El Absolutismo de la Realidad. Universidad, sociedad y pandemia

Leopoldo Múnera Ruiz

Profesor de la Universidad Nacional de Colombia 

Miembro de la Mesa Amplia Nacional de Profesoras y Profesores de las universidades públicas (MANPUP)


Las pandemias nos obligan a enfrentar, en nuestra simple condición de seres humanos, lo que Blumenberg llamó el absolutismo de la realidad[1]. La situación en la cual perdemos el control que teníamos o creíamos tener sobre el rumbo de nuestras vidas o sobre el devenir corriente de la muerte, al vernos sometidos por fenómenos que se escapan de nuestras manos y nuestras acciones, y se nos imponen individual y colectivamente, hasta que logramos reorganizar nuestra existencia y convivir con ellos.


En el caso del covid-19, el absolutismo de la realidad nos permite tener con respecto a él una certeza y una gran variedad de incertidumbres. La certeza es bien sintetizada por el profesor Juan Carlos Eslava de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. En medio del alud de informaciones que recibimos en cada uno de los días de cuarentena, el profesor Eslava nos recuerda sencillamente "que el SARS-CoV-2 es una cepa de coronavirus que no se había identificado previamente en humanos y de allí la susceptibilidad general de la especie ante el ataque del virus. También sabemos que, en términos generales, una persona puede contraer la enfermedad COVID‑19 por contacto con otra que esté infectada por el virus. La enfermedad se propaga principalmente de persona a persona a través de las gotículas que salen despedidas de la nariz o la boca de una persona infectada al toser, estornudar o hablar. Estas gotículas son relativamente pesadas, no llegan muy lejos y caen rápidamente al suelo (... ). También se ha señalado que las gotículas pueden caer sobre diferentes objetos y superficies que rodean a la persona de modo que las personas pueden infectarse si tocan esos objetos o superficies y luego se tocan la nariz, la boca o los ojos y de allí que se haya recomendado ampliamente el lavado de manos con agua y jabón o con un desinfectante a base de alcohol"[2].


Ante esta frágil certeza, las incertidumbres son heterogéneas. No logramos precisar el origen de la enfermedad; puede ser un hecho sin intervención humana, un accidente debido a la experimentación en laboratorio, un producto científico intencional o, en la eventualidad que parece menos probable, un arma biológica. No sabemos con seguridad la forma política y social de tratarla; encontramos dos concepciones contrapuestas con sus matices respectivos: el aislamiento general o selectivo por medio del confinamiento y la denominada "inmunidad del rebaño", cuyo nombre no deja de resultar chocante para los humanos incluidos en este grupo.


El manejo estadístico produce desconcierto; algunos hablan de la baja letalidad y mortalidad de la enfermedad, basados en cálculos probabilísticos, aunque para la mayoría de las personas 400.000 muertes alrededor del mundo en tan poco tiempo no dejan de causar un profundo miedo, especialmente cuando los contagios continúan y las curvas ascendentes cambian de continente; otros destacan que la rapidez de la propagación y la alta contagiosidad convierte a la enfermedad en una "gran problema de salud pública". Vuelvo a citar al profesor Eslava: "Aquí los salubristas seguimos las enseñanzas del epidemiólogo británico Geoffrey Rose cuando resaltaba una paradoja en salud pública: una gran cantidad de personas expuestas a un pequeño riesgo puede generar muchos más casos que una pequeña cantidad expuesta a un gran riesgo."[3]. Finalmente, unos pocos, podrían ser demasiados, que inundan las redes o diseñan las políticas públicas de países como Estados Unidos, Brasil o México insisten en negar el peligro que representa la enfermedad y están dispuestos a sacrificar a la población mayor de sesenta años y a los más vulnerables para salvar al resto de su "rebaño".


