Etienne Balibar
Filósofo
Profesor emérito
200, avenue de la République – 92001 Nanterre Cedex
Izquierda publica este intercambio epistolar entre Etienne Balibar y Judith Revel considerando que se trata de una reflexión que contribuye a entender el trasfondo de la guerra contra Ucrania y a fundamentar el rechazo consecuente a la agresión del gobierno ruso contra ese pueblo, teniendo en mente la irrenunciable postura solidaria en favor de la preservación de la paz y por salidas negociadas a los conflictos que debe asumir permanentemente el movimiento popular y revolucionario.
En una situación de incertidumbre tan trágica, en constante evolución, hay que tomar una posición inequívoca. O al menos hay que intentarlo. El filósofo, al que a veces se le atribuye una visión especial, no es la persona más indicada para hacerlo. Porque, por un lado, el filósofo no tiene ningún privilegio: es un ciudadano entre otros, convocado como ellos para responder a la emergencia, buscando información para elegir su lado en las “disputas” políticas. Pensemos en el decreto de Solón (siglo VII-VI a.C.) por el que se destierra a todo aquel que pretenda permanecer neutral en los conflictos de la ciudad… Pero, por otra parte, su “vocación” incluye una especie de condición (devoir d’état), digamos un deber de “parrhesia”, que consiste en discrepar o diferir dentro de su propio campo, para detectar los puntos ciegos. Y estos nunca faltan. Respondiendo a la petición de PhiloMag, me atrevo pues a plantear algunas “complicaciones” (sin ser exhaustivo).
1. En primer lugar, diré que la guerra ucraniana contra la invasión rusa es una guerra justa, en el sentido más fuerte de la palabra. Soy muy consciente de que esta categoría es dudosa, y de que su larga historia en Occidente (desde San Agustín hasta Michael Walzer) no está exenta de manipulación o hipocresía, ni de ilusiones desastrosas, pero no se me ocurre ninguna otra que pueda encajar, y la asumo con las siguientes aclaraciones: la guerra “justa” es una guerra para la que no basta con reconocer la legitimidad de los que se defienden de la agresión (un criterio de derecho internacional), sino que es necesario comprometerse a su lado; y es una guerra en la que incluso aquellos (entre los que me encuentro) para los que cualquier guerra (o cualquier guerra hoy, en el estado del mundo) es inaceptable o desastrosa, no tienen la opción de permanecer pasivos. Porque la consecuencia sería aún peor. Así que no tengo ningún entusiasmo, pero elijo: contra Putin.
2. Tal y como se está desarrollando ante nuestros ojos, la guerra en Ucrania (y por tanto en Europa: Ucrania y Rusia son naciones europeas) tiene dos caras. Tiene dos características. Es, localmente, una guerra “total” contra un pueblo al que el peligro de aniquilación ha movilizado en una unidad patriótica que borra sus divisiones tradicionales, una guerra de destrucción y terror dirigida por el ejército de un país vecino más grande y poderoso, al que su gobierno quiere enrolar en una aventura imperialista sin posibilidad de retorno. Pero es también, más ampliamente, una guerra “híbrida” en la que este mismo vecino, con unos pocos aliados dispersos por el mundo, con intereses y principios muy heterogéneos, se enfrenta al resto de Europa (de la que formamos parte), que es también el destacamento avanzado de la OTAN, es decir, de una alianza militar también imperialista, superviviente de otra época pero actualmente inevitable. Esta confrontación tiene lugar en el terreno del armamento, la movilización de tropas, las comunicaciones y la información, pero sobre todo de las presiones y contra-presiones económicas, que están en el centro de la guerra moderna. Cuanto más dure, más inextricables parecen ser estos dos aspectos. Cada uno impondrá su propia “lógica”, “logística” y duración al otro.
3. Sólo se puede ser aterradoramente pesimista sobre la evolución futura (yo lo soy), lo que significa que las posibilidades de evitar el desastre son infinitesimales. Por al menos tres razones. En primer lugar, es probable que se produzca una escalada, sobre todo si la resistencia a la invasión consigue prolongarse, y puede que no se detenga en las armas “convencionales” (la frontera entre éstas y las “armas de destrucción masiva” se ha vuelto muy difusa). En el lado de la guerra “total”, completará la destrucción de un país y una civilización ante nuestros ojos. Por el lado de la guerra “híbrida”, tendrá costes gigantescos en todo el mundo (por ejemplo, en términos de recursos alimentarios para las poblaciones del Norte y sobre todo del Sur). En segundo lugar, si la guerra tiene un “resultado”, será desastroso en cualquier caso: si Putin logra sus objetivos, obviamente, aplastando al pueblo ucraniano y fomentando otras empresas similares; si se ve obligado a parar o a retroceder, volviendo a la política de bloques en la que el mundo se congelará. En ambos casos, por el estallido del nacionalismo y el odio en el que nos hundiremos durante mucho tiempo. En tercer y último lugar, porque la guerra (y sus secuelas) retrasa la movilización del planeta contra la catástrofe climática e incluso contribuye a precipitarla, cuando ya se ha perdido demasiado tiempo.
