Jorge Gantiva Silva
Filósofo
Universidad Nacional de Colombia
Profesor Titular Universidad del Tolima
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
Del verdugo, a pesar suyo
Y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que antes, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
Y del que te negó, después, tres veces!
César Vallejo, Poesía completa
No se puede confiar en el imperialismo
pero ni un tantito así, nada.
Ernesto Che Guevara
…Ante la eventualidad de la invasión…
Hay que morir peleando en la primera línea.
Morir al frente con la dignidad
de un venezolano que ama este país.
Hugo Chávez
La geopolítica del terror y la estrategia del Leviatán
Chávez había previsto el día catastrófico de la agresión imperialista, comparándolo con el golpe de Estado y el secuestro del general Noriega en 1989, y alentaba a la resistencia con dignidad ante la eventualidad de una acción similar. El pronóstico se cumplió el 3 de enero de 2026, día que pasará a la historia mundial y latinoamericana como la mayor afrenta contra la patria de Bolívar perpetrada por el imperialismo norteamericano, y uno de los actos criminales de mayor brutalidad en los últimos cien años contra la soberanía y la dignidad de Nuestra América. Un centenar y medio de ciudadanos y combatientes venezolanos y cubanos fueron asesinados en el ataque aleve contra la ciudad de Caracas, Fuerte Tiuna, La Guaira, Higuerote, Aragua y otras bases militares, destruyendo vidas humanas e infraestructuras residenciales y afectando severamente, en lo material y sicológico, a la población civil. Con el despliegue de portaviones y aviones de combate, barcos de guerra, armas sofisticadas de nueva generación, el uso de drones y el empleo de tecnologías basadas en la inteligencia artificial, y con la connivencia de varios gobiernos de derecha de la región y del mundo, los Estados Unidos de América desataron un ataque fulminante contra la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela y la dignidad del pueblo venezolano, y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores. En la madrugada del 3 de enero, un sábado, en plena resaca de las fiestas de Año Nuevo, cuando nadie imaginaba el desenlace del ataque criminal contra una nación libre, independiente y soberana, cuyo “delito” consistía en haber desafiado el dictamen del imperio y de la oligarquía, como si se tratara de la erupción de un volcán infernal, la historia de Caracas y de Venezuela quedó bajo el fuego inclemente del yanqui invasor. Caracas vivió una madrugada de terror y aún sigue bajo los efectos traumáticos del dolor, el miedo y la incertidumbre. Este maldito 3 de enero partió de un cuajo la historia de la República Bolivariana de Venezuela y dio inicio a un nuevo curso de la historia del hemisferio occidental marcada por el garrote del hegemón con su nueva doctrina de Seguridad Nacional y la irrupción de un gobierno de colaboración con la administración de Trump, cuyo grupo dirigente (Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Padrino López y Diosdado Cabello) acepta seguir un curso de acción sumamente peligroso de concesiones al imperio.
Tras una singular estrategia de presión, hostigamiento y acciones criminales, acompañada de sanciones, amenazas y operaciones encubiertas de la CIA, los Estados Unidos de América, bajo la presidencia de Donald Trump, desataron el feroz golpe contra Venezuela para controlarla, capturarla y someterla a su designio. De este modo, quebraba el “alma viva” de la “revolución bolivariana” cuyo resplandor animó importantes procesos de resistencia y movilización en América Latina y el mundo. Al disiparse la línea estratégica de la soberanía y de la revolución, el país ha quedado a merced del dictamen norteamericano y de los Halcones que devoraron su dignidad. La “transición” ha comenzado en una primera fase de “estabilización” que ha sellado la condición de semicoloniaje, compartiendo con su propio verdugo el destino de una nación que se negó durante 27 años a ser una colonia americana.