También es incierta la vacuna o la cura de la enfermedad y el tiempo para producirlas. La comunidad científica trabaja con diversas hipótesis, mientras que algunos médicos en el día a día de la pandemia intentan detenerla con un coctel de medicamentos, los cuales incluyen antiinflamatorios, antibióticos y anticoagulantes, con sus respectivos e inevitables efectos colaterales. Nunca ha sido tan evidente la cercanía epistemológica entre las ciencias naturales y las sociales, en virtud de la cual resulta claro que el conocimiento humano habita dentro de la diversidad hermenéutica.


Detrás de estas incertidumbres y de otras similares, como las relacionadas con los efectos de la enfermedad en los diferentes géneros, sexos o grupos étnicos, o con la pertinencia de usar o no los tapabocas, hay concepciones éticas, políticas o económicas que a veces resultan explícitas y otras son camufladas tras el lenguaje técnico, como cuando se establecen dicotomías irresolubles entre el tratamiento político y social de la enfermedad inspirado en el cuidado general y el funcionamiento de la economía, sin importar lo que se entienda por ella, o entre el autoritarismo político y el carácter ascendente o descendente de las curvas de contagio, a pesar de que ha servido en ambas direcciones. Así como complementariedades autocontradictoras, por ejemplo, cuando se proclama la protección abstracta de la vida y simultáneamente se defiende la necesidad concreta de "sacrificar" a una parte de la población, la mayor y la más vulnerable, en nombre, como siempre, del "rebaño".


Desde luego, también estamos sometidos a la incertidumbre propiamente política que se manifiesta en la disyuntiva entre quienes proclaman el fin del capitalismo o al menos de su versión salvaje o neoliberal; quienes, en otro sentido, creen llegado el tiempo de un nuevo Estado de bienestar, o quienes, anhelando la normalidad perdida, anuncian el regreso a la situación anterior después de una crisis traumática, pero con el control derivado del manejo del riesgo y de la banalización de los daños previsibles. En lo político tal incertidumbre, como siempre sucede con el absolutismo de la realidad, permite la emergencia de mitos, de relatos imaginarios sobre nuestro pasado, presente y futuro, que pueden servir para orientar la sociedad hacia nuevos horizontes utópicos, distópicos o "realistas", dentro de los límites actuales de lo posible.


La sociedad vulnerable


El absolutismo de la realidad no se ha impuesto sobre una humanidad abstracta o por fuera de la historia. El SARS-CoV-2 ha producido una crisis sistémica en sociedades que llevan varias décadas bajo el efecto devastador del neoliberalismo o que han estado dominadas por el capitalismo de Estado o del partido único. Ambos sistemas políticos construidos bajo la creencia de que la naturaleza está a nuestra disposición para que la explotemos en función de nuestras necesidades insaciables de acumulación y consumo. En los países del Sur y en una parte de los del Norte, los sistemas de salud fueron desprovistos de sus principales recursos para enfrentar una pandemia como consecuencia de las privatizaciones y de la mercantilización de sus servicios, centrados fundamentalmente en la curación de las enfermedades y en la focalización del gasto. Como dice David Harvey, las grandes corporaciones farmacéuticas contribuyeron con entusiasmo a apuntalar esta orientación de las políticas públicas que dejó desprotegida a la mayoría de la población en una buena parte del mundo ante una eventual y previsible epidemia global[4].


En América Latina, y en especial en un país como Colombia, la mayoría de los trabajadores fueron relegados a la condición de sobrevivientes en zonas rurales azotadas por el neoextractivismo y la agroindustria, o en el mundo del trabajo informal, con mínimas garantías sociales, y un grupo importante sigue condenado al tozudo desempleo. Mientras los trabajadores asalariados, como náufragos de las reformas laborales, junto a los pequeños y medianos empresarios, soportan la sobrecarga tributaria que permite mantener las exenciones al gran capital y a las rentas agrarias, las condiciones de sobrevivencia de buena parte de la población reproducen su vulnerabilidad ante cualquier crisis en la salud pública.


