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La iluminación por venir y la desventura del pensar
El perro semihundido de Goya y el naufragio de Walter Benjamin

Jorge Gantiva Silva

Filósofo

 Universidad Nacional de Colombia

Profesor Titular Universidad del Tolima

 

En honor a la resistencia de los pueblos heroicos de Gaza, Cuba e Irán

La verdad tiene dos caras
Y la nieve es negra.
Tú no has luchado porque temías el martirio,
Pero tu trono será tu ataúd.
Porta el ataúd para conservar el trono, 
oh rey de la espera.
Mahmud Darwisch, Once astros.
 
Odio a los indiferentes…
La indiferencia es apatía, es parasitismo. 
Es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.
Antonio Gramsci, Odio a los indiferentes, 
 

I
La memoria y la dignidad de los vencidos

El Perro semihundido de Francesco de Goya es una pintura fascinante, enigmática, expresiva y melancólica, llena de múltiples impresiones, vivencias y sentimientos. Representa, a nuestro juicio, la lucha entre la esperanza y la desesperanza. Esta pintura con sus colores oscuros y sombríos, acompañados de luz y aliento, interroga la condición de la humanidad viviente. Los ojos del perro, llenos de desesperanza, embargan, no obstante, la esperanza. Perdido en el confín sufriente; levanta sus ojos hacia arriba; y encuentra la luz que despierta consuelo y salvación. Quizá descubre en el vuelo tenue de unos pajaritos que revoletean en el borde de su desesperanza el ánimo de perseverar y liberar la vida de la sumisión. Su esperanza resulta desesperanzadora; y su desesperanza está llena de esperanza. En su refugio de la “Quinta del sordo”, Goya plasma la angustia ante la guerra, la persecución y la muerte. La invasión napoleónica conllevó una fugaz esperanza al pueblo español que luego se trastocó en la pesadilla de la persecución y el exterminio. No hay mayor dolor y sufrimiento que sucumbir ante la opresión y la perfidia. Goya revela valientemente esta angustia de patria, de amor y de vida; al tiempo que descubre el relucir del cielo abierto, la rebelión popular, la voz amiga y la mano fraterna de redención. Sumido en la desesperanza, halla la esperanza en el otro, en la luz de la mano cercana, en la voz solidaria que clama al cielo infinito, en el revoletear silencioso de difusos pajaritos que canturrean una cancioncilla de esperanza. 

El “Perro semihundido” es una obra que convoca el revoletear de la esperanza en un mundo de desesperanza. Tiene la fuerza moral de abrir caminos de búsqueda y despertar alientos de vida. Mantiene en tensión las fuerzas del espíritu que revelan la posibilidad de la salvación. En esos ojos desesperantes brillan el instante de la redención. En el Perro semihundido queda la sensación que hay esperanza en el hilo de luz, en el instante fugaz del “resurgir”. Tras los años aciagos Goya buscó el aire fresco de los caminos; marchó a Paris y luego a Madrid. Pese a sus dolores siguió pintando el mundo de las agrestes sombras y el fresco de las esperanzas inciertas. Esta obra pintada sobre uno de los muros de su casa en la Quinta del sordo, plasma el desgarramiento de la vida y la incertidumbre de lo por-venir. 

Son dos tiempos históricos distintos: de un lado, la duración del sufrimiento, de la destrucción y del terror, y, de otro, la disrupción de la esperanza y la “redención benjaminiana”. El primero actúa como “presente continuo” de la objetividad desbordante de la realidad absurda y dolorosa del imperio anglosionista que refrenda la agonía y la devastación; y el segundo con l’avenir, lo por venir, que emerge como la “luz en la oscuridad”, la dignidad en el costado de la humanidad, el “renacer” en la desolación de los escombros, la penumbra de “lo absurdo”. En las flotillas de la solidaridad brilla la luz que irrumpe en el cielo infinito del abrazo generoso y de la canción amorosa de la vida. En este cruce de caminos el Perro semihundido de Goya recrea la idea de olfatear la esperanza y la dignidad ante el desolado y barbárico mundo del dolor y de la muerte. Goya alienta la idea de escudriñar los enigmas de la “redención” a pesar de los pesares del dolor y el exterminio. 

