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Más allá de la rectoría. El trasfondo de la disputa en la Universidad Nacional

Francisco Javier Toloza

Docente Departamento de Ciencia Política 

Universidad Nacional de Colombia

 

Nuestro régimen universitario ‒aún el más reciente‒ es anacrónico. 
Está fundado sobre una especie del derecho divino: 
el derecho divino del profesorado universitario. 
Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere. 
 
Manifiesto de Córdoba (1918)
 

Los relatos de la derecha

En medio del furor de la derecha global, la Universidad vuelve a ser blanco de persecuciones y ataques en todas sus dimensiones, como ocurrió hace un siglo. La arremetida de Trump contra las universidades norteamericanas expresa con claridad esta creciente disputa política y académica. En nuestro país, sin embargo, sorprende la unanimidad con la que la gran prensa y ciertos círculos de opinión han venido impulsando una interpretación particular del conflicto académico-político de la Universidad Nacional de Colombia. Un relato que, además de maniqueo, contraviene el rigor propio de una casa de estudios. Sin pretender imponer verdades, como quienes añoran una universidad confesional, es legítimo desmontar una posverdad fabricada por intereses que han visto cuestionada su apropiación de nuestra alma mater.

La primera falacia consiste en afirmar que el conflicto actual de la UN comenzó con el proceso de designación del rector en 2024. Guardadas las proporciones, esta lectura recuerda la interesada ligereza analítica de los sionistas, que explican el genocidio en Gaza a partir de octubre de 2023, ignorando la Nakba de 1948. La impostura de Ismael Peña en abril de 2024, pese a su falta de apoyo en la consulta a la comunidad universitaria, el ejercicio del derecho a la protesta que dicha arbitrariedad desencadenó y el giro adoptado por el renovado Consejo Superior Universitario (CSU) en junio del mismo año constituyen solo un capítulo reciente de una larga disputa por la democracia y la autonomía universitarias a lo largo del presente siglo.

La Ley 30 de 1992 y el Decreto 1210 definieron, en los años neoliberales de Gaviria y Mockus, que el CSU de la UN estuviera integrado por agentes externos a la institución, con una amplia representación directa del gobierno de turno, una sobrerrepresentación de las directivas en los cupos asignados a la comunidad universitaria y sin participación del estamento administrativo. Este diseño antidemocrático se expresó plenamente en 2003, cuando, bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, el Ejecutivo se tomó la UN haciendo valer sus mayorías en el CSU y desconociendo la decisión de la consulta universitaria para la designación de rector. La consulta había sido respetada en administraciones anteriores, pero en esta ocasión se impuso a Marco Palacios Rozo, quien ya había dirigido a la UN tras la masacre de 1984 y el cierre de residencias y cafeterías. Conviene recordar que, con el sistema vigente, quienes integran el CSU votan de manera discrecional, sin un mecanismo vinculante que obligue a sustentar el voto en una calificación de hoja de vida u otro criterio.

Palacios reformó estatutos y renunció dejando encargado a su secretario, Ramón Fayad. No hubo nueva consulta, hasta que el CSU con los votos del urbisimo nombró al decano de Ciencias, Moisés Wasserman Lerner, quien ejerció por dos periodos la rectoría, sin ganar nunca la consulta universitaria. Lo mismo puede decirse de las rectorías de Mantilla y Montoya, quienes, aun perdiendo frente al voto en blanco, fueron elegidos y reelegidos durante los gobiernos de Santos y Duque con el respaldo de estos respectivos ejecutivos. Tras 20 años de designaciones a dedo de rectorías que no contaban con respaldo mayoritario de la comunidad universitaria y con una grave crisis institucional expresada incluso en la infraestructura física, el 2024 representó un estallido de indignación como consecuencia de dos décadas de violación de garantías democráticas y de mal gobierno universitario. La comunidad habilitada para participar apoyó mayoritariamente el proyecto presentado por el profesor Leopoldo Múnera. Ese es el punto diferencial de la fase actual del conflicto en la UN, y no el relato sobre una supuesta intervención del gobierno o la ruptura de las reglas del mérito: lo primero ha sido sistemático y lo segundo es inexistente.

