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Ganar el gobierno, perder la dirección. Repolarización sin hegemonía en Colombia

Fabricio Muñoz

Investigador y analista de la Corporación CRISÁLIDA

 

La real comprensión crítica de sí mismo ocurre a través de una lucha de hegemonías políticas, 
de direcciones contrastantes.
Antonio Gramsci
 
 

La primera vuelta presidencial de 2026 ha sido interpretada como una nueva expresión de la creciente polarización política colombiana. Sin embargo, cuando la atención se desplaza de los resultados inmediatos hacia las relaciones de fuerza que estos permiten observar, emerge un problema distinto. La coyuntura que revela no es únicamente la existencia de dos bloques enfrentados, sino la dificultad de ambos para establecerse en una dirección nacional estable. Detrás de la disputa electoral asoma una crisis más profunda ligada al debilitamiento de antiguos consensos, a la fragmentación de las identidades políticas tradicionales y a la ausencia de un proyecto capaz de articular de forma duradera las principales demandas de la sociedad colombiana.

https://cnnespanol.cnn.com/2023/07/06/eln-historia-procesos-de-paz-colombia-orix/

La hipótesis de este trabajo sostiene que las elecciones presidenciales expresan una situación de repolarización sin hegemonía. La formulación dialoga con una preocupación clásica del pensamiento de Antonio Gramsci (1981), pues mientras la polarización remite a la confrontación entre fuerzas políticas consolidadas, la hegemonía supone la capacidad de una de ellas para trascender sus propios límites y presentarse como dirección intelectual, moral y política del conjunto social. Los resultados electorales sugieren una situación inversa, el progresismo acumuló durante los últimos años una importante fuerza institucional, pero no logró convertirla en una dirección política más amplia. Las derechas, por su parte, avanzaron sobre el desgaste del ciclo anterior y reorganizaron importantes sectores sociales alrededor de las demandas de orden y seguridad, aunque tampoco consiguieron convertirse en una nueva voluntad nacional.

Como advertía Nicos Poulantzas (1979), el Estado no constituye un sujeto autónomo situado por encima de la sociedad, sino una condensación de relaciones de fuerza. Esta observación resulta útil para comprender la coyuntura colombiana, ya que la conquista de posiciones institucionales no modifica por sí misma las correlaciones sociales existentes que estructuran la sociedad civil ni garantiza la construcción de nuevas formas de dirección política. En una dirección semejante, las reflexiones de Beatriz Stolowicz (2007) sobre los límites de los progresismos latinoamericanos, los trabajos de Massimo Modonesi (2010) acerca de los procesos de subjetivación política y las investigaciones recientes sobre neofascismos y disputa cultural en América Latina permiten advertir que la crisis actual no puede reducirse a una competencia electoral entre proyectos rivales. Lo que está en juego es la potencia de construir sentidos colectivos, articular demandas dispersas y producir nuevas formas de dirección política.

La primera vuelta presidencial interesa menos por sus resultados inmediatos que por los procesos históricos que contribuye a iluminar. El análisis se concentrará en cuatro fenómenos estrechamente vinculados. Los límites de la acumulación institucional progresista como estrategia de construcción hegemónica; el agotamiento del ciclo político organizado alrededor de la paz y su desplazamiento por la seguridad; la reorganización de las derechas en el marco de una crisis más amplia de dirección política, y, finalmente, las implicaciones estratégicas que esta repolarización sin hegemonía plantea para la acción política en la Colombia contemporánea.

Desde esta perspectiva, la primera vuelta presidencial interesa menos por sus resultados inmediatos que por los procesos históricos que contribuye a iluminar. El análisis se concentrará en cuatro fenómenos estrechamente vinculados. Los límites de la acumulación institucional progresista como estrategia de construcción hegemónica; el agotamiento del ciclo político organizado alrededor de la paz y su desplazamiento por la seguridad; la reorganización de las derechas en el marco de una crisis más amplia de dirección política, y, finalmente, las implicaciones estratégicas que esta repolarización sin hegemonía plantea para la acción política en la Colombia contemporánea.

