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Características del fascismo actual y procesos de fascistización societaria

Sergio De Zubiría Samper

Profesor Titular Doctorado en Bioética

Universidad El Bosque

Presidente Fundación Walter Benjamin para la Investigación Social

Colombia

 

La reciente aprobación de la pena de muerte contra los palestinos por parte del parlamento israelí, la gestación de una “internacional” de la extrema derecha (México, 2024) y la divulgación de las estrategias de seguridad/defensa del gobierno de Trump constituyen signos de alarma para la humanidad. Evidencian los pasos agigantados del crecimiento y consolidación del fascismo en este siglo XXI. Desde la mirada del historiador, evocan los pasos del nazismo para el “desarrollo” de la “solución final”: segregación, xenofobia, expulsión, exterminio selectivo, asesinato administrativo de millones de personas, los campos de concentración. Para la conciencia filosófica crítica, en palabras, de T. Adorno: “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de esclavitud: el de orientar su pensamiento y acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante” (Adorno, 1975, p. 365), por tanto, “La exigencia que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación” (Adorno, 1998, p. 79). 

La educadora argentina, Chinthia Wanschelbaum, lo expresa de forma pedagógica: “Que debatamos si lo que estamos viviendo es o no es fascismo ya habla del contexto político contemporáneo” (Wanschelbaum, 2025, p. 52). Más allá de cualquier polémica academicista o terminológica, la situación planetaria en todos los ámbitos arrastra altos peligros, profundas incertidumbres y procesos de fascistización. Existe una estrategia consolidada de “batalla cultural” para ganarse el sentido común de las poblaciones por parte de la extrema derecha, una pedagogía neofascista consolidada y las respuestas político-culturales son urgentes, pero aún inconsistentes. 

El concepto de “batalla cultural” formulado por A. Gramsci desde la teoría política de izquierda y al calor de las luchas de los oprimidos contra el fascismo italiano ha sido apropiado y resignificado por la extrema derecha. Reconociendo que la hegemonía es frágil, inestable y siempre en construcción, la ultraderecha instrumentaliza la “batalla cultural” de forma oportunista manipulando los deseos y miedos existentes, eliminando la reflexión crítica, estimulando el fanatismo y escalando la xenofobia, odios y violencias. Se trata de defender con cualquier medio al sector minoritario que ha concentrado el poder y la ultraconcentración de la riqueza como una “cruzada” que defiende los valores tradicionales. Su imagen patética es Milei dizque defendiendo la “libertad” con una “motosierra”. En palabras del líder español de Vox, S. Abascal, en la Conferencia de Acción Conservadora (México, 2024): “Es muy importante que los conservadores del mundo nos juntemos, hagamos estrategias conjuntas frente a la ofensiva de socialistas y comunistas, que están terminando con las democracias, con las libertades de las personas, a ambos lados del Atlántico. Los globalistas y progres se están infiltrando en todas las instituciones, están en contra de los valores tradicionales. La única elección que nos queda a los conservadores es estar juntos en esta batalla política”.

Más allá de cualquier polémica academicista o terminológica, la situación planetaria en todos los ámbitos arrastra altos peligros, profundas incertidumbres y procesos de fascistización. Existe una estrategia consolidada de “batalla cultural” para ganarse el sentido común de las poblaciones por parte de la extrema derecha, una pedagogía neofascista consolidada y las respuestas político-culturales son urgentes, pero aún inconsistentes. 

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El presente artículo pretende contribuir a ubicar algunas características del fascismo contemporáneo y sus diferencias con el fascismo histórico. Asume esta tarea en tres momentos. En la primera parte, explora algunas explicaciones sobre las condiciones contextuales de la emergencia de los actuales fascismos. La segunda elabora una cartografía sobre las distintas respuestas académicas a la caracterización de este fascismo y la “batalla terminológica” (C. Wanschelbaum) que ha generado este debate. La tercera postula las características distintivas del fascismo actual en una bibliografía significativa. 