En medio del furor de la derecha global, la Universidad vuelve a ser blanco de persecuciones y ataques en todas sus dimensiones, como ocurrió hace un siglo. La arremetida de Trump contra las universidades norteamericanas expresa con claridad esta creciente disputa política y académica. En nuestro país, sin embargo, sorprende la unanimidad con la que la gran prensa y ciertos círculos de opinión han venido impulsando una interpretación particular del conflicto académico-político de la Universidad Nacional de Colombia. Un relato que, además de maniqueo, contraviene el rigor propio de una casa de estudios. Sin pretender imponer verdades, como quienes añoran una universidad confesional, es legítimo desmontar una posverdad fabricada por intereses que han visto cuestionada su apropiación de nuestra alma mater.

https://agenciadenoticias.unal.edu.co/detalle/constituyente-universitaria-de-la-unal-avanza-con-las-voces-de-las-sedes-de-presencia-nacional

La UN antes de Múnera no era un país de Cucaña en materia de autonomía y vida académica. Las rectorías neoliberales habían acumulado conflictos a lo largo de todo este período, que terminaron por estallar ante la triquiñuela matemática que el entonces representante de los exrectores cohonestó con quienes ocupaban la representación de docentes y estudiantes, a espaldas de estos estamentos, en medio de unos tiempos apresuradamente ajustados para que un designado por el gobierno de Duque pudiera votar por Peña mediante un método no avalado estatutariamente.

El segundo gran mito que conviene desmontar es aquel que pretende presentar al Consejo de Estado como salvador de la autonomía universitaria. Según esta fábula, en la Nacional existía un autogobierno de su comunidad, pero el gobierno de Petro intervino de manera maléfica y, en representación de una justicia impoluta y apolítica, una alta corte habría restablecido la autonomía universitaria. La UN tiene su autonomía mellada estructuralmente por razones presupuestales, políticas y legales, frente a las cuales las rectorías, desde Palacios hasta Montoya, guardaron un silencio cómplice, cuando no las promovieron abiertamente.

Durante 20 años la UN aceptó un pasivo pensional que pone en riesgo sus finanzas, militarizó el campus en reiteradas oportunidades y hasta permitió que el procurador Ordoñez destituyera docentes por su libertad de cátedra, sin que nada les pareciera violatorio de la autonomía a las directivas de turno. Autonomía para ellos era saltarse la ley 802, comprar cojines de pluma de ganso3, contratar a sus socios y empresas para obras en el campus4 o crear una spin off para “desarrollo científico” que gestiona recursos para repartir lapiceros y borradores.

Si algo vulnera la autonomía universitaria ‒legado de más de un siglo de luchas que se remonta al Manifiesto de Córdoba‒ son la Ley 30, el Decreto Reglamentario 1210 y los propios estatutos de la UN. Quienes hoy se rasgan las vestiduras en contra de las posturas de integrantes del CSU afines al actual gobierno nacional, son los mismos que fueron elegidos rectores con votos de delegados externos a la comunidad universitaria designados por los sucesivos gobiernos de derecha. Así pues, la intervención gubernamental se realizó dentro de los marcos legales vigentes, aunque estos sean objeto de crítica, precisamente por la falta de una participación más amplia de la comunidad universitaria en los órganos de gobierno de la institución.

De otra parte, nada más pueril que sostener que la intervención de una estructura de poder judicial definida por cooptación y cargada políticamente contra el actual gobierno es una participación imparcial, y no la peligrosa intrusión directa de un órgano politizado dentro del debate de la UN. Claro está que no hay ingenuidad alguna entre quienes pregonan esta tesis, porque buscaron oficiosamente la participación en las demandas contra el CSU de exmagistrados del Consejo de Estado y de una parlamentaria y precandidata presidencial del Centro Democrático. 