Tras una singular estrategia de presión, hostigamiento y acciones criminales, acompañada de sanciones, amenazas y operaciones encubiertas de la CIA, los Estados Unidos de América, bajo la presidencia de Donald Trump, desataron el feroz golpe contra Venezuela para controlarla, capturarla y someterla a su designio. De este modo, quebraba el “alma viva” de la “revolución bolivariana” cuyo resplandor animó importantes procesos de resistencia y movilización en América Latina y el mundo. Al disiparse la línea estratégica de la soberanía y de la revolución, el país ha quedado a merced del dictamen norteamericano y de los Halcones que devoraron su dignidad. La “transición” ha comenzado en una primera fase de “estabilización” que ha sellado la condición de semicoloniaje, compartiendo con su propio verdugo el destino de una nación que se negó durante 27 años a ser una colonia americana.
En efecto, el liderazgo del chavismo revolucionario venía siendo menoscabado en los últimos lustros de conflictividad endémica e incapacidad estratégica del madurismo ‒la fuerza hegemónica de poder‒, y perdía, además, el consenso y la legitimidad en amplios sectores de la sociedad. Elías Jaua, destacado dirigente chavista, ha señalado que la capitulación marcaría un giro regresivo ante el invasor. En particular, el “cuadrante” del poder bolivariano y del chavismo burocrático intentaron sobrevivir a la crisis de la elección presidencial y de la presión internacional; sin embargo, la disminución de sus fuerzas crecía ostensiblemente y no lograba construir una línea de unidad nacional que pudiera fortalecer una estrategia de defensa de la independencia y la reorientación del proyecto que prometía desde sus inicios ser la “revolución bonita”. Por el contrario, el bloqueo imperialista arreciaba sumado a la incapacidad de la dirigencia madurista de asumir el reto de enfrentar el acelerado proceso de intervención yanqui, lo cual se evidenciaba no solo en la pasividad y el “folklorismo” como características de la subjetividad colectiva, sino como ausencia de una conducción organizada para asumir la magnitud de la amenaza imperialista. Además, fue evidente el relativo apoyo en el nuevo período presidencial de Nicolás Maduro, que intentó superar este bache estructural y estratégico del proyecto bolivariano con promesas consoladoras. Si bien la acentuada presión internacional y la dura crisis económica y social de los trabajadores y del pueblo llegaron a niveles exorbitantes de empobrecimiento y miseria, tampoco lograba avanzar en la democratización y respeto de los Derechos Humanos. Los alcances y posibilidades de maniobra habían quedado disminuidos y desprovistos de visión estratégica. En este contexto, la brecha de la fragilidad política del grupo gobernante se profundizó hasta el punto de animar al invasor yanqui a atacar brutalmente.
Ciertamente, Venezuela buscaba una salida a la gravedad de la amenaza a través de una política de diálogo con Washington; sin embargo, las limitaciones en la conducción política y la presión gringa hicieron estallar el magma de la crisis. Los BRICS carecían de iniciativa y su liderazgo internacional estaba sensiblemente debilitado por la ofensiva de los Estados Unidos; el estancamiento de la guerra de Ucrania puso a Rusia en una situación adversa y estimuló el rearme de la OTAN y de Europa, mientras China se veía limitada para tomar cualquier iniciativa militar respecto de la recuperación de Taiwán; además, crecían las posibilidades del estallido de una nueva guerra con Irán. De otra parte, continuaba el genocidio en Gaza y se acentuaba la política neocolonial de despojo, anexión y dominio del gran capital transnacional en Palestina. En efecto, el presidente Maduro intentaba mantener un liderazgo en el marco del multilateralismo, mientras, sin ambages, el imperio y la nueva doctrina de seguridad nacional recién aprobada habían sentenciado la hora de la agresión. Desde septiembre habían trazado el objetivo de golpear el “régimen de Caracas” al desplegar los portaviones y la fuerza naval más poderosa dotada de las nuevas armas de destrucción y de las plataformas del tecno-capitalismo, el uso sofisticado de drones, inteligencia artificial y las nuevas tecnologías de guerra.