La paradoja progresista. Acumulación institucional y construcción hegemónica

Las recientes elecciones, tanto las legislativas como las presidenciales, pusieron de manifiesto una paradoja que atraviesa buena parte del ciclo político abierto en 2022. El progresismo llega a esta coyuntura después de conquistar el gobierno nacional, ampliar de manera significativa su representación institucional e impulsar importantes reformas, aunque sin construir una ventaja hegemónica equivalente. Más que una derrota o una victoria electoral, los resultados permiten observar los límites de una estrategia que logró ocupar posiciones dentro del Estado sin transformar en la misma medida los equilibrios de poder presentes en la sociedad.

La relevancia de esta cuestión radica en que la coyuntura no expresa el agotamiento del progresismo. Una fuerza capaz de movilizar millones de votos y disputar la presidencia conserva un alcance político considerable, aunque tampoco ha logrado constituirse en una nueva mayoría histórica. Entre ambas situaciones emerge el problema central que revela el escenario electoral y que permite comprender buena parte de las tensiones del momento actual.

Gramsci (1981) señalaba que la hegemonía supone algo más que la administración del gobierno, pues implica la aptitud de producir consensos duraderos, organizar culturalmente a la sociedad y construir una dirección intelectual y moral capaz de trascender las coyunturas inmediatas. Desde esta perspectiva, una de las dificultades del progresismo colombiano consistió en asumir, de forma explícita o implícita, que la conquista del gobierno podía acelerar procesos que responden a una temporalidad más extensa. Como advertía Poulantzas (1979), el Estado no constituye un instrumento que cambia de orientación según quienes ocupen sus instituciones, sino una condensación de relaciones de fuerza construidas históricamente y sometidas a disputa permanente.

La experiencia colombiana parece mostrar con claridad esa tensión. Durante estos años se produjo una importante acumulación institucional, pero parte de la energía social que hizo posible ese avance terminó desplazándose hacia la gestión estatal. Lo que había surgido como una dinámica de movilización social tendió a transformarse en una dinámica de administración gubernamental, mientras una porción significativa de la potencia transformadora que acompañó el ascenso progresista fue absorbida por las exigencias de la institucionalidad. Como resultado, amplios sectores populares dejaron de actuar como sujetos activos de transformación y pasaron a ocupar el lugar de apoyos externos de procesos conducidos desde el Estado. Lo que aquí denominamos privatización de la movilización social no remite a la desaparición de la acción colectiva, sino a la separación creciente entre las dinámicas institucionales del cambio y las capacidades autónomas de organización popular.

 

Quizá la principal enseñanza de esta coyuntura consista en obligar a replantear las preguntas que orientan la acción política. Durante demasiado tiempo la discusión giró alrededor de la conquista del gobierno, las reformas institucionales o las estrategias electorales. Sin desconocer la importancia de estas dimensiones, los resultados electorales sugieren que el problema decisivo se encuentra en otro lugar. La cuestión central vuelve a ser la construcción de hegemonía entendida como la capacidad de articular organización social, producción cultural, conflicto político y dirección colectiva alrededor de un proyecto capaz de trascender los límites de sus propias bases inmediatas.

https://cdn.colombia.com/sdi/2022/10/10/se-registro-una-nueva-masacren-el-cauca-tres-personas-fueron-asesinadas-por-hombres-armados-1073700.jpg

Esta situación se expresó con especial claridad en el terreno de las reformas. Aunque varias de ellas registraron avances importantes, fueron concebidas y presentadas ante todo como iniciativas gubernamentales, jurídicas o administrativas, mientras su dimensión política quedó subordinada a las negociaciones parlamentarias y a los procedimientos institucionales. El problema no radica solo en las limitaciones del gobierno, sino también en las dificultades de un movimiento social que, salvo excepciones puntuales, no logró convertir las reformas en escenarios de organización, deliberación y ampliación de capacidades colectivas. Con frecuencia, la reforma apareció más como política pública que como proceso de construcción de poder social.

Beatriz Stolowicz (2007) ha insistido en que los cambios gubernamentales no deben confundirse con transformaciones profundas de las relaciones de poder, y la coyuntura abierta tras la primera vuelta parece confirmar esa advertencia. La acumulación institucional avanzó con mayor rapidez que la construcción hegemónica, mientras la ampliación de la representación política no estuvo acompañada por un fortalecimiento equivalente de la organización social. Es en esa distancia entre gobierno y hegemonía donde comienza a configurarse la repolarización sin hegemonía que caracteriza el momento colombiano actual.