Partimos de tres premisas que es conveniente hacer explícitas. Primera: el fascismo es un fenómeno global transnacional que adopta variantes nacionales, es decir, una ideología transnacional con variantes nacionales; sus características más generales se imbrican en una realidad nacional, contextual y singular. Segunda: los procesos históricos entablan trayectorias de continuidad y discontinuidad con su pasado; como lo expresa poéticamente el filósofo de Tréveris: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Tercera: evocando nuevamente a T. Adorno, ratificar como la supervivencia del fascismo en la democracia es potencialmente mucho más amenazadora que la supervivencia de tendencias fascistas contra la democracia, y por ello, es obligatorio abandonar la supuesta antípoda entre “democracia” liberal versus “fascismo” para confrontar los procesos de fascistización. 

Etiologías del fascismo contemporáneo

Develar las causas, orígenes y factores determinantes de la emergencia del fascismo actual constituye una investigación irrealizable, porque un fenómeno tan complejo responde a orígenes diversos, multicausales y plurideterminados. La investigación académica y el pensamiento crítico están contribuyendo a ubicar unos puntos o lugares de atención para develar las etiologías del fascismo actual, aún con divergencias notorias en los acentos, consecuencias y perspectivas.

El primer ámbito remite a la fase capitalista de acumulación neoliberal y sus complejas consecuencias en la vida social. Este modelo implementado a nivel planetario desde la década del setenta del siglo XX ha experimentado su deslegitimación progresiva y desplome generalizado. El colapso financiero de 2008 evidenció las limitaciones insuperables del neoliberalismo. La concentración oligopólica de la riqueza, la obscena desigualdad, la profundización de la injusticia social y la destrucción ecológica han evaporado el consentimiento sobre las virtudes adjudicadas originalmente al neoliberalismo, porque las contradicciones internas de la neoliberalización son incontenibles y está impelido a experimentar crisis financieras (D. Harvey). La investigación histórica ha develado la dimensión autoritaria “irreductible” del neoliberalismo desde sus orígenes en la década del treinta del siglo XX (Laval y Dardot). Para M. Lazzarato, los distintos tipos de neoliberalismo están abrazando el neofascismo, porque indagando a profundidad “el nuevo fascismo es la otra cara del neoliberalismo”.

El diagnóstico de Amador Fernández Savater postula cuatro “corrientes de fondo” de las transformaciones neoliberales para el florecimiento de los discursos de extrema derecha. La primera se encuentra en el brutal aumento de las desigualdades, cuando este modelo prometió un derrame de riqueza que nunca llegó y ante el aumento del malestar la extrema derecha ha logrado direccionar el descontento hacia los de abajo, hacia los migrantes y hacia el Estado como la casta de los poderosos. La segunda es la expansión de una inseguridad existencial y social ante el trabajo precarizado, el endeudamiento y el “miedo a la caída social”, que la extrema derecha canaliza con discursos de “seguridificazión” como más policía, cárceles, mano dura y cierre de fronteras. La tercera corriente reside en la disolución de los tejidos comunitarios y cooperativos a través de la expansión del imperativo neoliberal de “empresarialismo de la vida” y la atomización individualista. La cuarta se manifiesta en la crisis de los roles de género tradicionales ante los avances del feminismo y las reivindicaciones LGTBIQ, que generan reacciones virulentas y nostálgicas desde un orden patriarcal. El hedor neoliberal a injusticia, la inseguridad existencial, la atomización, la misoginia y el racismo configuran el terreno propicio para el arraigo de los discursos ultraderechistas. 