Los dos fallos de la cuestionada Sección Quinta del Consejo de Estado5 son, por supuesto, emanaciones del orden jurídico establecido y tienen validez. Otra cosa es fetichizarlos como una suerte de justicia salomónica de legitimidad inmaculada, o, peor aún, pretender cercenar el derecho ciudadano a la libre expresión al opinar sobre el sentido de esa jurisprudencia. Conviene advertir con seriedad que, en nombre de la “autonomía”, se abre una peligrosa vía para que la jerarquía judicial termine delineando las facultades de los órganos de gobierno de las universidades públicas. En el contexto del desarrollo global del llamado lawfare o guerra jurídica, este involucramiento del poder judicial colombiano, en medio de la actual polarización política, corre el riesgo de orientarse contra la universidad pública.

No se trata solo de una rectoría, sino de modelos de universidad y, más aún, de los espacios y dimensiones en los que deben abordarse y definirse esos debates. Está en juego si se impondrá la ruta santanderista defendida por las viejas administraciones, de espaldas a la deliberación vinculante de la comunidad universitaria, o si se consolidará una reforma universitaria con la participación directa de esta. Si la autonomía universitaria residirá en sus integrantes ejerciendo poder constituyente, o si será diseñada y delimitada desde poderes constituidos ajenos, sin la incidencia efectiva de los universitarios. Como en toda disputa en la construcción del conocimiento, el derecho o la política, el rumbo de la UN dependerá de las luchas que seguirán librándose desde arriba y desde abajo, más allá de una rectoría o una elección.

Constituyente Universitaria es necesaria y viable en la UNAL

No se ha rescatado la autonomía universitaria ‒que ha sido lacerada por décadas‒, sino que ésta ha recibido otro fuerte embate. La conquista de la autonomía, como ha quedado evidenciado en las experiencias históricas de Nuestra América, pasa por un proceso de lucha, organización, autogestión y autogobierno de la comunidad universitaria, como el que intenta desarrollar el actual proceso constituyente de la UN.

En tercer lugar, se torna inevitable referirse al marco teórico sobre “democracia” en el que soportan su autoritarismo quienes aspiran imponer a Ismael Peña en la rectoría para darle continuidad a su proyecto de universidad. En su columna en El Tiempo, Wasserman afirma: “La democracia es un sistema político para naciones, o poblaciones grandes y diversas, no para instituciones cerradas con objetivos de alta especificidad. Los votantes en la universidad serían profesores, empleados y estudiantes, todos ellos sus beneficiarios interesados”. La teoría de que la democracia depende del tamaño o la diversidad de las poblaciones sin duda revolucionaría la ciencia política, pero el argumento que busca excluir a “beneficiarios interesados” la volvería impracticable en cualquier comunidad o nación, pues cualquier ciudadano tendría tantos intereses en una elección como los universitarios.

Detrás de la tesis de la “institución cerrada” y de “alta especificidad” de la universidad se asoma el segregacionista argumento del “mérito, la calidad o la excelencia”, como virtudes seráficas ajenas a lo histórico concreto. Pobreza teórica disfrazada de leyenda rosa. Ninguna de estas supuestas cualidades es un fenómeno físico o químico que pueda descubrirse y aplicarse de manera incuestionable; son construcciones sociohistóricas, y por tanto políticas, impregnadas de relaciones de poder e intereses de clase y de diversa índole. No es necesario explicar que los pregonados “méritos académicos” siempre estarán condicionados por el modelo de universidad que se aspire a construir y determinados por el tipo de sociedad que se busca defender.

Pero lo más problemático de este entramado pseudoconceptual es que, al parecer, la definición de dichos méritos sería potestad exclusiva de una suerte de cofradía de illuminati de la que queda excluida, de entrada, la mayor parte de la comunidad universitaria, que carecería del mérito para definir quién tiene mérito, aun cuando haya ingresado a la UN por mérito. Según los defensores del modelo confesional de universidad, estas no pueden ser democráticas porque, en última instancia, ni el conocimiento ni el mérito podrían serlo.