En esta línea de pensamiento la “imagen” del “naufragio” de Walter Benjamin en Port Bou ofrece la fuerza de la escritura como territorio de esperanza, como memoria recobrada en medio de los escombros de la guerra, de la persecución y de la muerte. En su camino de huida alberga la esperanza de la salvación; sufre el penoso paso de los Pirineos y protege contra su pecho el texto “más importante”, tal vez el manuscrito Sobre el concepto de historia. Ni su cuerpo, ni el portfolio fueron encontrados tras la decisión de poner fin a su vida. En el instante que despuntaba la luz de la salvación, España cierra la frontera y sus esperanzan se desvanecen ante la inmensidad de la soledad y la mar. La escritura vuela en el aire infinito de su melancolía. Port Bou queda como un laberinto silencioso del pensador de la redención en tiempos de la devastación y la ignominia neofascista. La esperanza desesperanzadora de su pluma salvífica sucumbe en el taciturno hotelucho de la tenebrosa frontera franco-española. El espíritu creador del flâneur y de las “pequeñas cosas” como imágenes que liberan los cuerpos y los lenguajes y enfrenta el silencio profundo de la noche. 

En el horizonte de lo “por venir” el Perro semihundido de Goya y la “iluminación” de Benjamin brindan la posibilidad de guardar esperanza en la “redención” de los vencidos y de las víctimas. Los escombros no podrán cubrir de olvido y silencio la memoria de los pueblos que resisten con dignidad. El monumento que levantó el artista Dani Karavan a la memoria de Walter Benjamin en Port Bou advierte que hay infinita esperanza, sus “iluminaciones” animan la lejanía de la mirada que reposa en las arenas, en los ojos de los niños mirando el infinito, el abrazo solidario de las mujeres tejiendo la vida, en la escritura esperanzadora de los exiliados y migrantes y en el libro maravilloso de la solidaridad. 

https://www.ela.eus/en/ela-firmly-condemns-the-us-attacks-against-the-people-of-venezuela

La esperanza de Benjamin abraza los Pirineos, pese a la vorágine de la guerra que se extiende como “destino” de la barbarie. En su huida por las montañas tomaba aire, recuperaba sus fuerzas y guardaba su aliento como reserva moral para vencer a los verdugos y criminales del tiempo entumecido. Miraba esperanzado en la luz de los vencidos, de las víctimas y de los olvidados. En ese atardecer tétrico de la guerra una ráfaga de desolación y melancolía arrebataron la luz de la esperanza que besaba el lúgubre mar de la bahía de Port Bou, un lugar esplendoroso de sol y olvido. Su esperanza forjada en la defensa de la juventud, la escritura y la memoria despertó la “iluminación” fulgurante de los vencidos y mantuvo en sus ojos desorbitados la esperanza del despertar de los nuevos tiempos y la esperanzadora “chispa” de la redención. En la parte alta de la bahía se halla el monumento de Dani Karavan a la memoria de Walter Benjamin que esculpe el testimonio de la memoria que solo el mar sabe guardar este infinito grito de emancipación para hacer justicia y liberar a los vencidos del sufrimiento, del fascismo y de la guerra. En efecto, solo el mar podía entender este dolor infinito; y sólo allí podrá renacer la esperanza entre la barbarie y la desventura silente del pensar. Ahí resplandece la soledad augural que despeja el movimiento incesante del mar la “imagen” del grito de los inocentes y de los mártires que “van a la mar que es el morir” y que solo el mar puede regresar con el canto de los vencidos. En el fondo del monumento el mar talla con el cincel la luz de la memoria: Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre (inscripción plasmada en la lámina de vidrio que sella el descenso al mar que es el morir renaciendo y recuperando la memoria justamente de los que “no tienen nombre”).

