Jorge Gantiva Silva
Filósofo
Universidad Nacional de Colombia
Profesor Titular Universidad del Tolima
No dejaremos que cierren
La linda puerta que siempre
Ha estado abierta a la vida.
Yo no me quedo en la casa
Pues al combate me voy.
Voy a defender la Puerta
En el Valle de Momboy.
Alí Primera, Abran la puerta
En la ola de la rebelión de los pueblos
Venezuela desata todas las pasiones y convoca todos los odios y los amores. En estos veinticinco años del siglo XXI ocupa la atención mundial y excita el mayor apetito de rencor, conquista y venganza. ¿Por qué suscita esta disputa y pasionalidad? Tras el triunfo de la revolución bolivariana en 1999, un proceso político sin “calco ni copia”, Chávez y el movimiento popular llevaron adelante un cambio epocal en tiempos del “fin de las utopías” y del desplome soviético. Al conquistar la soberanía e independencia las inmensas riquezas y recursos naturales se convirtieron en la fortaleza estratégica del gobierno bolivariano y en la base de su poder económico y político. Este “apetitoso plato” ha sido la obsesión de las transnacionales y del imperio. Desde entonces la voracidad imperialista, la violencia oligárquica, las sanciones y el bloqueo son parte de la estrategia de impedir la consolidación de una “nueva Cuba” –típico eufemismo de los círculos de Miami–, que con hechos demostró bajo la dirección del presidente Chávez un potente influjo ideológico, político y económico.
La revolución bolivariana, junto con la insurrección zapatista en México 1994, constituye el acontecimiento del nuevo siglo que marca una época de realizaciones y redefiniciones en torno a la construcción de una alternativa democrática y popular. Esta ruptura histórica removió los cimientos de la hegemonía imperial en momentos en los cuales el neoliberalismo se extendía planetariamente y las guerras imperiales (Irak, Afganistán) provocaban la mayor matanza del presente siglo. El capital, la mercantilización de la vida, la precarización del trabajo y el despojo de la naturaleza trastocaban las sociedades contemporáneas bajo la imposición del “estado de guerra permanente”, la disputa de territorios, las invasiones, los pillajes y los exterminios acompañados de la batalla cultural incentivada por el mantra ideológico de No hay alternativa (TINA por sus siglas en inglés) que sancionaba la fatalidad y la subalternidad global.
Con el pretexto de asegurar la “seguridad nacional” de los Estados Unidos, estribillo impuesto y promovido desde 2017 por el gobierno de Barack Obama ‒otro premio Nobel de la guerra‒, la presidencia imperial de Donald Trump ha escalado el conflicto militar y político contra República Bolivariana de Venezuela y su gobierno constitucional. Con el pretexto de atacar el narcotráfico la estrategia del imperio se concentra en “matar tres pájaros de un solo tiro”: cambiar de régimen, estrangular el Alba y por ende asfixiar a Cuba y Nicaragua, y apropiarse de las grandes riquezas y recursos naturales de Venezuela.
El entusiasmo suscitado por estas dos revoluciones latinoamericanas con sus respectivas movilizaciones internacionales y acciones colectivas revelaba un giro democrático y popular en la historia reciente de América Latina. El despliegue de este ciclo de gobiernos progresistas, independientes y democráticos, desató una ola de rebeldías ciudadanas y populares que confrontó la hegemonía del imperio/capital y suscitó las movilizaciones y luchas contra el ALCA ‒acuerdo comercial que pretendía imponer los Estados Unidos‒, los levantamientos populares contra la privatización, la desregulación y la mercantilización, lo que produjo diversos estallidos sociales, rebeliones y movilizaciones contra el capitalismo transnacional y los planes imperialistas. El fracaso de las Cumbre de las Américas en 2005 en Mar del Plata, Argentina, puso de presente la rebeldía de los pueblos latinoamericanos y propició el triunfo de gobiernos alternativos, experiencias populares y un gran movimiento intelectual y cultural. El pensamiento crítico y la creación colectiva florecieron en la pluralidad de sus expresiones pese a las posturas recalcitrantes del neoliberalismo y las debilidades ideológicas de algunas izquierdas sumidas en el desencanto por el derrumbe del “socialismo real”.