El segundo entorno que habita en las raíces de la etiología fascista anida en las disputas por la hegemonía mundial y las guerras interimperialistas actuales. La tendencia al declive de la hegemonía norteamericana y occidental en los inicios del siglo XXI ha tenido manifestaciones belicistas, destructivas y violentas, como el genocidio de Gaza y la guerra contra la República islámica de Irán. El historiador E. Hobsbawm califica el abuso de la fuerza militar de Norteamérica como una evidencia de pérdida progresiva de la hegemonía política y cultural del mundo occidental. Teóricos como E. Alliez y M. Lazzarato proponen la noción de “guerras fractales” para caracterizar las guerras contemporáneas como plena subordinación de las guerras al capital financiero, la profundización de las divisiones de clases, género y razas (“guerras dentro de las poblaciones”) y la disolución de la distinción entre “poder civil” y “poder militar”. Investigadores como A. Korybko las denominan “guerras híbridas” porque combinan “revoluciones de colores” y guerras no convencionales; su ejemplificación son las “primaveras árabes”, Siria y Ucrania; evocan la estrategia militar inspirada en Sun Tzu, en la antigua China, al sostener que la “guerra indirecta” es la mejor forma de combatir al enemigo. Para la mexicana A. E. Ceceña, las guerras actuales se alimentan de tres elementos: el rediseño geopolítico producto de las disputas por la hegemonía; los recursos considerados estratégicos, y el disciplinamiento de poblaciones, territorios y Estados.

Reconociendo que la hegemonía es frágil, inestable y siempre en construcción, la ultraderecha instrumentaliza la “batalla cultural” de forma oportunista manipulando los deseos y miedos existentes, eliminando la reflexión crítica, estimulando el fanatismo y escalando la xenofobia, odios y violencias. Se trata de defender con cualquier medio al sector minoritario que ha concentrado el poder y la ultraconcentración de la riqueza como una “cruzada” que defiende los valores tradicionales.

Tiempos turbulentos inundados de guerras, imperialismo, conflictos globales, genocidios, en un contexto de decadencia de la hegemonía norteamericana y occidental son también terreno fértil para el chovinismo, el fanatismo, el odio y el miedo. Inevitable evocar la conocida sentencia de A. Gramsci en los Cuadernos de la Cárcel: “En el interregno aparece una gran variedad de síntomas/fenómenos mórbidos” (In questo interregno si verificano í fenómeno morbosi píu svariati)

La tercera dimensión que sustenta la etiología del fascismo es el reconocimiento de la profunda crisis de la política y las democracias liberales. El desencanto, malestar o desafección por la política tiene diversas causalidades y ha generado tendencias hacia la anti-política o lo impolítico (R. Esposito); la crisis de la democracia liberal representativa es profunda. Algunas de sus manifestaciones son la separación de la política de sus fines últimos, su autonomización de la ética, la subsunción exclusiva a lo estatal, la desideologización y fetichización, la empresarialización, la crisis de la representación, la limitación a democracias electorales, entre otras. Para E. Traverso tres transformaciones han sido demoledoras para devenir en lo “impolítico”: la creciente reificación del espacio público al ser absorbido por los medios monopólicos de las industrias de comunicación; la deriva bonapartista del poder que instaura estados de excepción permanentes y convierte los parlamentos en simples escribanos del poder ejecutivo; en la política ya no se combate por ideas, se construyen carreteras.

La decadencia de la política y la desconfianza en la democracia liberal tienen interpretaciones divergentes desde la derecha y la izquierda. Los discursos de la extrema derecha instrumentalizan la crisis hacia la “antipolítica” y lo “impolítico” como xenofobia, autoritarismo y seguridificación, mientras que las izquierdas la presentan como la emergencia de formas alternativas de “lo político”. Para C. Wanschelbaum, el desencanto con la democracia liberal y la elección de los proyectos neofascistas responden a una base material: la disputa por la democratización real de la riqueza. Cuando la situación se endurece para el capital, la violencia, la expropiación y la expoliación, se convierten en prioridad en el orden del día de las clases dominantes.