En la complejidad de su obra Benjamin recorre el camino del pensar, descubre las pequeñas cosas de la resistencia y el mundo infinito de los humildes; lucha por despertar la Bella durmiente encerrada en el conformismo y el “transformismo”. En su recorrido redescubre permanentemente la voz de los clásicos, de la poesía, del filosofar incesante, de las calles, de lo desconocido, de lo diferente y del sentido de las cosas bellas y “terribles” de la vida. En el proyecto de recuperación de la memoria revela el secreto del camino de la redención; convida a los desheredados, a los “muertos” que viven en la memoria y a los vencidos a seguir descubriendo en el instante [Jetzzeit] la astilla de esperanza y el rayo de luz. La “imagen” del naufragio de Port Bou revela la conflictiva y enigmática relación entre la esperanza y la desesperanza. “Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”. (Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, Abada editores, Madrid). 

Francisco de Goya y Benjamin afrontan las dimensiones de “lo absurdo” del Mito de Sísifo que Albert Camus hiciera universal. Según Byung-Chul Han esta visión enriquece las tonalidades de la historia del pensamiento filosófico y profundiza el valor de la esperanza entrecruzada con la desesperanza. Camus ofrece una desgarradora mirada sobre el dolor y el sufrimiento humano y reafirma “lo absurdo” de la vida. En su descripción descubre como posibilidad el suicidio que hoy se amplía a la inmolación mítica, al valor temerario de los “guardianes” y a la ofrenda de la vida como amor a la libertad. El “problema fundamental de la filosofía” destaca el camino de la lucha para enfrentar el tormento y seguir levantando la roca en un movimiento incesante de penas y desesperanzas. En el “suicidio filosófico” presume encontrar la salvación que queda encerrado en la Caja de Pandora. De ahí que Benjamin decida abofetear a la Bella durmiente, somnolienta de la fatalidad y del “eterno presente”. En este cruce de incógnitas los vencidos levantan sus manos y abrazan sus sueños. Byung-Chul Han sostiene que Camus no encuentra la esperanza; no ve ninguna salida para el sufrimiento y “lo absurdo”. Ciertamente, su análisis describe la vorágine de la desgarradora condición humana. “Camus no alcanza entender la esperanza en toda su amplitud. Le deniega por completo la dimensión de la acción”. (Byung-Chul Han, El espíritu de la esperanza, 2024).

En el horizonte de lo “por venir” el Perro semihundido de Goya y la “iluminación” de Benjamin brindan la posibilidad de guardar esperanza en la “redención” de los vencidos y de las víctimas. Los escombros no podrán cubrir de olvido y silencio la memoria de los pueblos que resisten con dignidad. El monumento que levantó el artista Dani Karavan a la memoria de Walter Benjamin en Port Bou advierte que hay infinita esperanza, sus “iluminaciones” animan la lejanía de la mirada que reposa en las arenas, en los ojos de los niños mirando el infinito, el abrazo solidario de las mujeres tejiendo la vida, en la escritura esperanzadora de los exiliados y migrantes y en el libro maravilloso de la solidaridad. En la esperanza desesperanzadora el pasado nos devuelve la mirada y el recuerdo. En la recuperación de la memoria salta la astilla de la emancipación y reafirma que “los que no tienen nombre” son justamente los sujetos de la historia de la redención. 

II
¿Qué pensar después de la barbarie?

El pensar no escapa a la desventura de su propia impotencia. Recorre las vías más extrañas y trasunta los episodios desconcertantes y contradictorios de la persecución, del exterminio, del éxodo y de la liberación. Tras ocupar la centralidad en la modernidad como universalización y subjetivización del saber y omnipresencia del conocimiento, reafirma su relación vinculante con la individualidad, la subjetividad, la reflexividad y el desgarramiento epocal. De un lado, Hegel, Wissen und Glauben (saber y creer), y del otro, Bacon, Knowledge is power (conocimiento es poder) transitan la espacialidad del poder, los altibajos de lo vivencial y la singularidad de lo creativo. La guerra trastoca todo lo humano-vivencial, destruye la vida y exalta el terror y el miedo. No solo el saber fáctico de la contienda sino también la reflexividad del poder ominoso operan como fuego y fango en los campos de batalla, en las redes, en las subjetividades, en los modos de simbolización y en las prácticas simbólicas de la devastación y de la barbarie, en la actuación de las fuerzas en conflicto, en las prácticas de las mentes y de las voluntades. El espíritu bélico de los mercaderes de la muerte actúa como realismo rudo y desembozado de la potestas imperial. El asalto a la verdad y la exaltación de la barbarie como formas hegemónicas de la opresión. 