En efecto, Caracas conjuró la fatalidad de la historia y las ensoñaciones de TINA, y la Selva de Lacandona despejó el horizonte de la comunidad, del común y la creación de un “nuevo mundo” que confrontaba la civilización capitalista. El nuevo siglo despuntaba con el protagonismo de los pueblos y de las comunidades y despertaba el entusiasmo y el reconocimiento mundial. De este modo, la revolución bolivariana daba un mentís a la fatalidad de la historia y alentaba el espíritu internacionalista de “otro mundo es posible”. Si bien estos dos procesos tienen orígenes, prácticas y líneas programáticas disímiles, no obstante, convergen en la lucha por el poder popular, el reconocimiento de los pueblos y de las comunidades, la valoración de las culturales y la afirmación de la conciencia antiimperialista y la liberación de Nuestra América del yugo del imperio/capital. Estas dos alternativas marcaron un hito de lucha contra la política oligárquica-imperial, nacidas de sus entrañas, crearon su propia personalidad, libres de la impronta del libreto doctrinario de los modelos europeos o de las clásica experiencias de las revoluciones socialistas. En la actualidad cada uno de estos procesos vive momentos decisivos y suscitan grandes controversias en la arena internacional y en el seno de la izquierda internacional.
Venezuela en peligro mayor
El imperio no perdona. Venezuela resiste el mayor embate de su historia como nación y como revolución. No ha tenido un momento de sosiego y paz para profundizar sus procesos de cambios. Las enormes riquezas, el tipo de democracia y de régimen político, las formas del ejercicio del poder y de la participación popular, el Estado comunal y el liderazgo geoestratégico han confrontado la tradicional democracia representativa, formal y oligárquica del Occidente capitalista. Durante este período ha vivido agresiones, violencias, golpe de Estado, bloqueo y amenazas por parte Estados Unidos y de la oposición venezolana. Tras el triunfo de la revolución bolivariana en 1999, Venezuela ha estado en permanente conmoción interna bajo el asedio sistemático de la política norteamericana y el ataque de la oligarquía nacional e internacional. En este sentido Venezuela es una excepcionalidad en el tiempo y en la historia de América Latina; y estas características particulares también han conmovido a las izquierdas y al campo revolucionario internacional, acostumbrados a ver la geopolítica y la democracia en forma dicotómica y doctrinaria.
Con el pretexto de asegurar la “seguridad nacional” de los Estados Unidos, estribillo impuesto y promovido desde 2017 por el gobierno de Barack Obama ‒otro premio Nobel de la guerra‒, la presidencia imperial de Donald Trump ha escalado el conflicto militar y político contra República Bolivariana de Venezuela y su gobierno constitucional. Con el pretexto de atacar el narcotráfico la estrategia del imperio se concentra en “matar tres pájaros de un solo tiro”: cambiar de régimen, estrangular el Alba y por ende asfixiar a Cuba y Nicaragua, y apropiarse de las grandes riquezas y recursos naturales de Venezuela. En su prepotencia y crueldad han sido destruidas embarcaciones y asesinados sus pescadores, crimen que representa una violación del derecho internacional. El descomunal despliegue militar ha aupado la guerra sicológica y la campaña de mentiras e intimidaciones que buscan socavar el gobierno bolivariano y crear las condiciones para un “cambio de régimen” bajo la supuesta acusación de dirigir el “cartel de los soles”, una mentira garrafal que a todas luces es una infamia. Para rematar su sevicia y humillación ofrece 50 millones de dólares por la captura del presidente Maduro como si se tratara de un forajido o delincuente internacional, el cual ya despierta la ambición y los negocios de los grupos criminales y de los mercenarios dispuestos a materializar estas operaciones de pillaje y violencia.