Del horizonte de la paz al paradigma de la seguridad

Las recientes elecciones permitieron observar una transformación que venía gestándose desde tiempo atrás y cuyas implicaciones exceden ampliamente la coyuntura electoral. Durante más de una década, desde el inicio de los diálogos entre el gobierno nacional y las FARC, la paz ocupó el lugar de principal horizonte de la política colombiana. No se trataba solo de una negociación o de una política pública específica, pues funcionaba como un principio de inteligibilidad de la realidad nacional a partir del cual se interpretaban los conflictos del país, se evaluaban los proyectos políticos y se discutían las posibilidades de transformación social. Incluso quienes se opusieron a los acuerdos debieron hacerlo dentro de un campo político estructurado por la cuestión de la paz.

La coyuntura abierta en este escenario sugiere que ese ciclo comienza a mostrar signos de agotamiento. No porque las demandas de paz hayan desaparecido ni porque las causas históricas de la violencia hayan sido resueltas, sino porque la paz parece haber perdido parte de su facultad para ordenar el debate público nacional. Allí donde durante años la pregunta central estuvo asociada a las condiciones necesarias para superar la guerra, comienza a imponerse otra preocupación ligada al orden, el control territorial y la seguridad. Lo significativo no reside en el cambio de tema, sino en la modificación del principio que orienta la interpretación de la crisis colombiana.

Sería un error atribuir este proceso de forma exclusiva a la ofensiva ideológica de las derechas. La seguridad no desplazó a la paz porque existiera una narrativa conservadora más eficaz, ya que el fenómeno hunde sus raíces en las contradicciones del propio ciclo progresista. La Paz Total1 surgió como un intento de prolongar y profundizar el imaginario político abierto por La Habana mediante negociaciones simultáneas, reformas territoriales y estrategias de integración social. Sin embargo, su desarrollo estuvo atravesado por una tensión persistente entre la promesa de una transformación política del conflicto y la permanencia de una arquitectura estatal organizada históricamente bajo lógicas contrainsurgentes.

Esa contradicción se expresó de múltiples maneras. Mientras el discurso gubernamental insistía en la necesidad de construir soluciones negociadas y enfrentar las causas estructurales de la violencia, la acción estatal continuó recurriendo a dispositivos militares, operaciones ofensivas y mecanismos de control territorial inscritos en una larga tradición de administración armada del conflicto. La Operación Perseo2 constituye quizá la expresión más visible de esta tendencia. Presentada como una intervención integral destinada a recuperar la gobernabilidad en regiones estratégicas, terminó reproduciendo una lógica de guerra de movimientos basada en ocupaciones militares, despliegues ofensivos y control coercitivo del territorio. Más allá de sus resultados, estas intervenciones reforzaron la centralidad de la seguridad como criterio privilegiado de intervención estatal.

Es en este contexto en el que adquiere sentido la noción de progresismo contrainsurgente3. No porque exista una identidad entre el actual gobierno y los proyectos políticos que durante décadas condujeron la guerra, ni porque la Paz Total pueda reducirse a una continuidad de las doctrinas de seguridad precedentes. El concepto permite señalar un problema más específico. La dificultad del progresismo para construir una alternativa estable a las formas históricas mediante las cuales el Estado colombiano ha gestionado el conflicto. La promesa de una transición hacia una lógica de construcción hegemónica terminó coexistiendo con dispositivos que seguían interpretando amplios sectores del territorio y de la conflictividad social a través de categorías securitarias y contrainsurgentes.

La consecuencia política de este proceso fue profunda. La paz comenzó a perder potencia para estructurar el sentido común nacional, mientras la seguridad ocupó de forma gradual ese espacio. La persistencia de la guerra, la reconfiguración territorial del conflicto y las limitaciones de la propia Paz Total erosionaron la fuerza articuladora del principio articulador inaugurado por La Habana. La seguridad dejó entonces de ser una política sectorial para convertirse en una categoría capaz de condensar demandas de autoridad, estabilidad, eficacia estatal y protección frente a la incertidumbre.