La educación mercantilizada


La educación, en general, y la educación superior, en particular, han sufrido en forma escalada los embates de los "ajustes estructurales". En Colombia, el afán por ampliar la cobertura a toda costa y con criterios de eficiencia económica ha transformado la escuela en una máquina social de transmisión de conocimientos y de formación de subjetividades destinadas a reproducir las desigualdades sociales, a pesar de la resistencia, a veces desesperada y siempre estigmatizada, de los maestros críticos que junto a sus colegas deben sobreaguar en medio de las pedagogías bancarias.


Dentro del conjunto de la educación, las universidades parecen ocupar el último lugar en la fila del proceso de mercantilización del conocimiento científico, profesional y artístico. La discusión académica y pedagógica ha sido relegada a un segundo plano por la imposición de las competencias, entendidas como saberes estandarizados en función del desarrollo económico del país, y por la institucionalización de los créditos académicos, basados en la simple racionalidad instrumental de los dicentes. La pertinencia del conocimiento frente a la sociedad colombiana, las regiones y los territorios ha quedado refundida en esta lógica desarrollista.


La financiación cada vez se inclina más hacia el crédito o subsidio a la demanda, mediante la implementación de programas con nombres autóctonos y elitistas, aunque la mayoría de ellos son importados, como Ser Pilo Paga y Generación E, diseñados total o parcialmente para rescatar de la quiebra a las universidades privadas, afectadas, al igual que las públicas, por la disminución de la "demanda" o por la deserción estudiantil, que, a su vez, son causadas por motivos económicos y sociales o por la falta de horizontes culturales y laborales para los estudiantes. Asimismo, la aprobación de otros programas como el de la Financiación Contingente al Ingreso promete hacia el futuro el endeudamiento de los estudiantes o de sus familias durante buena parte de la vida laboral de los primeros, como si la educación fuera fundamentalmente un bien de beneficio individual.


La investigación científica y académica ha sido reducida a las dimensiones de la pírrica financiación estatal, adornada con actos simbólicos como las comisiones de sabios o la creación de un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación con tan pocos recursos como el difunto COLCIENCIAS; mientras la denominada extensión sigue el rumbo de la consecución de recursos propios, cada vez más marcado por la prestación de servicios científicos o académicos rentables. No obstante, a pesar del debilitamiento paulatino de la universidad pública en su condición de tal, y de los intentos por transformar el enclenque sistema de educación superior en uno de educación terciaria que privilegie la formación técnica y tecnológica de baja inversión y calidad, las instituciones de educación superior estatales sobreviven en medio de la precariedad, como la mayor parte de los trabajadores. Dentro de ellas, sectores del estudiantado y en menor medida del profesorado, siguen intentado construir alternativas que garanticen el derecho fundamental a la educación y el acceso universal al bien común del conocimiento.


En la etapa final de esta crisis apareció el nuevo coronavirus con sus consecuencias inciertas. La angustia generada por el absolutismo de la realidad tiende a privilegiar la memoria de la pandemia y a diluir la memoria de la prepandemia. Desde 2011 el movimiento estudiantil, articulado en la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), puso de presente los problemas estructurales de la educación superior colombiana e intentó elaborar una reforma integral de la Ley 30 de 1992 a partir de diferentes elementos: la universalización de la educación superior pertinente y de calidad, con especial énfasis en los sectores de la población históricamente discriminados; la reestructuración del sistema de educación superior, mediante subsistemas dinámicos desde el punto de vista sectorial y territorial; la autonomía y la democracia universitarias como principios inalienables; la necesidad de una reforma académica que respondiera al mismo tiempo a la estructuración de un conocimiento crítico, a las especificidades de los campos disciplinarios y a un intercambio creativo de saberes sociales y culturales; la gratuidad progresiva de la educación superior pública; la formalización de las plantas docentes; el fin de la corrupción en las instituciones públicas o en las privadas, "sin ánimo de lucro", y la elaboración de programas de investigación en diálogo con los diferentes sectores de la sociedad colombiana o la interrelación permanente con las clases y grupos sociales populares o subalternos.