La cuarta genealogía remite a la frustración y desesperanza con los proyectos que se han mostrado como alternativas a la deriva autoritaria y fascista: la socialdemocracia europea y el progresismo latinoamericano. La Conferencia Internacional Antifascista (abril 2026), en Porto Alegre, ha develado conclusiones a tener en cuenta: (a) el auge de la extrema derecha no puede explicarse únicamente por su capacidad de movilización, sino también por las limitaciones y opciones de los gobiernos que se presentan como su alternativa; (b) el auge de la ultraderecha no solo se debe a un cambio ideológico, sino también a la frustración que emerge cuando los gobiernos elegidos con apoyo popular empiezan a gobernar en contra de las clases trabajadoras y populares; gobiernos que surgieron como alternativa terminaron abriendo espacios para el retorno agresivo de fuerzas reaccionarias; (c) el auge de la extrema derecha no se frenará con retórica, sino con una nítida ruptura con aquellas políticas que generan frustración social. 

Desde 2016, R. Zibechi postula los límites profundos del progresismo latinoamericano y advierte sobre la tendencia de un “giro a la derecha” en la región. Algunos de esos núcleos de tensión han adquirido relevancia en esta última década: grietas entre los gobiernos y las sociedades; integración de dirigentes y cuadros en el aparato estatal; limitación de la política a lo electoral, institucional y estatal; consolidación de nuevas elites bajo el progresismo y burguesías emergentes; imposición de modelos neodesarrolistas; expansión de la corrupción; reducción de la pobreza acompañada de agravamiento de la desigualdad; políticas sociales al servicio del capital financiero; intensificación de la represión para sostener privilegios; empobrecimiento del pensamiento crítico y crisis de los intelectuales, entre otros. Un tipo de “progresismo” cumpliendo la tarea de administrador disciplinado de la bancarrota del neoliberalismo.

Una etiología compleja del fascismo contemporáneo nos exige profundizar en los anteriores cuatros ámbitos o dimensiones: la fase capitalista de acumulación neoliberal y sus síntomas de crisis; las disputas por la hegemonía mundial y las guerras interimperalistas; el desencanto o malestar con la política y las democracias liberales; la desesperanza con la socialdemocracia europea y el progresismo latinoamericano.

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Las disputas terminológicas

El debate sobre la terminología se ha intensificado en la última década y consideramos que evidencia unas inquietudes legítimas. En primer lugar, evidencia el crecimiento y fortalecimiento de procesos de fascistización en la vida cotidiana de las sociedades actuales. En segunda instancia constituye un síntoma de la necesidad de comprender y confrontar los desafíos que esas fuerzas reaccionarias representan en nuestra época. Tercera, se trata de una confrontación que desborda la dimensión teórica y adquiere una dimensión política urgente.

Todo término tendrá limitaciones y vacíos, pero es un esfuerzo conceptual y político para la aproximación al fenómeno. La “batalla terminológica” gira en torno a tres problemáticas: (a) El nivel de novedad o no del fenómeno; (b) Subrayar los rasgos de continuidad o discontinuidad con relación al fascismo histórico; (c) Se trata de un renacimiento, restauración, reconstrucción o nunca ha dejado de existir. Las nociones más utilizadas son fascismo, nuevos fascismos, neofascismo, posfascismo, fascismo tardío, nueva derecha, extrema derecha y ultraderecha. La dificultad para nominar evidencia, al mismo tiempo, la complejidad del problema y los límites de los diversos términos.

Una etiología compleja del fascismo contemporáneo nos exige profundizar en cuatros ámbitos o dimensiones: la fase capitalista de acumulación neoliberal y sus síntomas de crisis; las disputas por la hegemonía mundial y las guerras interimperalistas; el desencanto o malestar con la política y las democracias liberales; la desesperanza con la socialdemocracia europea y el progresismo latinoamericano.

La argentina C. Wanschelbaum elabora una propuesta de agrupamiento del debate que pretende sistematizar la discusión teórica. Un primer grupo de intelectuales que no dudan en llamar “fascismo” a lo que estamos viviendo y, aunque el contexto histórico sea diferente, postulan que las características y dinámicas de las actuales fuerzas políticas comparten similitudes con el fascismo del siglo XX. Un segundo grupo que considera problemático o insuficiente el término “fascismo” para captar las complejidades del fenómeno política actual y proponen adjetivos complementarios. Un tercer grupo intelectual que analiza las novedades de la derecha subrayando sus configuraciones históricas para apropiar características persistentes del fascismo, como también sus transformaciones y adaptaciones a las circunstancias contemporáneas. La educadora reconoce las limitaciones y arbitrariedades de toda clasificación. 