5. Un peligro importante ⎼quizás el principal, si tenemos en cuenta lo que Clausewitz llamaba el “factor moral” de la guerra⎼ reside en la tentación de movilizar a la opinión pública, que simpatiza con razón con los ucranianos, en forma de una rusofobia cuyos síntomas se pueden ver aquí y allá, alimentada por el conocimiento a medias de la historia rusa y soviética, y por la confusión voluntaria o involuntaria entre los sentimientos del pueblo ruso y la ideología del actual régimen “oligárquico”. Pedir la sanción o el boicot de artistas, instituciones culturales y académicas con vínculos probados con el régimen y sus dirigentes es un arma evidente (aunque hay que observar sin complacencia la gran distancia que se abre entre los llamamientos intransigentes a los boicots culturales y la realidad de los compromisos que se siguen haciendo en el ámbito de las “sanciones económicas”, sobre todo en lo que respecta a la compra de gas y su financiación). Pero estigmatizar la cultura rusa como tal es una aberración, si es cierto que una de las pocas posibilidades de escapar del desastre está en la propia opinión rusa. Y pedir a los ciudadanos de una dictadura policial que “se posicionen” si quieren seguir siendo acogidos en nuestras “democracias” es una obscenidad.
6. Todas las complicaciones “filosóficas” que se quieran introducir (y habría otras), ya sea en una perspectiva a corto plazo o con vistas al largo plazo, no pueden, sin embargo, ocultar la urgencia. La urgencia, el imperativo inmediato, es que la resistencia ucraniana se mantenga firme, y que eso sea y se sienta realmente apoyado por acciones y no sólo por sentimientos. ¿Qué acciones? Aquí comienza el debate táctico, el cálculo de la eficacia y los riesgos, de la “defensa” y la “ofensiva”. Cualquier forma de participación en una guerra o de influir en su curso no es una táctica inteligente (otra de las fórmulas de Clausewitz que nos viene a la memoria: la dirección de la guerra es “la inteligencia del Estado personificada”…). Abundan los ejemplos de tácticas que pueden precipitar la derrota. O peor. Pero la inteligencia no es dejar venir. Wait and see no es una opción.
Tal y como se está desarrollando ante nuestros ojos, la guerra en Ucrania tiene dos caras. Es, localmente, una guerra “total” contra un pueblo al que el peligro de aniquilación ha movilizado en una unidad patriótica que borra sus divisiones tradicionales, una guerra de destrucción y terror dirigida por el ejército de un país vecino más grande y poderoso, al que su gobierno quiere enrolar en una aventura imperialista sin posibilidad de retorno. Pero es también, más ampliamente, una guerra “híbrida” en la que este mismo vecino, con unos pocos aliados dispersos por el mundo, con intereses y principios muy heterogéneos, se enfrenta al resto de Europa, que es también el destacamento avanzado de la OTAN, es decir, de una alianza militar también imperialista, superviviente de otra época pero actualmente inevitable.
Judith Revel
Filósofa
Profesora
Departamento de Filosofía – UFR Phillia
Université Paris Nanterre
200, avenue de la République – 92001 Nanterre Cedex
Repuesta 3
El 20 de marzo 2022
Estimado Etienne:
Gracias por este texto tan claro. Más allá de la catástrofe humana y política, el desorden en el que nos encontramos se debe sin duda en gran medida a la necesidad de aceptar que una guerra, sea la que sea, puede definirse no sólo como “legítima” según el derecho internacional, ni siquiera “necesaria”, pero “justa”.
Tienes razón al describir las consecuencias irreversibles de lo que está pasando, y comparto tu pesimismo. Pero a la cuenta de estas consecuencias, también pondría la pérdida de la inocencia que la idea misma de esta guerra justa implica para toda una generación, incluyéndome a mí, que nunca había experimentado la guerra y que durante mucho tiempo pensó que los movimientos [socio-políticos] construirían Europa.
No dejo de creer que un movimiento por la paz pueda intentar pesar en la balanza; pero sé que, si los rusos no se levanten al mismo tiempo para exigir el fin de las hostilidades, todo eso será terriblemente vano.
Entonces: con la resistencia y contra Putin.
La guerra justa es la que hacemos porque tenemos que hacerlo, pero odiándola.
Sinceramente,
Judith
Repuesta de Etienne Balibar a Judith Revel 4
El mismo día
Estimada Judith:
Gracias por poner el dedo tan exactamente (y dolorosamente) en lo que duele. Creo que tu frase final es compatible con lo que digo y hasta lo expresa mejor que yo: “la guerra justa es la que hacemos porque tenemos que hacerlo, pero odiándola”.
Pero lo importante también es lo que dices antes. Judith Butler (en una correspondencia paralela a esta: había enviado primero el texto a unos colegas y amigos estadounidenses, pensando que no leerían PhiloMag, aunque me acabara publicando…), dijo: “Por mi parte, no diría que los ucranianos hacen la guerra, son los rusos (liderados por Putin) que hacen la guerra. Los ucranianos son los que resisten. Y supongo que ninguno de nosotros tendría ninguna dificultad en hablar de una resistencia justa y justificada, y de la justicia de una resistencia, incluso si eso significara entonces examinar sus formas desde el punto de vista de los métodos, así como de las posibilidades de éxito. Al principio, también había visto un texto de Praga, que decía a los ucranianos: ¡hagan como nosotros en el 68 frente a los mismos tanques rusos, salgan por las calles con las manos desnudas para gritar su desaprobación! Pero este consejo (que no quiero caricaturizar) no tendría sentido en Mariupol, ni en Kharkhiv, ni en Kyiv”.
