deportivas o las presentaciones de asociaciones folclóricas en las que rescataban los símbolos vascos; una muestra de la inventiva fue el baile de jóvenes folcloristas que sobre la bandera verde de la Acción Católica ponían un punto rojo mientras sonaba música propia. Era un mensaje para muchos entendible. En este proceso numerosas parroquias albergaron en sus espacios a grupos dedicados a actividades culturales y deportivas[18]. En 1959 surgió ETA, que se convirtió en el "catalizador del problema vasco […]", y la protesta regional adquirió proporciones más graves para el régimen de Franco, teniendo en cuenta la estrategia de lucha armada. La conflictividad de los años sesenta posibilitó el surgimiento de nuevos actores y nuevas y más extendidas formas de oposición a Franco.


[1] Ferreiro, A. El clero vasco y la guerra civil. Disponible en www.dialnet-elclerovascoylaguerracivil-5698124pdf

[2] Montero, J. (2000). Los católicos y el nuevo Estado. Los perfiles ideológicos de la ACNP durante la primera etapa del franquismo. En: FONTANA JOSEP, Ed. España bajo el franquismo. Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia. Barcelona: Editorial Crítica

[3] Ibid.

[4] Retif, A. S.J. Los sacerdotes obreros franceses. En: Mensaje. Recuperado de : http://aprendeenlinea.udea.edu.co/lms/moodle/file.php/578/Sacerdotes_obreros_franceses.pdf

[5] Álvarez, P. La experiencia Calama, una bisagra entre los curas obreros y la dictadura cívico militar chilena. Recuperado de: www. Dialnet.unirioja.es>serviwet-artículo.

[6] La hermandad Obrera Acción Católica. Recuperado de: www.diócesisdemalaga

[7] Monterio, F. La Iglesia y el catolicismo en el final del franquismo. El "despegue" de la Iglesia en la pretransición 1960-|1975. Universidad de Alcalá. Recuperado de: https://ebuah.uah.es/dspace/bitstream/handle/10017/8863/Iglesia%20Catolicismo%20Franquismo.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[8] Álvarez, P. La experiencia Calama, una bisagra entre los curas obreros y la dictadura cívico militar chilena. Recuperado de: www. Dialnet.unirioja.es>serviwet-artículo.

[9] Ibid.

[10] Ibid.

[11] El País (2014). De Bella, J. El pontífice que enfureció a Franco. Recuperado de: https://elpais.com/politica/2014/10/19/actualidad/1413737634_308535.html

[12] Bedoya, J. (2012) Obispos perplejos, el concilio curioso y Franco irritado. En El País. Recuperado de: https://elpais.com/sociedad/2012/10/20/actualidad/1350760143_187122.html

[13] Ibid.

[14] Ibid.

[15] Clara, J. (1995). El franquismo, contestado por el clero rural catalán. Una hoja parroquial contra José Antonio Primo de Rivera. En Anales de Historia Contemporánea. Universidad de Girona. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4074864

[16] Fusi, J.P. Op. cit.

[17] Botía, A. La Iglesia vasca dividida. La cuestión religiosa y el nacionalismo a la luz de la nueva documentación vaticana. Universitá di Madena e Reggio Emilia.di Recuperado de: www.ehu.eus>ojs>index.php>article>wi2wfile

[18] Almeida, A. El nacionalismo vasco y su oposición interior a Franco. Recuperado de: www.deid.eus>actualidad>historiasvascas


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