En el primer grupo sitúa a A. Badiou, J. Butler, N. Chomsky y M. Lazzarato. Para Badiou es legítimo denominar “fascismo democrático” a los procesos de fascistización de las subjetividades contemporáneas producidas por el capitalismo en su fase actual; se trata de nuevas versiones de viejas políticas y tradiciones que tienen la peculiaridad de operar en el marco de un “aparato democrático”. Butler valora el triunfo de Trump como la identificación entre las promesas y acciones de un tipo de liderazgo que integra las características del fascismo histórico. Chomsky caracteriza el Partido Republicano de Estados Unidos como la organización más peligrosa de la historia reciente. Lazzarato establece un nexo intrínseco entre los nuevos fascismos y el neoliberalismo al reforzar las jerarquías de raza, sexo y clase con estrategias neoliberales; los nuevos fascismos son una mutación del fascismo histórico en la etapa neoliberal. 

Del segundo conjunto hace parte E. Traverso, S. Forti, C. Mudde, Y. Camus, C. Mouffe, W. Brown. Traverso propone la noción de “posfascismo” para aproximarse a la nuevas caras de la derecha porque conservan estrategias y elementos del fascismo histórico pero también diferencias relevantes; el fascismo anterior surgió en un contexto histórico bastante diferente como son la confrontación directa con la revolución bolchevique y la devastación posbélica de la Primera Guerra Mundial; no es pertinente la noción de “neofascismo” porque aunque conserven ciertas matrices fascista, no reivindican explícitamente el fascismo. Para Forti el término “fascista” se ha banalizado demasiado y no resulta adecuado para caracterizar a la “extrema derecha”; no son la típica milicia fascista de entreguerras, ni se asemejan a los partidos neofascistas de la segunda mitad del siglo XX; una novedad de esta “extrema derecha” es la utilización de tecnologías digitales para construcción del “sentido común”. Mudde propone la metacategoría de “ultraderecha” que engloba tanto la extrema derecha como la derecha radical, existiendo diferencias entre ellas; la “extrema derecha” es antidemocrática por principio, mientras la “derecha radical” es anti-liberal-demócrata, al cuestionar ámbitos liberales del sistema, pero no rechaza la democracia misma. Camus utiliza las nociones de “derechas populistas y radicales” para referirse a una pluralidad heterogénea de grupos políticos, que adoptan la “democracia parlamentaria”, pero se oponen a la globalización y defienden la “economía de mercado”; opta por el término “derecha extrema” para aquellos partidos que rechazan la democracia parlamentaria y los derechos fundamentales. Mouffe considera que usar términos como “fascismo” o hacer comparaciones con los años treinta del siglo XX no resulta adecuado para captar la particularidad de los movimientos políticos actuales; formula la categoría de “populismo de derecha” y reconoce un núcleo democrático en las demandas de dichos partidos al conectarse con aspiraciones populares. Para Brown no estamos presenciado el regreso de los fascismos de la década del treinta, ni tampoco una regresión de la civilización occidental; se está conformando algo relativamente nuevo, distinto de los fascismos, despotismos, tiranías, como también de los “conservadurismos convencionales”. 