La dificultad técnica para estructurar un proyecto de ley alternativo consensuado por las comunidades académicas y la división interna de la MANE, a causa de las dinámicas políticas de las organizaciones estudiantiles, condujo no solo a un reflujo del movimiento sino a la profundización de la orientación política y económica neoliberal, combinada con elementos neoinstitucionales, mediante el mismo mecanismo utilizado entre 2000 y 2010, la realización de microreformas sucesivas por parte de los diferentes gobiernos en la dirección contraria a la pretendida por el estudiantado que animó las protestas de 2011. Durante los primeros diez y ocho años del siglo xxi fueron adoptadas en este sentido sesenta y cuatro leyes y doce decretos relativos a la educación superior.


Siete años después del proceso agridulce de la MANE, en 2018, el movimiento estudiantil, junto a algunas organizaciones profesorales, volvió a las calles masivamente, como en otras partes de América Latina. Centró sus reivindicaciones en la asfixia financiera de las instituciones públicas de educación superior, sin descuidar otras reivindicaciones, como la relativa a la reforma estructural del Instituto Colombiano de Crédito Educativo y Estudios Técnicos en el Exterior (ICETEX), y anunció la negociación posterior de muchos de los temas que fueron bandera del movimiento en 2011. Sin embargo, a comienzos del año corriente, después de las grandes e inesperadas movilizaciones sociales realizadas entre noviembre de 2019 y enero de 2020 contra el rumbo de la economía, los incumplimientos del acuerdo de paz y el asesinato de líderes y lideresas sociales, más de cuatrocientos en tres años, resultaba evidente que el gobierno de Iván Duque solo estaba dispuesto a cumplir parcialmente sus compromisos sobre la financiación de las instituciones y pretendía dilatar los demás puntos o refundirlos en la política pública diseñada para el sector desde su campaña presidencial, que buscaba fortalecer los créditos y subsidios a la demanda en detrimento del presupuesto de las instituciones.


Las intervenciones del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) en las universidades públicas, particularmente en la Universidad de Antioquia, debido a un protocolo ilegal e inconstitucional para el "control de explosivos" en los centros educativos, adoptado por Daniel Quintero, el Alcalde de Medellín recién posesionado, la judicialización o criminalización de la protesta social y el atentado en la misma ciudad contra la profesora Sara Fernández, Secretaria General de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia (ASOPRUDEA) y fundadora de la MANPUP, hacían presagiar una nueva ofensiva contra la autonomía universitaria en todo el país y ratificaban la deriva autoritaria del gobierno nacional y de muchos de los gobiernos locales que lo apoyan expresa o tácitamente.


Las incertidumbres generadas por la pandemia no pueden ocultar que el tratamiento político de la misma tiene un talante autoritario que la antecede, destinado a darle continuidad al dogma económico y social causante de la vulnerabilidad extrema de los sectores populares colombianos y de una parte importante de la clase media. Si el absolutismo de la realidad se ha ido imponiendo sobre nosotros debido a los efectos de la pandemia, el absolutismo político se ampara en él para continuar con un modelo depredador de las comunidades locales, la solidaridad ampliada y la naturaleza; intenta condenar al olvido la crisis social que vivía la sociedad colombiana antes del coronavirus y la poca legitimidad del presidente de turno. La excepcionalidad creada por el SARS-CoV-2 en nuestra vida cotidiana no justifica la excepcionalidad política autoritaria que se ha erigido como única alternativa y nos ha confinado en pequeños campos cercados, rodeados por la deficiencia del sistema de salud y la falta de alternativas económicas para la mayoría de la población.


