Jesús Gualdrón
Profesor
“Amo a Colombia”, manifestó el presidente de los Estados Unidos en declaraciones de prensa previas al sorteo del campeonato mundial de fútbol de 2026. Si el señor Trump quería congraciarse en ese momento con los periodistas y aficionados colombianos presentes en el evento, o si la satisfacción por su insólita designación para recibir el primer “Premio de la Paz” de la FIFA, la todopoderosa transnacional del fútbol profesional, lo sacó de su agresivo libreto contra nuestro país, está por verse. Lo innegable es que no existen, en verdad, indicios de ese amor tan repentino y sí muchos que generan enorme preocupación en relación con el futuro de nuestra soberanía, que parece estar en la mira de los planes guerreristas del injerencista mandatario.
En realidad, la política exterior de Estados Unidos hacia Colombia y, por extensión, hacia América Latina, combina la tradicional defensa de intereses económicos imperialistas, el control del narcotráfico como dispositivo de seguridad hemisférica y la intervención discursiva y material en las coyunturas políticas nacionales, con el fin de sostener un orden hemisférico favorable a Washington. En un escenario internacional marcado por una creciente tendencia a la multipolaridad, esta estrategia busca evitar el avance de potencias rivales, asegurar la estabilidad de los mercados y mantener a la región integrada en su esfera de influencia mediante alianzas diferenciadas, mecanismos de cooperación condicionada y amenazas de intervención militar para destruir procesos de autonomía política y limitar aún más la dignidad y la soberanía de los pueblos latinoamericanos.
La política exterior de Estados Unidos hacia Colombia y, por extensión, hacia América Latina, combina la tradicional defensa de intereses económicos imperialistas, el control del narcotráfico como dispositivo de seguridad hemisférica y la intervención discursiva y material en las coyunturas políticas nacionales, con el fin de sostener un orden hemisférico favorable a Washington.
No de otra manera podría entenderse que la declaración de amor trumpista por Colombia se produzca cuando, desde el Caribe, barcos de guerra, portaaviones y misiles enfilan su poder destructivo contra nuestro país. Y, claro, contra Venezuela, a la que seguramente Trump también ama tiernamente. Sin olvidar, por supuesto, que sus amenazas han sido proferidas asimismo en repetidas ocasiones contra México y Brasil, cuya enhiesta postura en el campo internacional resulta inaceptable a las pretensiones imperiales de los EE. UU.
Ejes de una política exterior imperialista
Para acercarnos a una mejor comprensión de las características de la política exterior de EE. UU. hacia Colombia, en particular, y hacia América Latina, en general, proponemos la consideración de los siguientes seis ejes sobre los que ella descansa.
1.Intereses económicos y posicionamiento estratégico.
Estados Unidos busca garantizar condiciones favorables para sus inversiones, el acceso a recursos y la estabilidad de sus cadenas de suministro. Colombia y América Latina funcionan como espacios clave para sostener puertos, corredores logísticos y seguridad energética. Esta dimensión económica se integra con la necesidad de mantener marcos regulatorios y gobiernos que no obstaculicen su presencia imperial.
2. El narcotráfico como dispositivo de seguridad regional.
Más que un problema exclusivamente criminal, el narcotráfico opera como un eje estructurante del relacionamiento político-militar. Permite justificar cooperación en inteligencia, presencia militar indirecta y programas de asistencia que aseguran a Estados Unidos un grado de influencia permanente en los asuntos internos de Colombia y otros países andinos. El papel de nuestro país en el comercio mundial de drogas ilícitas, especialmente como uno de los principales productores de cocaína, introduce factores estructurales que profundizan los conflictos internos, en particular la violencia, y aumentan la vulnerabilidad de la soberanía, como lo demuestra la actual coyuntura. Tal fenómeno se agrava por la ausencia de acuerdos internacionales basados en la corresponsabilidad y la equidad entre países productores y consumidores, cuyos sistemas financieros continúan beneficiándose del lavado y legalización de los capitales generados por el narcotráfico, mientras el consumo de drogas en EE. UU. y otros lugares del mundo crece exponencialmente.
3. Influencia sobre coyunturas políticas nacionales.
Las elecciones en la región son momentos que Washington monitorea para preservar gobiernos compatibles con su agenda en comercio, seguridad y alineamiento geopolítico. El respaldo diplomático, la ayuda financiera o las alertas sobre “riesgos” democráticos se utilizan como mecanismos de presión o apoyo según el caso. Este razonamiento es completamente aplicable al caso colombiano en las actuales circunstancias. En efecto, la política exterior del gobierno progresista de Gustavo Petro ha conducido a fuertes colisiones, particularmente en relación con el genocidio de los palestinos en Gaza, el despliegue militar en el Caribe y la amenaza de agresiones contra Venezuela, so pretexto del narcotráfico, que ahora se extienden a Colombia.