La importancia de este desplazamiento radica en que modificó el terreno mismo sobre el cual se desarrolla la disputa política contemporánea. Las nuevas derechas no produjeron esta transformación. La encontraron en marcha y supieron interpretarla con mayor eficacia que sus adversarios. La fortaleza que exhiben en la coyuntura actual no puede explicarse únicamente por sus liderazgos o estrategias comunicativas. Debe entenderse también como resultado del agotamiento de un ciclo histórico en el que la paz funcionó como horizonte de la vida política nacional. Cuando ese horizonte comenzó a debilitarse, la seguridad emergió como el nuevo lenguaje privilegiado para interpretar la crisis colombiana. Sobre ese terreno se reorganizan hoy las correlaciones de fuerzas existentes que caracterizan la repolarización sin hegemonía.

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Neofascismos y reorganización conservadora

Este episodio electoral permite observar no solo el agotamiento relativo del ciclo político organizado alrededor de la paz, sino también la consolidación de una nueva configuración del campo conservador. Su principal novedad no radica en el retorno de la derecha como actor competitivo, pues esta nunca abandonó el escenario político colombiano. Lo novedoso reside en la forma que adquiere su reorganización en el contexto actual.

Esta transformación hunde sus raíces en la tradición conservadora colombiana y, de manera particular, en la experiencia uribista, de la cual hereda la centralidad de la seguridad, la construcción permanente de enemigos internos y la asociación entre autoridad, nación y orden. Sin embargo, no puede entenderse como una simple continuidad. La reorganización conservadora incorpora elementos que la conectan con fenómenos observables en distintas regiones del mundo y, sobre todo, en América Latina, donde diversas expresiones neoconservadoras combinan demandas de orden con discursos antisistema, liderazgos personalistas, batalla cultural y una movilización constante de afectos asociados al miedo, la incertidumbre y el resentimiento.

En este sentido, resulta más adecuado hablar de una reorganización conservadora con tendencias neofascistas4 que de una restauración tradicional. No porque exista un fascismo consolidado ni porque las experiencias contemporáneas reproduzcan de manera mecánica las formas históricas del siglo XX, sino porque comparten algunos de sus mecanismos fundamentales. La construcción de amenazas permanentes, la deslegitimación de las mediaciones democráticas, la producción política del miedo y la promesa de restaurar un orden supuestamente perdido constituyen rasgos recurrentes de estas configuraciones políticas.

La repolarización sin hegemonía no constituye solo un diagnóstico. Constituye también una advertencia estratégica. Mientras ninguna fuerza logre construir una dirección capaz de organizar de manera estable las aspiraciones, temores y expectativas que atraviesan la sociedad colombiana, la disputa política continuará desarrollándose sobre un terreno inestable, abierto y conflictivo. Es allí donde reside el principal desafío del tiempo que comienza.

La fuerza reciente de esta reorganización conservadora no proviene únicamente de sus liderazgos o de sus estrategias comunicativas. Surge también de su facultad para interpretar una transformación previa del campo político. A medida que la paz perdió centralidad como horizonte organizador y la seguridad ocupó ese lugar, se abrió un espacio susceptible de ser articulado por actores capaces de convertir la demanda de orden en proyecto político. Estas fuerzas no produjeron ese desplazamiento. Lo encontraron en marcha y consiguieron construir una narrativa capaz de darle forma y dirección.

Sin embargo, sería prematuro interpretar este proceso como la consolidación de una nueva hegemonía. El momento político actual pone de manifiesto una situación diferente: por un lado, las derechas lograron convertirse en las principales intérpretes de una crisis de dirección política que permanece abierta; y, por otro, su crecimiento expresa tanto su capacidad de articulación como las dificultades de sus adversarios para construir nuevos horizontes colectivos. Precisamente por ello, su avance constituye uno de los síntomas más visibles de la repolarización sin hegemonía que caracteriza la coyuntura colombiana.

Más allá de la polarización. La repolarización sin hegemonía

La hipótesis de este trabajo no consiste en afirmar que Colombia atraviesa una simple polarización electoral ni en sostener que una nueva hegemonía conservadora se encuentre en proceso de consolidación. Los resultados electorales permitieron observar es algo distinto. El agotamiento simultáneo de dos expectativas que organizaron buena parte del ciclo político reciente. Por un lado, la expectativa progresista según la cual la acumulación institucional conduciría a una nueva dirección nacional. Por otro, la expectativa conservadora que suponía que el desgaste gubernamental bastaría para restaurar un orden político estable.