El tercer grupo intelectual remite a D. Harvey, D. Feierstein, A. Borón, R. Carbone y se aproxima a la metáfora del “monstruo dormido”, por la posibilidad siempre presente de modos del ejercicio del poder y la dominación que pueden despertar y manifestarse nuevamente bajo ciertas condiciones. Es la corriente teórica que se aproxima más a la pertinencia de la noción de “neofascismo”. Afirmar que los gobiernos de Trump, Milei y Bolsonaro “son neofascistas no desenfoca, ayuda a entender la magnitud de la amenaza” (Wanschelbaum, 2025, p. 53). Para Harvey el capitalismo y el neoliberalismo solo pueden sobrevivir y desplegarse con destrucción y violencia; el capital en su fase actual para sobrevivir y acumular nos está acercando al fascismo de los años treinta; la tarea es luchar contra esa tendencia destructiva de capitalismo neoliberal. Feierstein, en Argentina, antes del triunfo de Milei, alertaba sobre la existencia de condiciones de posibilidad de emergencia del fascismo y su filtración en capas populares como una especie de “huevo de la serpiente fascista”; es en el campo de las “prácticas sociales” donde el riesgo es mayor; a pesar de sus diferencias existen rasgos comunes estructurales con el fascismo de los treinta porque intentan resolver contradicciones equivalentes y utilizar herramientas estructurales homologables. Borón postula cómo el carácter brutal y sanguinario de la derecha, potenciado por el influjo violento del imperialismo norteamericano, constituye una constante histórica en América Latina y el Caribe. Carbone destaca su “historicidad” desde el “fascismo clásico” a las condiciones actuales; no se trata de una simple repetición, sino de una adaptación que combina elementos tradicionales y nuevos; el fascismo contemporáneo es una reconfiguración del autoritarismo bajo la apariencia de democracia; fascismo no es un concepto que se ajuste a una experiencia particular, sino que es un poder que alimenta un movimiento transhistórico e internacional.

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Características del Fascismo Contemporáneo

Tres consideraciones importantes para desglosar las características del fascismo actual y una decisión ético-política. La primera consideración, queremos subrayar que se trata de una enumeración limitada de sus características y que son necesariamente debatibles según el horizonte teórico y político. La segunda, reiterar como lo destaca R. Koselleck, que la experiencia histórica precede a la conceptualización y que existen tensiones entre los hechos históricos y su transcripción lingüística. Tercera, el fascismo actual es hijo de su tiempo, de las condiciones históricas que lo posibilitan, no de la década del treinta del siglo XX.

La decisión ético-política implica priorizar las nociones de fascismo, neofascismo y posfascismo sobre derecha y extrema derecha. Hasta que los fenómenos amenazantes e inquietantes no son nombrados, en cierto sentido, no existen o no contienen el peligro que interpela. “Es necesario, pues, pronunciar la palabra “fascismo”, reconstruir su historicidad y dotarla de espesura en el presente” (Wanschelbaum, 2025, p. 54). 

El fascismo actual expresa características estructurales de las sociedades occidentales contemporáneas, como la perpetuación de las crisis económicas, el desencanto con el sistema democrático, la tendencia a la desideologización y la crisis de las utopías. El “posfascismo” (E. Traverso) está desprovisto del impulso vital y utópico de sus ancestros, que se concebían como alternativas civilizatorias, proyectos salvadores, etc., porque emerge en un tiempo que podemos denominar “post-ideológico”, marcado por unas elites que experimentan el “colapso de la esperanza”, el desprecio por las ideologías y el poder exclusivo del dinero. En nuestros días la “idolatría del mercado” es la religión de nuestro tiempo (E. Traverso). Su tiempo “presentista” hace que su vínculo con las masas sea distinto al del fascismo precedente: no tienen la ambición de movilizar grandes masas en torno a mitos colectivos o fundacionales, sino utilizarlas en las citas electorales para oponerse a lo que denominan el “sistema”, los “enemigos”, la “casta”, “los migrantes”, etc.; extrae su material de la continuidad de la crisis capitalista y del agotamiento de las democracias liberales que han conducido a las clases populares hacia la abstención y la desesperación. Postula cambiar el sistema “desde adentro”, a diferencia del fascismo clásico que deseaba “cambiarlo todo”. Esto explica su contenido fluctuante, inestable, a menudo plenamente contradictorio, como también la aceptación y mezcla ecléctica de filosofías políticas antinómicas. Consideramos que esta es la primera característica del fascismo actual: su régimen de historicidad específico.