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Finalmente, como telón de fondo, la gran prensa y los defensores de las viejas rectorías han intentado presentar el conflicto actual como una disputa entre academia y política, donde maniqueamente Peña encarnaría la academia y Múnera la política. Ambas alternativas en la rectoría expresan un proyecto académico y un proyecto político, tanto de universidad como de sociedad. No podría ser de otra manera, aunque su caracterización dista de la caricatura elaborada por la derecha de la UN.

El grupo político-académico que controló la UN hasta 20246 no es una logia de eminentes premios Nobel que desarrollan avances científicos, sin que ello demerite ninguno de sus logros o capacidades académicas. Tampoco detrás de la elección de Múnera hay una secta de extrema izquierda sin formación que llegó a convertir la UN en una clientela del petrismo. Están en disputa dos modelos de Universidad con alineaciones ideológicas y políticas.

Ismael Peña es el último eslabón de una cadena administrativa que gobernó la UN antidemocráticamente y, lejos de resolver su crisis, la agravó con medidas mercantilizantes y represivas. Sin restarle ningún mérito académico, no es su virtud intelectual lo que lo ha llevado a aspirar de manera persistente a la rectoría, sino los intereses que representa en torno a la universidad concebida como negocio. Desde la administración del rector Mantilla se impuso un modelo de venta de servicios que supera el billón de pesos y que permite que algunos docentes reciban hasta 300 millones por los denominados Servicios Académicos Remunerados (SAR), perdiendo así cualquier interés en sus funciones pedagógicas. Se crearon además corporaciones que manejan contratación pública por más de 300 mil millones y se entregó la administración de las cámaras de seguridad del campus a una empresa vinculada con el apartheid en Cisjordania. Por ello no resulta fortuito que el Centro Democrático sea gestor de la disputa judicial a su favor y que este sector exija una intervención de la cuestionada Procuraduría General.

De otra parte, más allá de la figura de Múnera y su reconocimiento académico, existe un movimiento universitario inconforme con el anterior modelo de universidad, así como un compromiso programático que se sintetiza en el denominado proceso constituyente universitario, avalado ya por el CSU. El proceso constituyente, que cuenta con participación de todos los estamentos y todas las sedes de la UN, se apresta a presentar una propuesta de reforma estatutaria que enrute a la principal casa de estudios del país hacia su democratización y a la conquista de una verdadera autonomía, sin que ello niegue sus fines misionales ni las funciones propias de formación, investigación y extensión acordes a nuestro país. 

No se trata solo de una rectoría, sino de modelos de universidad y, más aún, de los espacios y dimensiones en los que deben abordarse y definirse esos debates. Está en juego si se impondrá la ruta santanderista defendida por las viejas administraciones, de espaldas a la deliberación vinculante de la comunidad universitaria, o si se consolidará una reforma universitaria con la participación directa de esta. Si la autonomía universitaria residirá en sus integrantes ejerciendo poder constituyente, o si será diseñada y delimitada desde poderes constituidos ajenos, sin la incidencia efectiva de los universitarios. Como en toda disputa en la construcción del conocimiento, el derecho o la política, el rumbo de la UN dependerá de las luchas que seguirán librándose desde arriba y desde abajo, más allá de una rectoría o una elección.

 

1  https://revistaraya.com/eleccion-de-rector-en-la-universidad-nacional-lo-antidemocratico-se-disfrazo-de-tecnica.html   https://revistaraya.com/las-ultimas-trampas-para-que-ismael-pena-sea-rector-de-la-universidad-nacional.html

2  https://caracol.com.co/programa/2006/08/08/audios/1155028560_317952.html

3  https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/todo-por-un-sofa/

4 https://www.eltiempo.com/archivo/documento/cms-4088714

5 https://www.youtube.com/watch?v=xhIH7lPflxU    https://www.youtube.com/watch?v=i0IRwy1MLBI

6  https://revistaraya.com/francisco-toloza/632-la-nacho-nostra.html

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