En este contexto, Venezuela se encontró en un “punto muerto” y la dirección “distraída” no logró asumir la orientación estratégica para enfrentar la agresión imperialista. A lo sumo, se redujo a la protección del presidente Maduro, que a la postre resultó incapaz e ineficiente, salvo por la valerosa resistencia y el heroísmo de los combatientes cubanos y venezolanos que ofrendaron sus vidas en la madrugada del 3 de enero. El imperio aprovechó las debilidades y su superioridad militar, incluyendo una evidente infiltración y traición del alto mando militar, y procedió a decapitar el gobierno y someterlo a condiciones de subordinación y tutelaje. Trump gritó entonces I took Venezuela, una reedición miserable de la toma del canal de Panamá en 1903. El gobierno del “cuadrante” bolivariano quedó atrapado, y la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sometida a los pactos y condiciones de la fuerza imperial que la había vejado y esparcía lisonjas, ostentaciones y amenazas. Unas veces amenazaba con regresar con el garrote si no cumplía lo pactado y otras la exaltaba como una persona “fantástica” con una calificación de “diez” en conducta. Este giro espectral de la historia venezolana marca el punto de inflexión del proyecto bolivariano y da inicio al proceso de coadministración con los Halcones de la muerte, manteniendo aún las formalidades institucionales y las promesas de “salvación”. Se acentúa de este modo el proceso de configuración de un modelo de gobernanza semicolonial.
En general, el hegemón se ha apoyado en la estrategia de la política del terror, de la necropolítica del exterminio, el chantaje nuclear y la fuerza como mandamiento del “ordenamiento” global. No tiene otra forma de despojar, agredir y someter a las naciones y a los pueblos que mediante el empleo de la violencia, el uso de la fuerza, la difusión del militarismo y la implantación de la militarización. Aunque el ogro infame se halla en su larga agonía, se inspira en las teorías y doctrinas más regresivas, arcaicas y antihumanas de la sociedad capitalista transnacional: desde el Leviatán hobbesiano del despiadado “soberano” (rey, emperador o dictador imperial) que lo “ordena”, califica y descalifica, pasando por el “decisionismo” nazi de Schmitt, que desprecia, repudia y pisotea la democracia, la participación, el respeto de los derechos y la vigencia del derecho internacional, hasta las más grotescas teorías y visiones ideológicas de Peter Thiel (Palantir), el supremacismo, la incompatibilidad entre democracia y libertad, el odio a la inmigración y a los pueblos, el negacionismo, la idolatría de las nuevas tecnologías digitales y la inteligencia artificial, el poshumanismo y la recuperación del nazi-fascismo como bases del nuevo paradigma de la política mundial y existencial de la humanidad. Sus compinches son los magnates de las corporaciones tecnológicas del capital transnacional. El delirio de esta fantasía se apoya en la “singularidad” y el control del mundo desde el Golden Domo (Cúpula Dorada) del Ártico y el dominio del espacio extraterrestre. Unos nuevos Rasputín surgen en el escenario geopolítico que no juegan a la “mística”, sino a la mítica dominación poshumana. Nuevamente los delirios de Hitler se reviven en la teología política de MAGA, acrónimo delirante del dominio mundial.
El “nudo gordiano” del proyecto bolivariano
Como si se tratara del nudo del rey Gordio de Frigia en la antigua Anatolia, el hegemón decide cortar de un tajo la urdimbre histórica que entrelazaba los tres (3) fenómenos convergentes de la tragedia venezolana: a) el fracaso de los gobiernos progresistas latinoamericanos y la contraofensiva derechista continental y mundial; b) la agudización de la crisis económica, social y moral de la sociedad de los Estados Unidos y la irrupción de la nueva política de seguridad nacional y su corolario Trump, y c) el debilitamiento y fragmentación del multilateralismo, carente de unidad política y estratégica, limitado para asumir los embates del imperio (genocidio de Gaza, guerra en Irán y Medio Oriente, invasión a Venezuela, asedio a México, Canadá, Colombia y Groenlandia), el empantanamiento de Rusia en la guerra de Ucrania y la contención de la ofensiva comercial china en América Latina.