¿Cómo pensar después de la devastación? ¿Cómo procede entonces el pensar? Gaza, Cuba e Irán confirman que el conocimiento actúa como la mirada de Jano, directamente proporcional al poder y la destrucción. ¿Puede liberarse de sus límites, cadenas e instrumentalizaciones? En esta paradoja de la modernidad desvencijada se despliega el conocimiento en la época del Big data que sume a la humanidad en un dato bajo las garras de los vampiros del capital. En el capitalismo tecnológico el signo distintivo del pensar trastoca los cimientos del conocimiento y derrumba los pilares de la creación humana mediante la “destrucción creativa” del capitalismo y de la guerra. La desventura del pensar anida la hidra que se encuentra en la IA, la teoría crítica contemplativa del “transformismo” y los señuelos de los dispositivos distópicos que revocan la autonomía, la subjetividad y la liberación, tendencias dominantes de la ruptura epocal que transforma la existencia humana, la guerra y el poder. El filosofar, la escritura y la enseñanza padecen la conmoción de este cambio epocal con espasmosa somnolencia. Después del genocidio en Gaza, la estrangulación de Cuba y la guerra en Irán ¿cómo puede asumirse el pensar? Esta pregunta filosófica ha tenido relevancia después del Holocausto: ¿puede hacerse poesía después de Auschwitz? ¿Qué educación y formación promover después de la barbarie? Recientemente Franco Bifo Berardi ha planteado el reto en Pensar después de Gaza. Ensayo sobre la ferocidad y la extinción de lo humano (2025).

 

Theodor Adorno se preguntaba justamente si es posible ofrecer una educación después de Auschwitz. ¿Qué educación puede ofrecerse tras la liquidación de la tradición democrática y humanista? ¿De qué modo la barbarie y el genocidio destruyeron el rostro de la humanidad? Se trata de comprender el desastre moral e intelectual que representa e implica la devastación social, material y espiritual de la humanidad, generada por la guerra y el anglosionismo. Desde el estallido de la Primera Guerra Mundial, el ascenso del nazismo y del fascismo, la Segunda Guerra Mundial hasta el largo ciclo del “Estado de guerra permanente” ha opacado y derruido la democracia imperial de Occidente. La barbarie y la devastación desatadas por el imperio Maga confirman el modo como el Big tech del capitalismo neocorporativo mundial ejerce el poder y usa el saber, no solo como control, alienación y vigilancia, sino como disposición del “terror sádico-autoritario”. En este proceso neofascista desaparecen la idea de la conciencia libre, la crítica y la autonomía; y los cuerpos se trastocan en “estructuras compulsivas proclives al acto de violencia”. (Teodoro Adorno, Consignas:86). Aunque el mismo Adorno considera que las formas de masificación son las que consagran este espíritu agresivo; también la educación las envuelve en la enajenación, el rigorismo, la meritocracia, la individuación y las formas encubridoras de la mentira y el engaño. Insiste en “tomarse en serio la angustia” y plantea la convicción de “tener experiencias humanas” libres y liberadoras. La conciencia alienada produce enfermos mentales, psicóticos, esquizoides y desata la manipulación, el odio, el narcisismo y la vanidad. Su tesis consiste en señalar que “cada época produce aquellos caracteres ‒tipos de distribución de energía psíquica‒”, y resalta que la técnica produce justamente los “hombres tecnológicos” de la dominación. 