La actitud antinacional y complaciente con la política guerrerista estadounidense practicada por la derecha colombiana opositora al gobierno agrega elementos que profundizan el peligro de una intervención militar directa de los EE. UU. en nuestro país, en momentos en que la influencia política de esa corriente hace aguas, augurando su retroceso electoral en las elecciones parlamentarias y presidenciales del año entrante.
4. Competencia geopolítica en un mundo multipolar.
El avance de China, Rusia y otros actores globales en América Latina motiva a Estados Unidos a reforzar su presencia y a evitar la diversificación de alianzas regionales. Colombia, por su ubicación y cooperación histórica tradicional, podría funcionar como plataforma para contener esa expansión y proyectar capacidad de influencia hacia Sudamérica, Centroamérica y el Caribe. Ello hace necesario un cambio del gobierno colombiano favorable a los EE. UU. y contribuye a explicar la desproporción de las amenazas y el despliegue bélico que ponen en riesgo nuestra soberanía.
5. Cooperación condicionada como herramienta de poder.
La ayuda económica, militar y técnica se ofrece con condiciones que mantienen dependencias estructurales. Este mecanismo garantiza que los países adopten políticas compatibles con los intereses de Washington y limita márgenes de autonomía frente a otros actores globales.
6. Construcción de un orden hemisférico favorable.
Todos estos elementos se articulan para asegurar que América Latina permanezca integrada en la esfera de influencia estadounidense, en un momento en el que la disputa global exige consolidar aliados confiables y restringir espacios de competencia geopolítica en el hemisferio occidental. “Recuperar la grandeza estadounidense” constituye una meta estratégica irrenunciable para Estados Unidos. Todo indica que el bloque de poder encabezado por Trump está dispuesto a emplear cualquier recurso para lograrlo. Y así lo está demostrando.
En un escenario internacional marcado por una creciente tendencia a la multipolaridad, la estrategia imperialista de los EE. UU. busca evitar el avance de potencias rivales, asegurar la estabilidad de los mercados y mantener a la región integrada en su esfera de influencia mediante alianzas diferenciadas, mecanismos de cooperación condicionada y amenazas de intervención militar para destruir procesos de autonomía política y limitar aún más la dignidad y la soberanía de los pueblos latinoamericanos.
Presencia militar de los EE. UU. en el Caribe
En consonancia con lo expuesto, podemos afirmar que, en conjunto, la presencia militar funciona como dispositivo geopolítico de vigilancia, presión y aseguramiento de aliados en un entorno regional marcado por tensiones políticas y disputa de influencias. La amenaza militar, que se cierne sobre nuestra soberanía como una espada de Damocles, contribuye, en últimas, al logro de objetivos geoestratégicos, que podrían resumirse como sigue:
1. Proyección de poder y contención regional.
La presencia militar en el Caribe funciona como plataforma para vigilar y presionar a Venezuela, especialmente frente a su alianza con Rusia, China e Irán. Permite a Estados Unidos mantener capacidad de respuesta rápida y disuasión sin comprometerse necesariamente a una intervención directa.
2. Apoyo y supervisión del “aliado” colombiano.
En relación con Colombia, el otrora socio estratégico, la presencia en el Caribe pretende reforzar la relación de subordinación: acentúa la capacidad de Washington para influir en la política de seguridad colombiana e imponer políticas sobre narcotráfico y migración.
3. Control de rutas marítimas y operaciones antidrogas.
La justificación formal suele ser el combate al narcotráfico. En la práctica, la ubicación permite monitorear rutas estratégicas del Caribe y ejercer control sobre movimientos militares venezolanos y sobre tráfico ilícito de drogas por la zona.
4. Mensaje político en un contexto multipolar.
En un momento de competencia con potencias extrahemisféricas, esta presencia militar comunica que el Caribe sigue siendo un espacio prioritario y que Estados Unidos no está dispuesto a ceder influencia frente a nuevos actores en la región.
Una reflexión final
En estas circunstancias se impone la movilización popular y la búsqueda de solidaridad y apoyo de los pueblos del mundo contra la agresión imperialista. Es un momento de unión de todos aquellos para quienes la soberanía y la independencia de nuestro país constituyen un valor irrenunciable. No se puede soslayar ni minimizar el peligro que se cierne sobre nuestra patria. En la medida en que tomemos conciencia de ello, podremos adelantarnos a los planes de la ultraderecha que estimula abiertamente la intervención extranjera, incluso la militar, y derrotar sus pretensiones. ¡Que la injerencia y la amenaza imperialista de los EE. UU. choquen contra el muro de contención de un pueblo unido, consciente de su destino y dispuesto a luchar por la independencia y la soberanía nacionales!
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