José Honorio Martínez
Profesor del Departamento de Ciencia Política
Universidad Nacional de Colombia
Profesor de la ESAP
Sin una declaración formal de guerra de por medio, en la madrugada del pasado 3 de enero, Estados Unidos lanzó un calculado y criminal ataque militar aéreo contra Caracas. La incursión causó el asesinato de cuatro civiles y setenta y nueve combatientes que defendían al presidente Nicolás Maduro y a su compañera Cilia Flores, quienes, al cabo de dos horas de combates, fueron secuestrados por las tropas norteamericanas. El asalto violentó nuevamente el derecho internacional, masacrando a quienes resistieron valerosamente y destruyendo 463 viviendas e infraestructuras: hospitales, centrales eléctricas, torres de comunicaciones, instituciones educativas y aeropuertos.
Vista desde un plano militar, la acción ha sido considerada como exitosa para el gobierno gringo. Sin embargo, al sopesar sus resultados estratégicos en el marco de la competencia chino-norteamericana, resultan notorias una serie de paradojas que dan al traste con el entusiasmo imperial. En esta dirección, en este artículo se defiende la idea de que la agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela hace parte del despliegue de un imperialismo tardío, cuyos resultados le resultan adversos en el marco de la “competencia estratégica” con China. El adjetivo tardío recoge tres cuestiones: la primera, el matiz de descomposición contenido en dicho imperialismo al incorporar los intereses de la facción mafiosa de la clase dominante norteamericana; la segunda, el anacronismo de emplear un formato militarista que, conllevando grandes costos fiscales, ha demostrado sistemáticamente su fracaso (Irak, Afganistán y Libia); y la tercera, el resultado de desventaja estratégica al insistir en apoderarse de fuentes fósiles de energía que, en el marco del obligado proceso global de transición energética, se encuentran en declive.
A continuación, se desarrollarán estas cuestiones, poniendo énfasis en la tercera. Se cerrará advirtiendo que la brutal geopolítica imperial, hoy extendida sobre bloques regionales históricamente considerados como “aliados”, como la Unión Europea y América Latina, tiende a acelerar la violenta agonía en la que se debate la hegemonía norteamericana.
La agresión militar contra Venezuela, si bien repite una política de Estado de larga data, es coyunturalmente el resultado del acrecentamiento del poder mafioso dentro del régimen político norteamericano. Este sector, cuyo epicentro es Florida y que cuenta como principal representante al secretario de Estado, Marco Rubio, ha ido ganando espacio desde los años setenta dentro de la burguesía estadounidense, propiciando, mediante su influencia, una paulatina transición de Estados Unidos hacia un narcoimperialismo. La presencia de esta facción imprime un carácter oportunista, especulativo y más decididamente criminal al bloque de poder dominante en el Estado.
Imperialismo de cuño mafioso
La agresión militar contra Venezuela, si bien repite una política de Estado de larga data, es coyunturalmente el resultado del acrecentamiento del poder mafioso dentro del régimen político norteamericano. Este sector, cuyo epicentro es Florida y que cuenta como principal representante al secretario de Estado, Marco Rubio (bit.ly/4rq1eEU), ha ido ganando espacio desde los años setenta dentro de la burguesía estadounidense, propiciando, mediante su influencia, una paulatina transición de Estados Unidos hacia un narcoimperialismo. La presencia de esta facción imprime un carácter oportunista, especulativo y más decididamente criminal al bloque de poder dominante en el Estado.
En la exposición realizada por Trump después del asalto, este talante autoritario ‒propio de un capo de cartel‒ relució en dos ocasiones. La primera, cuando, al ser interrogado sobre por qué no consultó el ataque con el Congreso, respondió que no podía hacerlo porque se trataba de una manga de soplones; y la segunda, cuando, para perplejidad de las reptantes oligarquías, anunció que María Corina Machado no figuraba en sus planes para Venezuela, pues ese territorio sería manejado por la gente de Marco.
La continuidad institucional del régimen político de la Quinta República induce a pensar que el propósito de la agresión militar no residía tanto en el derrocamiento del gobierno como en la defensa del imaginario de Estados Unidos como potencia, asumiendo que dicha representación constituye un sostén esencial del régimen de excepcionalidad global intensificado por el gobierno de Trump.
La vigencia institucional del régimen político venezolano, con la asunción de la presidencia por parte de la vicepresidente Delcy Rodríguez, la instalación de la Asamblea Nacional y la rendición del informe Memoria y Cuenta por parte del Ejecutivo ante los demás poderes del Estado, denota que el resultado del ataque ha conllevado a todo lo contrario de lo pregonado por Estados Unidos: el fortalecimiento de la legitimidad del régimen político. El gobierno venezolano, que hasta el día anterior a la operación militar era considerado ilegítimo e ilegal, pasó a ser, irónicamente, reconocido.