La coyuntura actual sugiere que ninguna de estas hipótesis logró verificarse plenamente. El progresismo conserva una importante fuerza electoral e institucional, aunque encuentra dificultades para convertir esa fuerza en organización social, producción de consensos y dirección cultural. Las derechas, por su parte, han interpretado con eficacia el desplazamiento de la paz hacia la seguridad y han reorganizado importantes sectores sociales alrededor de la demanda de orden. Sin embargo, su crecimiento tampoco expresa la consolidación de una nueva hegemonía. Este proceso deja entrever una disputa intensa por la dirección política de una sociedad cuyos principios tradicionales de articulación han comenzado a debilitarse.

Esta constatación posee implicaciones que trascienden el calendario electoral. Independientemente de lo que ocurra en la segunda vuelta presidencial, los procesos descritos en estas páginas seguirán formando parte de la realidad política colombiana. La distancia entre gobierno y hegemonía no desaparecerá con una victoria progresista, como tampoco el agotamiento del ciclo de la paz o la reorganización conservadora se resolverán mediante una alternancia en el poder. La primera vuelta debe leerse menos como un acontecimiento cerrado que como una ventana desde la cual observar transformaciones de mayor duración.

Quizá la principal enseñanza de esta coyuntura consista en obligar a replantear las preguntas que orientan la acción política. Durante demasiado tiempo la discusión giró alrededor de la conquista del gobierno, las reformas institucionales o las estrategias electorales. Sin desconocer la importancia de estas dimensiones, los resultados electorales sugieren que el problema decisivo se encuentra en otro lugar. La cuestión central vuelve a ser la construcción de hegemonía entendida como la capacidad de articular organización social, producción cultural, conflicto político y dirección colectiva alrededor de un proyecto capaz de trascender los límites de sus propias bases inmediatas.

Desde esta perspectiva, la repolarización sin hegemonía no constituye solo un diagnóstico. Constituye también una advertencia estratégica. Mientras ninguna fuerza logre construir una dirección capaz de organizar de manera estable las aspiraciones, temores y expectativas que atraviesan la sociedad colombiana, la disputa política continuará desarrollándose sobre un terreno inestable, abierto y conflictivo. Es allí donde reside el principal desafío del tiempo que comienza. 

Referencias bibliográficas

Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la cárcel. Era.

Modonesi, M. (2010). Subalternidad, antagonismo y autonomía. CLACSO.

Poulantzas, N. (1979). Estado, poder y socialismo. Siglo XXI Editores.

Stolowicz, B. (2007). El debate actual. Posliberalismo o anticapitalismo. CLACSO.

Franco Restrepo, V. L. (2009). Orden contrainsurgente y dominación. Siglo del Hombre Editores.

Gómez, R. (2024). Los neofascismos mediatizados y mid cult como lógica política y cultural del lumpen-capitalismo latinoamericano. CLACSO.

1  Política impulsada por el gobierno de Gustavo Petro orientada a combinar la implementación del Acuerdo de Paz de 2016 con procesos de diálogo y negociación con distintos actores armados.

2  Operación militar desarrollada por el gobierno colombiano en octubre de 2024 para recuperar el control territorial de El Plateado, en el departamento del Cauca, entonces bajo influencia del Estado Mayor Central.

3  La noción de progresismo contrainsurgente sigue las elaboraciones desarrolladas por Vilma Liliana Franco Restrepo en Orden contrainsurgente y dominación (2009), donde analiza la persistencia de dispositivos de control territorial, gestión del conflicto y producción de orden que trascienden los cambios de gobierno y se inscriben en formas históricas de dominación estatal.

4  El uso de la categoría neofascismo sigue las elaboraciones de Rodolfo Gómez en Los neofascismos mediatizados y mid cult como lógica política y cultural del lumpen-capitalismo latinoamericano (2024). El concepto remite a formas contemporáneas de reorganización conservadora que articulan autoritarismo, construcción permanente de enemigos, movilización afectiva y discursos antisistema sin reproducir mecánicamente los fascismos clásicos del siglo XX.

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