En este contexto, el genocidio en Palestina constituye el punto de inflexión que reveló al mundo el nuevo tipo de capitalismo tecnológico transnacional y la singularidad de la política imperial bajo la imposición de la nueva doctrina Monroe y su corolario Trump, la irrupción de la IA como arma de guerra, la expansión del neo-nazifascismo como política global del imperio y de las élites gobernantes de USA, Europa y del mundo y el multilateralismo debilitado de Rusia y China y su “discreta” o pasiva actitud en varios entornos de la geopolítica mundial. En la multiplicidad de conflictos y guerras, estas potencias “amigas” han actuado de conformidad con sus intereses y estrategias, como en el caso del genocidio en Gaza y la invasión a Venezuela. Según esta lógica ha prevalecido la política de mantener los grandes negocios económicos, comerciales y tecnológicos con el régimen criminal de Netanyahu. De igual modo, la estrategia gringa se extiende a lo largo del planeta para acrecentar el saqueo de los recursos y riquezas de las naciones en su descomunal disputa por la hegemonía y el control estratégico del mundo y del hemisferio occidental.
En este escenario seguirán abriéndose muchos debates y disputas. Los pueblos y trabajadores del mundo sabrán sacar sus enseñanzas y conclusiones. Tal vez la rica experiencia de la solidaridad y la movilización social mundial Por otro mundo posible se mantendrá como un horizonte liberador; el antiimperialismo de Chávez será un referente político y moral; las luchas por la redención de las masas populares se mantendrá como una experiencia de afirmación y creación heroica; el impulso de la revolución cultural será un soporte del pensamiento crítico internacional, y las potentes manifestaciones de solidaridad con pueblos del mundo serán un faro que brillará en el horizonte de liberación de la humanidad.
Los Estados Unidos de América atacaron el alma del proyecto bolivariano: su dignidad y soberanía; humillaron a las Fuerzas Armadas venezolanas y decapitaron la jefatura del gobierno bolivariano. Su decisión consistió en “cortar el nudo gordiano” el 3 de enero de 2026 y destruir cualquier posibilidad de resistencia militar, secuestrar la pareja presidencial e infringir un golpe mortal al proyecto de la soberanía y de la revolución bolivariana seriamente lastimado en los últimos años en virtud del bloqueo y las sanciones, agravadas por la política errática del madurismo contemporizador y burocrático. En esta estrategia imperial contribuyeron a su desenlace fatal las ambigüedades e incoherencias del gobierno bolivariano, en la medida en que unas veces jugaba con la táctica de la “negociación” con el gobierno norteamericano (Biden, Trump) y, otras, recurría a la fantasía de la “Guerra del Pueblo”, según la versión vietnamita y la resistencia de la milicia popular; y no pocas veces ostentaba la capacidad militar de enfrentar al gringo invasor. La derrota política y militar del 3 de enero constituye un hecho trágico en la historia de las revoluciones y los procesos de liberación de Nuestra América. El gobierno y el alto mando militar están obligados a reconocer y explicar los errores, las fallas y la evidente traición y el colaboracionismo de sectores del propio gobierno y de las fuerzas armadas. Esta deuda histórica ya es reclamada por el pueblo y el chavismo revolucionario como una obligación moral.
En efecto, distintas corrientes de la izquierda chavista, anticapitalista e internacionalista han expresado este reclamo. La plataforma de Bolívar Vive sostiene:
Esta invasión militar marca el inicio de un nuevo período histórico para el devenir de la sociedad venezolana, la República Bolivariana de Venezuela, la Revolución Bolivariana y, en general para Nuestra América. En efecto, lo que se haga o se deje de hacer en lo sucesivo como sociedad y Estado, definirá el que podamos efectiva y eficientemente asegurar y defender la soberanía e independencia de la Nación o, por el contrario, se sucumba definitivamente ante la pretensión del imperialismo yanqui de convertirnos en su colonia (Cuadernos para el debate. Bolívar Vive, Año 3, No.9, enero de 2026, p. 5).