Los paradójicos logros del militarismo
La vigencia institucional del régimen político venezolano, con la asunción de la presidencia por parte de la vicepresidente Delcy Rodríguez, la instalación de la Asamblea Nacional y la rendición del informe Memoria y Cuenta por parte del Ejecutivo ante los demás poderes del Estado, denota que el resultado del ataque ha conllevado a todo lo contrario de lo pregonado por Estados Unidos: el fortalecimiento de la legitimidad del régimen político. El gobierno venezolano, que hasta el día anterior a la operación militar era considerado ilegítimo e ilegal, pasó a ser, irónicamente, reconocido.
El gobierno de Trump dejó en claro, muy rápidamente, que su interés no residía tanto en instaurar “la democracia” como en quedarse con el petróleo. Sin embargo, un repaso en esta materia tampoco muestra que los resultados sean nítidamente beneficiosos para Estados Unidos. Aunque los estadounidenses robasen toda la producción petrolera venezolana (1,2 millones de barriles diarios), el colosal déficit petrolero de Estados Unidos, estimado en 6,6 millones de barriles diarios, estaría lejos de resolverse. Asimismo, las exportaciones petroleras arrebatadas a China apenas representan un 2 % de su demanda, y el amarre ilegal de las exportaciones venezolanas de crudo al dólar tampoco constituye un refuerzo significativo del poder de señoreaje monetario de la Reserva Federal. Adicionalmente, si se toman en cuenta las medidas de respuesta asumidas por China (bit.ly/3M7XmJA) tras el ataque, lo que terminan asumiendo los intereses corporativos norteamericanos son pérdidas gigantescas.
La disputa energética y tecnológica en un contexto de transición sistémica
Los acontecimientos de los días posteriores a la acometida, en particular la reunión del 9 de enero entre el gobierno de Trump y los empresarios petroleros en la Casa Blanca, ratificaron que el curso de la coyuntura política se rige principalmente por la lógica del espectáculo llamado Donald Trump. Si bien el mensaje proyectado mediáticamente fue que la reunión tenía por objeto el reparto del botín de guerra, esta acabó versando sobre la torpe política energética del presidente.
Las intervenciones de los empresarios subrayaron que el petróleo venezolano no fluye hacia Estados Unidos no porque el gobierno de Maduro se haya opuesto a ello prefiriendo exportarlo a China, sino porque las sanciones impuestas por el gobierno de Trump durante su primer mandato (2017-2021) impiden a las transnacionales realizar inversiones en ese país (bit.ly/3ZbDHvj). En otras palabras, lo que hoy intenta hacer Trump es modificar su propia política, reconociendo de paso que la sanción de no comprar crudo a Venezuela fue un fracaso, pues no colapsó ni la economía ni al gobierno. Lo único que quedó en claro en la cortesana reunión de los petroleros con Trump es que quien comanda el barco lo conduce a la zozobra.
Mientras ‒en el espectáculo‒ Trump alardeaba de haber realizado una conquista fenomenal para las corporaciones, los petroleros preguntaban por el régimen de inversiones, reconociendo ‒a su pesar‒ que Venezuela cuenta, desde el ascenso de Hugo Chávez al gobierno, con un régimen jurídico en materia petrolera que debe respetarse o, preferiblemente para sus intereses, reformarse. Dicha reforma, que ya hacía parte de la agenda de Maduro, fue aprobada aceleradamente por la Asamblea Nacional el pasado 29 de enero. Sin embargo, está por verse qué tan entusiasta será la llegada de los emprendedores. Sobre este punto, hay que tener en cuenta que la explotación del petróleo pesado de la Faja del Orinoco requiere grandes inversiones cuyos beneficios son de largo plazo, hecho que, en las condiciones actuales, no resulta tan atractivo para las corporaciones (bit.ly/4qMHnjj). El capitalismo de crisis es inmediatista y rapaz en la consecución de ganancias.
La constatación de que el gobierno de Trump, a pesar de su consigna “drill, baby, drill”, no tiene en realidad ningún plan creíble para reducir en el corto plazo los precios del combustible en el mercado interno estadounidense tiene graves implicaciones, máxime cuando sus reservas petroleras tienen una fecha de caducidad estimada en seis años.
Mientras Trump se complacía ante los halagos recibidos por los crímenes cometidos en Caracas, el gobierno canadiense suscribía importantes acuerdos con el gobierno chino para la reducción arancelaria a la importación de vehículos eléctricos. Es decir, mientras Trump insiste en apostar, a destiempo, por el petróleo, Canadá, siendo un país petrolero, juega sagazmente a la electromovilidad, ofreciendo su mercado a China. En tanto Trump bombardeaba Caracas para despojarla de su petróleo, Canadá se inscribía de lleno en la política china de transición energética, en la que acumula adelantos considerables frente a sus competidores.