El segundo rasgo común del fascismo actual, arraigado en todas sus variantes, tanto neonazis como partidos “moderados”, es la xenofobia y el racismo. Un odio violento hacia la alteridad, hacia el extranjero, especialmente el inmigrante y otras alteridades estigmatizadas, como una especie de “enemigo interior” que amenaza la convivencia, el trabajo y corrompe el “cuerpo sano de la nación”. El mecanismo social de fabricación de alteridades negativas no es una novedad en la vida social, pero su dimensión exponencial sí lo es. La lógica fascista actual convierte a demasiados “otros” en enemigos para odiar y liquidar: los pobres; los negros; las mujeres; los homosexuales; el mestizaje; los pensionados; los terroristas; los intelectuales; los que piensan distinto; etc. El “posfascismo” comparte una matriz antifeminista, negrófoba, homofóbica y en ciertas circunstancias antisemita (Traverso). Una xenofobia cotidiana y normalizada que escala a niveles amenazantes por las huellas del racismo estructural y colonialista. Una matriz colonial que se convierte en clave interpretativa del fascismo actual, porque no apunta a conquistar sino a segregar, expulsar y liquidar. Traverso postula como el trumpismo encarna una versión xenófoba y reaccionaria que elimina la otredad por vía de la atomización individualista; el fascismo histórico sostuvo la idea de “comunidad nacional” o “racial”, mientras Trump predica el individualismo extremo proponiendo un “americanismo” del self made, propio del darwinismo social. Trump simboliza la época del neoliberalismo, la era del capitalismo financiero, el individualismo competitivo, la precariedad endémica, como también el suprematismo y macartismo histórico blanco norteamericano.

La tercera característica del “neofascismo” (C. Wanschelbaum) es la recuperación de elementos del fascismo y la introducción de otros nuevos. Se recuperan de su antecedente la defensa de la propiedad privada, el vínculo con las corporaciones, los valores tradicionales, la apelación a un pasado mítico, la búsqueda de chivos expiatorios, la intensificación del control social, el autoritarismo y la disciplina, pero se añaden temáticas como la “ideología de género”, teorías conspirativas, una peculiar defensa del medio ambiente y el cuestionamiento de la idea de igualdad. Conjugan un programa neoliberal con el neoconservadurismo, la violencia y el odio colectivo. Ante cualquier amenaza a la pérdida de su poder, su respuesta se hace más reaccionaria, más violenta, más racista y abandona los consensos. Aunque para Lazzarato, la evolución de la ola fascista es difícil de prever porque se caracteriza por notables diferencias internas y nacionales, también habría que añadir que el destino de los movimientos neofascistas dependerá de las acciones concretas para construir alternativas a su despliegue. 

Otra de las características del neofascismo son las fuentes pulsionales que lo alimentan y que se sintetizan teóricamente en la “personalidad autoritaria” (Freud, Fromm, Horkheimer): una mezcla de frustración, temor y falta de autoconfianza que conducen al “goce” de su propia sumisión. La frustración y debilidad del “yo” se deben compensar en la fantasía como “orden y seguridad”; el temor paranoico se ha trasladado al “terrorista”, al extranjero y lo que denominan “minorías étnicas, sexuales o religiosas”. Saben fabricar y explotar el miedo, pero la solución siempre es “volver al pasado”. Existe un “buen pueblo”, un “nosotros” (varonil, homófobo, antifeminista, antiaborto, indiferente a la contaminación ambiental y hostil al intelectualismo) y un “mal pueblo” (inmigrante, drogadicto, marginal, inmoral, etc.); existe un “enemigo interno” (los migrantes que quitan el empleo a los nacionales; las mujeres, negros y homosexuales que han adquirido derechos). 