De igual manera Marea Socialista, expresión socialista e internacionalista exige que las Fuerzas Armadas expliquen lo sucedido el 3 de enero, su inoperancia y vacuidad en sus declaraciones. Señala además que “Hay fuertes indicios de una traición o de un negociado, con sus sacrificios, concesiones y condiciones” (Declaración, Marea Socialista, 09 de enero de 2026). Los interrogantes se profundizan ante la supuesta traición a la Patria que revelan las palabras del ministro de Defensa, Padrino López: “[…] con la supremacía aérea, pues había más de 150 aeronaves en nuestro espacio aéreo… era inviable sacar un avión. Era mandar a la muerte y al suicidio a unos pilotos”1. Tertium no datur (no existe una posición intermedia). En el mismo sentido han expresado sus preocupaciones destacadas personalidades e intelectuales venezolanos como Luis Brito García, Elías Jaua, Luis Bonilla, entre otros.
En general, el golpe criminal contra Venezuela ha traído grandes secuelas, traumas, sospechas y transformaciones, muchas de las cuales empiezan a generar controversias y preocupaciones, bien sea por la adopción de políticas de privatización o por el giro de tutelaje e injerencia norteamericana. No cabe duda de que el 3 de enero marca un punto de inflexión que representa la ruptura entre el modelo del proyecto bolivariano y la irrupción del poder neoliberal e injerencista de la administración norteamericana. Este proceso, que aún comienza, ha estado acompañado de la “visita” (imposiciones) de altos funcionarios de la administración de Trump, con acuerdos y modificaciones que contrarían el espíritu revolucionario del chavismo histórico.
En efecto, han visitado la ciudad de Caracas, entre otros, el director de la CIA, John Ratcliffe, presencia que no generó protesta alguna, aunque se trataba del verdugo que orquestó las operaciones encubiertas y los actos criminales; la Encargada de Negocios de los Estados Unidos en Venezuela, Laura Dogu; el Secretario de Energía, Cris Wright, con implicaciones directas en la expedición de nuevas leyes (transición, amnistía, hidrocarburos), desencadenando una campaña ideológica de amedrentamiento y conciliación. Las palabras del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez son elocuentes: “pedir perdón y perdonar”. ¿Por qué tras el bombardeo sobre Caracas predominan ráfagas de silencio y temor? En este ambiente de contemporización se ciernen muchos interrogantes, ante los que el gobierno y el PSUV guardan sepulcral silencio: la responsabilidad de las Fuerzas Armadas, la traición de un sector del grupo gobernante, la aceptación acrítica y complaciente de las imposiciones gringas. He ahí por qué crece la tendencia a señalar que en Venezuela se ha operado un doble golpe: el golpe criminal del 3 de enero y la conversión de Venezuela en una semicolonia o gobierno tutelado.
La despedida de una “revolución a medias”
En el período histórico de la “revolución bolivariana” el 3 de enero marca su declive mayor y su desvanecimiento catastrófico. Sin atenuantes este “doble golpe” inicia una regresión trágica para Venezuela y la revolución bolivariana y latinoamericana. En varios momentos, sobre todo, cuando Chávez ejercía un potente liderazgo se habló de tres (3) asuntos cruciales: a) la contrarrevolución y la amenaza imperialista, b) el carácter de la revolución y su transformación socialista y, c) la organización política y su conducción estratégica. En estos campos Chávez dejó importantes orientaciones y concreciones políticas; obviamente con diversas dificultades y limitaciones, se desarrollaron amplios debates, elaboraciones teóricas, publicaciones y eventos nacionales e internacionales. No es un dato menor recordar la publicación de millones de libros y el acompañamiento de intelectuales, académicos e investigadores del mundo en el impulso de la formación, la cultura y el pensamiento crítico que promovieron una suerte de revolución cultural.