Quizá sea este el momento de mayor peligro que haya vivido la República Bolivariana de Venezuela en su historia moderna. No cabe duda que esta es la prueba más exigente para la revolución bolivariana y que el gobierno ha respondido son serenidad y firmeza convocando a la unidad y resistencia, obteniendo un triunfo político inmenso. En estos veinticinco años de experiencia ha habido momentos de mucha complejidad, golpe de Estado, paro patronal, violencia, saboteo, sanciones, bloqueo y agresiones por parte del imperio y de la oligarquía venezolana e internacional, pero este es el de mayor peligro por su agresividad e implicaciones. No solo los Estados Unidos también Europa y los gobiernos reaccionarios del mundo han azuzado el cambio de régimen y la intervención militar. De hecho, la agresión está transitando a una nueva fase que combina presión militar con guerra sicológica y chantaje internacional. Sin embargo, en el “frente interno” el plan imperialista no tiene nada o muy poco, ni en Venezuela ni en los Estados Unidos. Por el contrario, el gobierno bolivariano ha aumentado el respaldo popular, el apoyo ciudadano y la unidad nacional en favor de la soberanía y la paz, aislando significativamente la política de guerra y los voceros y promotores del odio y de la invasión extranjera. No cabe que una guerra en el Caribe implicaría una crisis internacional de vastas proporciones que involucraría a América Latina y significaría el desarrollo de un nuevo tipo de guerra que incorporaría los elementos tecnológicos y militares usados en las recientes guerras imperialistas, en particular la guerra en Palestina y el genocidio perpetrado por el imperio y el sionismo israelí. En este sentido, el nuevo tipo de guerra combinaría recolonización, tecnología de punta y campaña ideológica reaccionaria conservadora y liberal. Sin lugar a dudas sería un reto para los BRICS, en articular para China y Rusia. En el fondo, la estrategia de “matar tres pájaros de un solo tiro” podría resultarle costoso y regresivo para la política de Estados Unidos. Por lo menos, lo más probable y demostrable sería una radicalización de la revolución bolivariana y consolidación del bloque del Alba y del movimiento antiimperialista en América Latina. El propósito del imperio de “hacer trizas” la experiencia de la revolución bolivariana podría producir un “efecto boomerang”. En América Latina y en Venezuela en particular el antiimperialismo es fuerza social, moral, cultural y política que destrozaría las pretensiones imperialistas. De algún modo, se impondría la tesis de Mao: o la guerra desata la revolución o la revolución impide la guerra. En estos tres meses de tensión y el gobierno, el campo popular y la sociedad civil han demostrado su capacidad de movilización, resistencia e inteligencia estratégica.
El imperio no perdona. Venezuela resiste el mayor embate de su historia como nación y como revolución. No ha tenido un momento de sosiego y paz para profundizar sus procesos de cambios. Las enormes riquezas, el tipo de democracia y de régimen político, las formas del ejercicio del poder y de la participación popular, el Estado comunal y el liderazgo geoestratégico han confrontado la tradicional democracia representativa, formal y oligárquica del Occidente capitalista. Durante este período ha vivido agresiones, violencias, golpe de Estado, bloqueo y amenazas por parte Estados Unidos y de la oposición venezolana. Tras el triunfo de la revolución bolivariana en 1999, Venezuela ha estado en permanente conmoción interna bajo el asedio sistemático de la política norteamericana y el ataque de la oligarquía nacional e internacional.