Tiene razón Edgar Morin al afirmar que "después de la epidemia vendrá la aventura incierta en que se desarrollarán las fuerzas de lo peor y las de lo mejor; estas últimas, aún son débiles y están dispersas. Sepamos en fin que lo peor no es seguro, que lo improbable puede acontecer, y que en el titánico e inextinguible combate entre los inseparables enemigos que son Eros y Tánatos siempre es sano y tónico tomar partido por Eros"[5]. Así, por ejemplo, ante la no presencialidad en los cursos que se nos presenta como inevitable, debemos empezar a dialogar, con la creatividad de Eros, sobre el sentido de la educación, la pedagogía y la comunicación que las constituye, para evitar que luego de un interminable debate técnico, donde los espacios compartidos y comunes son reducidos a la condición de simple instrumento, nos obliguen a asumir la virtualidad como norma y consecuencia natural de haber implementado durante la pandemia una docencia no presencial de emergencia, con el propósito de convertirla en la estructura de oportunidad esperada para bajar los costos de la educación superior pública y evitar los peligros políticos de la copresencia humana en las universidades.


Es indispensable que participemos en las decisiones sobre nuestro cuidado individual y colectivo. Las nuevas movilizaciones, la nueva acción contenciosa, la nueva co-inspiración, como la llama Humberto Maturana, debe empezar en contra del absolutismo político que sirve como herramienta para profundizar el proyecto económico y social en virtud del cual aumenta la vulnerabilidad de los sectores más desprotegidos de nuestras sociedades. Más allá de la reivindicaciones sectoriales, que son necesarias, es indispensable unir esfuerzos para evitar la transformación del absolutismo de la realidad en un absolutismo político y social con consecuencias nefastas para América Latina.


Las organizaciones estudiantiles han empezado a movilizarse de nuevo, lentamente y a tientas en medio de la incertidumbre, así como las organizaciones de educadores; algunos intelectuales críticos hacen visibles las alternativas no solo frente al neoliberalismo, sino al capitalismo; los viejos hemos comenzado a hacer oír nuestra voz después de ser relegados a la condición de incapaces; la crisis social y económica que apenas comienza está empujando a la mayoría de la población al umbral violento que separa la sobreviviencia de la muerte, y cada día resulta más urgente la autodeterminación colectiva de las comunidades y la sociedad en general.


Frente al determinismo del capital, que nos condena a languidecer en el "fin de la historia", la economía moral de la multitud nos enseña que hay posibilidades vitales divergentes e invisibilizadas en la economía solidaria, los proyectos comunitarios y el buen vivir, los ecosocialismos y ecofeminismos, el rescate de lo común, el aprendizaje en lo ancestral, o la radicalización de la democracia y su extensión al ámbito global. Puede ser el comienzo de un nuevo tiempo, pero estamos en el filo de la contingencia. De nuestra acciones presentes e inmediatas depende el devenir que nos espera. La universidad necesita replantear el sentido del conocimiento que la constituye, en lo inter y transdisciplinario, para repensar las formas de convivencia que nos garanticen relaciones sociales con la naturaleza y con los otros seres humanos dignas y orientadas hacia la autorrealización individual y colectiva, para superar la sobrevivencia precaria soportada por la mayoría de la población latinoamericana y evidenciada por el absolutismo de la realidad.



[1] Blumenberg, Hans (2003). Trabajo sobre el mito. Barcelona: Paidós, pp. 11-40 y Bottici, Chiara (2012). Filosofía del Mito Político. Torino: Bollati Boringhieri, p. 133.

[2] "Mensaje electrónico de Juan Carlos Eslava", profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia, 4/06/2020.

[3] "Mensaje de Juan Carlos Eslava", profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia, 4/06/2020.

[4] Harvey, David (2020). "Política anticapitalista en tiempos de COVID-19". En: https://ctxt.es/es/20200302/Politica/31496/coronavirus-anticapitalismo-neoliberalismo-medidas-covid19-david-harvey-jacobin.htm

[5] Morin, Edgar (2020), "Festival de incertidumbres". En : https://kipschool.org/usr_files/generic_pdf/MORIN%20Edgar%20(2020)%20Festival%20de%20incertidumbres_%20(002).pdf 


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