En el primer campo, Venezuela vivió desde sus inicios las más feroz embestida del imperialismo y de la oligarquía internacional (golpe de Estado, paro petrolero, guarimbas, asesinatos de destacados líderes políticos y sociales, incluyendo del asesinato del entonces presidente Hugo Chávez, amenazas de invasión, sabotajes, paramilitarismo extranjero, desabastecimiento, traiciones, sanciones, bloqueo, hostigamientos y condenas de varios gobiernos latinoamericanos, incluyendo algunos “progresistas” e innumerables acciones encubiertas de la CIA). Ni un instante el imperio dejó en paz a Venezuela. Siempre la asedió y la bloqueó. Sin embargo, la estrategia de Chávez se asentó en la unión de los pueblos de la Patria Grande y alcanzó su máxima expresión en la derrota del ALCA, el impulso del movimiento de Alterglobalización: Otro Mundo es posible, la creación del ALBA y UNASUR y la solidaridad con los pueblos del mundo, en particular con Palestina, Cuba, Colombia y América Latina y el Caribe.
En el segundo campo, hubo significativos avances en relación con las nacionalizaciones, la reorganización del aparato productivo nacional, la conformación de la Empresas Básicas, y, particularmente, a partir de 2005, Chávez insistió en darle un giro al proceso bolivariano hacia la construcción de modelo socialista. Al respecto, fue enorme el debate y la riqueza intelectual y estratégica que se generaron. No obstante, emergieron fenómenos regresivos como el surgimiento de una burguesía bolivariana, el mantenimiento de la mentalidad capitalista, la reproducción de las relaciones capitalistas en el aparato productivo, el sistema de salarios según la normatividad burguesa. En efecto, la revolución bolivariana se mantuvo en los marcos de una lógica burguesa, jerárquica, patriarcal y colonial, sin lograr superar la “fase democrática” y encalló en la disputa burocrática del Estado y el mantenimiento del régimen de explotación. La idea de la revolución socialista fue una ilusión que se diluyó en la sobredeterminación del aparato militar, la burocracia, el asistencialismo y el caudillismo. Jamás la clase obrera logró “tocar con sus manos el paraíso”: la burocracia y los caudillos siempre se lo impidieron.
El imperialismo ha sumido a la humanidad en un terror y una maldad jamás vistos, solo comparables con la crueldad del nazifascismo de Hitler y Mussolini, continuada por los magnates del capitalismo tecnológico y las democracias de Occidente. Ante todo, la revolución bolivariana enseñó la solidaridad y la hermandad entre los pueblos de Nuestra América. Su lección será inolvidable. La tragedia venezolana nos reveló por enésima vez la grandeza de Cuba, el heroísmo y la solidaridad de su pueblo. Pese a las limitaciones y frustraciones de una “revolución a medias”, como indicaba Trotsky, nos queda la enseñanza de profundizar las revoluciones y conquistar la emancipación de la sociedad. Entre tanto, permanece la sonrisa de Chávez bajo la lluvia de un día que prometía esperanza y dignidad: “Volveremos, seremos millones”.
En el tercer campo, el partido fue de lo más deficiente dada la conformación de la práctica de los “operadores políticos”, una suerte de institucionalización de la repartija del botín burocrático, la disputa de los liderazgos y de los recursos del Estado. En particular, predominó el poder del caudillismo y los grupos de interés. La conducción se concentró en el dominio de los jefes, padrinos y “operadores”. En esta hora aciaga para la Patria de Bolívar y de Nuestra América, el PSUV ha mostrado su ineptitud y precariedad política; casi que es un “convidado de piedra” en el protagonismo del “cuadrante” de poder del actual gobierno.