El hegemón inventa un nuevo “enemigo interno”
El imperio se inventa cada tanto su propio “enemigo interno”. Primero el comunismo, luego las crisis humanitarias, la violación de los Derechos Humanos y después el terrorismo. Y ahora ha encontrado el pretexto del narcotráfico como base para atacar el “eje del mal” en América Latina, en particular Venezuela y asediar a Cuba y Nicaragua. Para mantenerse como potencia mundial recurre a la teoría del “enemigo interno” para denostar, saquear, amenazar y agredir a los pueblos del mundo. Luego de esgrimir la bandera de la “guerra fría, la lucha contra el terrorismo; ahora se empeña en destruir el narcotráfico del inexistente Cartel de los Soles. El país que consume la mayor cantidad de drogas ilícitas, donde mueren de decenas de miles de ciudadanos y controlan las mafias en territorio norteamericano, ahora el actual gobierno encabeza la cruzada contra el narcotráfico internacional, sin hacer nada en su propio país, ni en ninguno de sus países amigos mafiosos. Su propósito es derrocar el gobierno bolivariano en cabeza de su presidente Maduro y cambiar de régimen. Se trata de una nueva expresión de la doctrina Monroe del Destino Manifiesto.
Tras los recientes actos de provocación e intimidación (el eventual atentado contra la sede de la embajada de los Estados Unidos en Caracas, la negativa de dialogar y mantener esta fuerza militar descomunal en el mar Caribe) revelan que el objetivo de “combatir el narcotráfico” es una mampara de conquistas y agresión contra la soberanía e integridad territorial de Venezuela. La decisión de los Estados Unidos de atacar “objetivos en tierra” significa una declaratoria de guerra y el inicio de una confrontación armada en la cual Venezuela se ha ido preparando, ha consolidado sus fuerzas militares patriotas y cuenta con una capacidad de defensa importante. Sobre todo, posee lo más importante: la voluntad del pueblo de resistir y luchar hasta vencer al agresor imperialista. Su visión estratégica se basa en la unidad de mando, el control popular y la movilización.
La raíz de la política imperial consiste en desatar y profundizar: 1) la amenaza, el terror y el asedio imperialista, 2) la guerra económica, las sanciones y el bloqueo y 3) la agresión militar contra Venezuela y derrocar el gobierno bolivariano. El imperio apunta a destruir el “árbol de las tres raíces”, una idea original que conjuga tradiciones de luchas populares, saberes ancestrales, valores históricos de la revolución independentista y de las rebeliones campesinas que representan la columna del pensamiento bolivariano (Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora) que conjuga la doctrina militar bolivariana y la experiencia de las guerras antiimperialistas en el mundo, en particular la guerra de liberación de Vietnam. De hecho, la rebelión de estas tres grandes experiencias revolucionarias ha fundamentado la doctrina militar bolivariana contra el “árbol de la maldición” imperial.
Venezuela: desconcertante, única y rebelde
Bajo la amenaza de una intervención militar, abierta y descomunal, Venezuela sigue su vida tranquila, con alegría desarrolla sus actividades. Nadie puede creerlo, pero en las calles y en los campos la vida cotidiana reina la calma, la alegría y la broma. El pueblo ya se está gozando la Navidad adelantada. Esta guerra que está montando el imperio se enfrenta con una fuerza espiritual muy potente y la subjetividad rebelde y alegre del pueblo venezolano.
En este escenario la agresión gringa choca con la resistencia popular y el legado de creatividad y dignidad. Tras el Caracazo de 1989 Venezuela ha sido protagonista de muchas alternativas, iniciativa, utopías y búsquedas comunes. Más allá de las valoraciones sobre el proceso político adelantado bajo la conducción del presidente Hugo Chávez, es incuestionable que Venezuela goza de respeto y reconocimiento internacional. Como toda revolución tiene sus logros y errores. Ante todo, ha sido una revolución abierta, crítica y plural; no “calco y copia” de ninguna otra, pero ha enfrentado desde sus inicios la más feroz arremetida de violencia y terror. Es inédita, sin lugar a dudas; y tiene sus propios detractores tanto internos como externos, incluyendo varios grupos de progresistas latinoamericanos e internacionales que desconocen el proceso bolivariano y llaman al derrocamiento del gobierno del presidente Madura con la falsa dicotomía entre democracia y dictadura.