La guerra trastoca todo lo humano-vivencial, destruye la vida y exalta el terror y el miedo. No solo el saber fáctico de la contienda sino también la reflexividad del poder ominoso operan como fuego y fango en los campos de batalla, en las redes, en las subjetividades, en los modos de simbolización y en las prácticas simbólicas de la devastación y de la barbarie, en la actuación de las fuerzas en conflicto, en las prácticas de las mentes y de las voluntades. El espíritu bélico de los mercaderes de la muerte actúa como realismo rudo y desembozado de la potestas imperial. El asalto a la verdad y la exaltación de la barbarie como formas hegemónicas de la opresión. 

En este campo de la enajenación los seres humanos carecen de la empatía y la capacidad de amar; desprecian lo humano, disocian la urdimbre de la vida y desatan los demonios de la discordia y del odio. En su frialdad disociativa inventa la destrucción de la otredad, convierte Auschwitz, Gaza, Teherán en el reino de los escombros, en territorios devastados por hombres fríos, encerrados y furiosos contra lo humano-social que hoy son reemplazados por máquinas, drones y corporaciones digitales que desatan la muerte y el exterminio. Aunque parezca una paradoja el resentimiento, el aislamiento y el fracaso han creado una mentalidad gregaria, han exaltado la individuación como “multitud solitaria” y han “rematado” en la locura del nacionalismo, el racismo y el supremacismo del anglosionismo que ha proclamado como objetivo: la “Resolución final”. Son los hombres sin compasión, sin empatía, sin amor: la típica frialdad de la “monada social” del terror nazifascista. Para decirlo en términos de Adorno: los asesinos de sí mismos son los que asesinan a los otros. Al reconocer que el pensar queda amputado, reclama entonces que el pensar está obligado a cambiar y asumirse como una forma de la praxis. Ante la guerra y el genocidio el valor de la praxis redimensiona la vida, la naturaleza, el trabajo, la cultura, el arte y el humor como formas de la realización humana. En la sociedad alienada domina la simulación, la “risa prestada”, el fatalismo y “lo políticamente correcto”. Los verdugos se sostienen con la “servidumbre voluntaria” y el silencio cómplice de los “aventajados”, de la tecnoburocracia y de los manipuladores de la opinión. Aunque la autorreflexión de Adorno reconoce el valor de la autonomía y de la crítica, Benjamin asume la “iluminación” y la memoria como formas de la redención. 

Los griegos utilizaban la palabra idiota para referirse a quienes renunciaban a participar de la vida pública, a quienes no “tomaban partido”. El idiota es precisamente quien no participa en el debate, quien huye de las definiciones en el momento crucial y quien se encierra en su “yo existencial”. Así mismo, la falsa praxis se convierte en la otra cara del narcisismo violento de la sociedad capitalista. En este sentido la aversión a pensar la tragedia, la devastación y la destrucción de lo humano es ya minar el horizonte de la libertad y de la emancipación. Para que la desventura del pensar no se diluya en la necrofilia del “Anticristo” corporativo del capital, es preciso resaltar que el pensar se constituya como modo existencial de vida y lucha contra la fatalidad, la gestualidad autoritaria y la “destrucción creativa” del tecnocapitalismo de vigilancia y devastación. Así pues, el problema no radica en pensar la guerra, sino en saber que la guerra es un modo de pensar, un sistema categorial propio que ha conformado un conjunto de dispositivos, modos de ser y sentir que desarrolla prácticas cognitivas basadas en el despojo, el control, la vigilancia y la destrucción. En el marco del tecnocapitalismo de la era digital, en particular, del imperio de la IA, este sistema autorreferencial se nutre de la automatización y la decisión digital. Emerge una suerte de “teología política” de “sustitución” de la vida y “extinción” de lo humano que la “iluminación” de Benjamin y la “reforma intelectual y moral” de Gramsci confrontan mediante la recuperación de la memoria, el reconocimiento de las víctimas y la defensa del “espíritu creativo popular”. Justamente en este momento crucial es preciso despertar la Bella durmiente y animar la esperanza como “iluminación” por venir. 

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