La revolución bolivariana quemó sus “últimos cartuchos” tras el maldito 3 de enero y la involución política con la coadministración y el tutelaje yanqui que explicita de manera diáfana las decisiones, declaraciones y discursos de la dirigencia venezolana. La entrevista concedida por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional a Rob Schmitt (Newsmax) es un testimonio elocuente. Ocho (8) líneas de despedida de la revolución2:
1) Adiós al socialismo y adopción del libre mercado. “El interés de Venezuela es avanzar y promover la educación, la cultura a través de una economía de libre mercado”;
2) Coordinación y cohabitación con el imperio. “Hablo mucho más con Marco Rubio que con Scott Bessent (Secretario de Tesoro de los Estados Unidos). Es una relación basada en el respeto mutuo y la coordinación para la “estabilización del país”;
3) Política petrolera. Impulso de la reforma exprés. “Reformamos la ley de energía para permitir que empresas extranjeras ‒especialmente de USA– exploten los campos verdes”. Señala que las “nacionalizaciones eran un obstáculo”;
4) Silencio de China y Rusia. “Hay una realidad irrefutable: estamos en el continente americano”, es decir, el único socio fiable es Washington;
5) No habrá elecciones pronto. Primero la estabilización, esto es, asegurar el poder. “Si hay un acuerdo con la oposición, se podrá acordar un cronograma”;
6) Liberación de Maduro y Cilia sobre la base del derecho internacional. Al respecto no hay una exigencia de repatriación ni una condena a EE. UU.;
7) Ley de amnistía. El retorno de los opositores será con condiciones. “Que no hayan promovido violencia ni invasiones”.
8) Sobre Trump. “Tenemos una oportunidad de oro para construir una situación en la que todos ganen”.
En definitiva, ni antimperialismo, ni socialismo, ni condena a la invasión, sino “mercado libre” y “campos verdes para las transnacionales”.
En este escenario seguirán abriéndose muchos debates y disputas. Los pueblos y trabajadores del mundo sabrán sacar sus enseñanzas y conclusiones. Tal vez la rica experiencia de la solidaridad y la movilización social mundial Por otro mundo posible se mantendrá como un horizonte liberador; el antiimperialismo de Chávez será un referente político y moral; las luchas por la redención de las masas populares se mantendrá como una experiencia de afirmación y creación heroica; el impulso de la revolución cultural será un soporte del pensamiento crítico internacional, y las potentes manifestaciones de solidaridad con pueblos del mundo serán un faro que brillará en el horizonte de liberación de la humanidad.
A partir de este maldito 3 de enero se abre un nuevo horizonte para la historia y el pensamiento liberador. Más allá de la melancolía de izquierda ‒evocación explícita de la maravillosa obra de Enzo Traverso‒, queda un mundo de búsquedas, dudas y retos. El imperialismo ha sumido a la humanidad en un terror y una maldad jamás vistos, solo comparables con la crueldad del nazifascismo de Hitler y Mussolini, continuada por los magnates del capitalismo tecnológico y las democracias de Occidente. Ante todo, la revolución bolivariana enseñó la solidaridad y la hermandad entre los pueblos de Nuestra América. Su lección será inolvidable. La tragedia venezolana nos reveló por enésima vez la grandeza de Cuba, el heroísmo y la solidaridad de su pueblo. Pese a las limitaciones y frustraciones de una “revolución a medias”, como indicaba Trotsky, nos queda la enseñanza de profundizar las revoluciones y conquistar la emancipación de la sociedad. Entre tanto, permanece la sonrisa de Chávez bajo la lluvia de un día que prometía esperanza y dignidad: “Volveremos, seremos millones”.
1 https://portuguesareporta.com/nacionales/padrino-lopez-admite-que-era-inviable-usar-aeronaves-en-operativo-de-ee-uu/?utm_source=chatgpt.com
2 La Tabla/Plataforma de Periodismo de Datos, 11 febrero de 2026. (https://latablablog.wordpress.com/2026/02/11/las-8-revelaciones-mas-impactantes-de-jorge-rodriguez-en-su-entrevista-con-newsmax/)
.