La geopolítica imperial: extorsionar y cultivar la guerra
La agresión contra Venezuela, seguida del anuncio de apropiarse de Groenlandia, acentuó las preocupaciones en el seno de las sociedades europeas y latinoamericanas sobre su futuro. La exigencia imperial de sometimiento, extendida a gobiernos de países que se consideraban “aliados”, sin duda los llevará a sopesar sus incondicionalidades frente al imperialismo y, posiblemente, a estrechar sus relaciones con China.
La amenaza de ocupación sobre Groenlandia propició que, por fin, ocho países de la Unión Europea manifestaran su inconformidad frente a la geopolítica imperial. Estos impulsos de deslinde podrían tener consecuencias decisivas al interior del bloque atlantista de la OTAN. Si la UE se deslinda de la política imperial respecto a Groenlandia, ¿cómo permanecer en la OTAN? El trato humillante del gobierno de Trump hacia la UE tenderá necesariamente a una reconfiguración del sistema de alianzas en su interior, así como de la propia OTAN y, a la postre, del papel sumiso adoptado por los países que lideran la hoy postrada Unión. La actual crisis energética europea es consecuencia de su obediencia a los mandatos que la obligaron a suspender las importaciones de petróleo desde Irán, Libia y Rusia, y, adicionalmente, del freno a la política de transición energética debido a la reorientación presupuestal hacia la industria militar (bit.ly/3NYIH40) y a la tasa de sostenimiento de la OTAN (5 % del PIB) impuesta por Estados Unidos.
Con respecto a América Latina, a pesar de la ubérrima visión estratégica del ataque contra Venezuela, este no puede ser desestimado dentro de la geopolítica regional, en la que los gobiernos progresistas van de salida luego de cumplir la tarea de contener el ascenso de las luchas populares en el continente a inicios del siglo XXI. Cabe decir que, entre los progresismos latinoamericanos de ese período, el único que deslindó de la genocida doctrina norteamericana de seguridad nacional fue Venezuela; de allí el inmenso valor representado por la Revolución Bolivariana, con sus aspiraciones de autodeterminación, integración latinoamericana (CELAC, ALBA, Petrocaribe) y antiimperialismo. El bolivarianismo vigente, como constructo teórico, político e histórico, implica que la consolidación del Estado nacional en América Latina y el Caribe solo es posible rompiendo los lazos de subordinación con Estados Unidos.
La derechización que afronta América Latina es totalmente funcional al régimen de excepcionalidad promovido por Estados Unidos. Gobiernos como los de Abinader, Mulino, Noboa, Bukele, Bolsonaro, Peña, Milei, Boluarte/Neri y Paz Zamora proceden de una entraña autoritaria que no entiende de soberanía nacional y cuya única preocupación es medrar del saqueo, poniendo a raya las inconformidades mediante el terror de Estado. La intensificación de la presencia militar norteamericana en el continente viene siendo muy avanzada en el mar Caribe y en países como Paraguay, Ecuador y Perú (bit.ly/46fMNuR), donde las tropas estadounidenses campean con total impunidad, posicionando sus bases en espacios vitales como Galápagos (bit.ly/4sSx273), la Triple Frontera y el acuífero guaraní (bit.ly/46p3O5M), así como Talara, en la costa norte peruana, e Iquitos (bit.ly/4sY9ei2), en la Amazonía.
La geopolítica estadounidense pasa hoy por una mayor extorsión a sus “aliados” históricos y por la concomitante reconfiguración de la administración de la hegemonía, sustituyendo instancias que considera obsoletas (ONU, OMC, T-MEC) por un andamiaje encabezado por el Complejo Militar-Industrial (CMI), complementado por el sistema de la Reserva Federal-Wall Street. Se trata de un rediseño imperial que, para mantener vigente el orden de la explotación de clase, obliga a la burguesía a “revolucionar constantemente los instrumentos de producción, es decir, las condiciones de producción, o sea, todas las relaciones sociales” (Marx, 1848). Frente a ello, la salida para las naciones subyugadas y las clases subalternas no puede residir en la reiteración de las ilusiones de la democracia liberal burguesa, sino en el fortalecimiento de la unidad de los pueblos y en el desarrollo de los antagonismos de clase, en una perspectiva latinoamericanista y socialista.
La derechización que afronta América Latina es totalmente funcional al régimen de excepcionalidad promovido por Estados Unidos. Gobiernos como los de Abinader, Mulino, Noboa, Bukele, Bolsonaro, Peña, Milei, Boluarte/Neri y Paz Zamora proceden de una entraña autoritaria que no entiende de soberanía nacional y cuya única preocupación es medrar del saqueo, poniendo a raya las inconformidades mediante el terror de Estado. La intensificación de la presencia militar norteamericana en el continente viene siendo muy avanzada en el mar Caribe y en países como Paraguay, Ecuador y Perú, donde las tropas estadounidenses campean con total impunidad, posicionando sus bases en espacios vitales como Galápagos, la Triple Frontera y el acuífero guaraní, así como Talara, en la costa norte peruana, e Iquitos, en la Amazonía.
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