La quinta característica del “posfascismo” es no ocultar su pasión por los poderes autoritarios, peticiona leyes de seguridad, mayor intervención de la inteligencia policiva, permisividad de la tortura, pena de muerte, poderes unidimensionales, cárceles extremas, etc., pero a diferencia de sus antecedentes no critica directamente la democracia o los derechos humanos. Intenta justificar su autoritarismo como aparentes argumentos económicos y científicos. Puede mezclar demagógicamente frases como “seguridad democrática”, “guerra preventiva”, “dictaduras necesarias”, “armamentismo sano”, “guerras de intervención”, “guerras justas”, etc.; por momentos se comporta como una de las especies de “ilustración racista” al intentar poner la ciencia y la historia al servicio de los nuevos racismos. Traverso la caracteriza como “una nueva corrupción de la ilustración” y rememora la obra del C. Lombroso El Hombre blanco y el Hombre de color (1892), que postula la superioridad de la raza blanca argumentado que solo ella ha sabido proclamar la libertad del pensamiento y la libertad del esclavo.

El sexto rasgo, también ligado a su especificidad histórica, alude a la experiencia de la crisis de las utopías o el destino de la desesperanza (cierre del horizonte de expectativas). Al haber colapsado el “comunismo soviético” y haberse alineado la socialdemocracia en la gobernabilidad neoliberal, las derechas han venido adquiriendo una suerte de monopolio de la crítica al “sistema”, sin ninguna necesidad de mostrarse subversivas. Una especie de distanciamiento del establecimiento dentro del orden social capitalista; nunca se presenta como revolucionario, sino como conservador y reaccionario. La época porta una profunda paradoja: el fracaso del “socialismo real” y en América Latina las profundas limitaciones del “progresismo” fueron seguidas por una ofensiva ideológica del “conservadurismo” y no por un balance riguroso de las estrategias de la izquierda.

La séptima característica remite al tipo de liderazgo prototipo del “posfascismo” o “neofascismo”. Es una variante particular del “carisma”; no se parece al analizado por Weber que implicaba una relación directa, casi personal y emocional del líder con sus adeptos, sino un carisma “a distancia”, a través de los medios, con una figura cuya importancia radica en “que actúe” (la acción por la acción) y que, como no tiene un programa político y racional claro, puede permanentemente equivocarse y rectificar (los ejemplos de Berlusconi y de Trump son paradigmáticos). No aspira movilizar a las masas, sino a atraer públicos de individuos atomizados, consumidores precarizados y pasivos. Frente al descrédito de la política, promueven un modelo de “democracia plebiscitaria” que suprime la deliberación colectiva estableciendo una relación instrumental y afectiva entre líder/pueblo, jefe/nación, dirigente/fanático. 

Hemos intentado comprender los trazos profundos que caracterizan el fascismo actual. Sus posibles etiologías, las disputas por su nominación y las características generales de los procesos contemporáneos de fascistización. Estamos convencidos que prepararnos para su confrontación y la construcción de alternativas, necesariamente, pasa por su estudio sistemático y urgente.

Referencias bibliográficas

Adorno, T. (1984). Dialéctica Negativa. Madrid: Taurus.

Alliez, E, y Lazzarato, M. (2021). Guerras y Capital. Una contrahistoria. Buenos Aires: Tinta Limón

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Brown, W. (2020). En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Buenos Aires: Tinta Limón. 

Camus, Y. (2022). Las derechas y su ideología. Buenos Aires: Capital Intelectual. 

Carbone, R. (2024). Lanzallamas. Milei y el fascismo psicotizante. Buenos Aires: En Debate. 

Feierstein, D. (2023). La construcción del enano fascista. Buenos Aires: Siglo XXI

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Lazzarato, M. (2020). El capital odia a todo el mundo: Fascismo y revolución. Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Mouffe, C. (2022). Neofascismo ¿Neofascismo ¿Cómo surgió la extrema derecha global? Buenos Aires: Capital intelectual 

Mudde, C. (2021). La ultraderecha hoy. Barcelona: Paidós

Stefanoni, P. (2021). ¿La rebeldía se volvió de derecha? Buenos Aires: Siglo XXI

Traverso, E. (2001). Las nuevas caras de la derecha. Buenos Aires: Siglo XXI 

Traverso, E. (2016). Espectros del fascismo: pensar los derechos radicales en el siglo XXI.

Wanschelbaum, C. (2025). El proyecto político–pedagógico del neofascismo. México: Calas 

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