El imperio ha representado un desastre para Venezuela y el continente. Todas sus políticas y planes han fallado. La guerra imperialista en curso desatará procesos de radicalización, con el riesgo de liquidar la propia oposición extremista y guerrerista en Venezuela. En el continente este conflicto bélico propiciaría la mayor movilización y rebeldía popular. En Venezuela la contradicción principal no es entre democracia y dictadura, sino entre autodeterminación de los pueblos y agresión imperialista. Tampoco es el debate consiste entre democracia y estalinismo. El centro del debate es entre democracia e imperio. Por eso, el premio Nobel de Guerra a María Corina Machado es un episodio grotesco que refrenta la vocación golpista y reaccionaria del autodenominado mundo democrático y civilizado de Occidente.
Con todas sus torpezas y su carácter impulsivo, el presidente Trump tendrá que pensar si desea desatar una guerra en las proximidades de su propio territorio, cuando su país atraviesa una aguda confrontación interna, sumido en una crisis social y política, y donde crecen la protesta y la resistencia ciudadana contra el déspota de la Casa Blanca, quien ha llegado a calificar a sus propios compatriotas como el “enemigo interno”. En medio de la guerra psicológica, las mentiras y la oscura niebla que envuelven la información y la comunicación en tiempos de conflicto, los mercaderes de la muerte podrían estar forjando su propia derrota. El imperio no la tiene ganada.
En esta nueva fase está en marcha un proceso de redefiniciones. Venezuela está atenta y firme en la defensa de su soberanía y ha desplegado la más amplia movilización ciudadana. Cuenta con el apoyo del movimiento popular. Aunque el momento es de peligro, no cabe duda que el gobierno y la revolución tienen su prueba mayor. Los voceros del chavismo y de la unidad nacional han insistido en resistir y vencer. En la eventualidad de un ataque militar o invasión (esta última poco probable) Venezuela sería un campo de batalla por la dignidad y desencadenaría la mayor crisis del hemisferio occidental vivida después de la crisis de misiles en Cuba 1962 y tendría el efecto avasallador en América Latina que comprometería a Colombia, Brasil, Cuba y Nicaragua y movería la opinión pública mundial y el apoyo de Rusia, China, Irán y Turquía.
Con todas sus torpezas y su carácter impulsivo, el presidente Trump tendrá que pensar si desea desatar una guerra en las proximidades de su propio territorio, cuando su país atraviesa una aguda confrontación interna, sumido en una crisis social y política, y donde crecen la protesta y la resistencia ciudadana contra el déspota de la Casa Blanca, quien ha llegado a calificar a sus propios compatriotas como el “enemigo interno”. En medio de la guerra psicológica, las mentiras y la oscura niebla que envuelven la información y la comunicación en tiempos de conflicto, los mercaderes de la muerte podrían estar forjando su propia derrota. El imperio no la tiene ganada. La tendencia imperial consiste en aumentar la presión militar, acentuar la guerra sicológica y generar actos de provocación a la espera de una improbable correlación de fuerzas favorables en el frente interno y externo. Una guerra en el Caribe pondría en juego la máxima de Mao: o la guerra desata (extiende y profundiza) la revolución y el antiimperialismo o la revolución (levantamientos populares y solidaridad internacional) impide la guerra. No cabe duda que el imperio es la causa de las guerras y de la opresión contra los pueblos. Venezuela ha demostrado que el avance de los pueblos reside en su conciencia y resistencia contra la opresión. A la sentencia de Bolívar contra el poder de los Estados Unidos que siembran de terror y miserias nuestras naciones, habría que agregar que el imperio jamás ha sido garante y constructor de la democracia. A esta hora el imperio arrecia su guerra de provocación e intimidación con nuevas incursiones y muertes. El pueblo alegre, “rodilla en tierra”, canta la canción de Alí Primera abran la puerta que este pueblo está dispuesto a resistir y vencer.
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