Le dije a Judith B. que entendía su deseo de llevar hasta el final, con las mismas palabras, la disimetría entre los dos “lados”, pero que me parecía que el nombre de “guerra” era inevitable para describir una situación en la que surgen las cuestiones “clausewitzianas” de ofensivas y defensivas, de lo inmediato y de largo plazo, de factores materiales y morales, en definitiva las cuestiones políticas envueltas en el análisis de las relaciones de fuerza. Podría haber añadido que, sabiendo que Putin prohíbe que se habla de guerra (ya que, en la época de la guerra de Argelia, este nombre estaba proscrito en Francia), me parecía que uno no podía contentarse con volver la operación en la otra dirección.
Pero todo esto no implicó el uso de la frase (syntagme) “guerra justa”, y todavía no estoy seguro de haber tenido toda la razón al hacerlo (aunque la discusión subsiguiente me persuade de que importe que la pregunta sea hecha). Quizás mi razón principal radica en el hecho de que la pregunta que tenemos ante nosotros es si apoyamos de manera inequívoca y evasiva la resistencia “armada” de los ucranianos. Y si, para apoyarla, hacemos la guerra (nosotros, los europeos, etc.) en las formas necesarias (aunque sean “prudentes”). En resumen: si es justo que les hagamos la guerra con ellos [los ucranios], es porque su guerra es justa. Incluso traté de decir algo como: ella es más que justa, porque no solo corresponde a ciertos criterios (como los enumerados por Walzer), sino que hace explotar los criterios (como lo hicieron otros, por supuesto, y uno piensa en la guerra contra Nazismo).
Ese efecto de explosión, o transgresión de criterios formales, que es una intuición subjetiva de mi parte además de un efecto retórico, seguramente tiene algo que ver con el dolor que expresas: “La pérdida de la inocencia de una generación”. Yo que soy de la generación anterior, compartí completamente y sigo compartiendo la idea de que la desaparición de las guerras (por lo tanto, de los armamentos, de los planes y alianzas, de la idea del uso de la fuerza) no es simplemente una consecuencia de ciertas revoluciones políticas y sociales por las que militamos, pero constituye en sí mismo un objetivo político primero, o fundamental, tan importante (o incluso más) que el socialismo o el comunismo (o que forma parte de él).
Ser revolucionario es luchar, entre otras cosas, pero directamente, contra la guerra. Pero como fui educado durante la guerra de Argelia, la guerra de Vietnam y otras guerras revolucionarias o revoluciones armadas, me viene a la memoria que he sido convencido de que hay “guerras justas”, incluso guerras que son el movimiento mismo de la justicia. Ahora, tengo que preguntarme si todavía pienso así. De una manera, no, ni en el sentido de “ precisión” (justesse) ni en el de “justicia” (justice). Las condiciones han cambiado, y hemos visto las consecuencias… Por otra parte, visto desde Europa, con el recuerdo de las movilizaciones contra el armamento nuclear y el balance del terror, estaba inclinado a pensar que las guerras que nos amenazan más son guerras entre “imperios” sobre-armados. Y finalmente, la experiencia de las guerras en Yugoslavia (también “europeas”, pero de algún modo encerradas tras barreras protectoras), sugería otro caso, que es una forma de “arreglo de cuentas” (règlement de comptes) entre “pequeños” nacionalismos más o menos equivalentes.
Sin embargo, ninguno de estos tres modelos se corresponde con lo que ocurre en este momento y que nos interpela: no es una “guerra revolucionaria” emprendida por quienes quieren liberarse, no es (en principio) una guerra entre los grandes imperialismos (incluso si están involucrados), no es una guerra entre nacionalismos equivalentes (incluso si hay nacionalismo en ambos lados, y uno no debe hacerse ilusiones sobre ningún nacionalismo).
Entonces llego a pensar que los “modelos” no sirven para nada. Lo que importa es la pura singularidad de la situación en la que nos encontramos y nada más. Debemos elegir en este caso, salvo la infamia. Pero lo hacemos sin olvidar nada de lo que hemos creído y aprendido, porque es insuficiente, aunque no es falso. Por lo tanto, nos hacemos violencia a nosotros mismos. Hablo de “guerra justa”, contrario a la mayoría de los usos de esta expresión. Y explicas: “La guerra justa es la que hacemos porque tenemos que hacerlo, pero odiándola”. Lo que significa en particular que no vamos a construir a partir de ahí ninguna teoría, ninguna justificación que proporcione un modelo a seguir, que demostraría cuándo y cómo se puede “amar” la guerra, es decir, quererla. Es con la resistencia de los ucranianos, hoy y hasta que ganen, que decidimos, por lo tanto, es contra Putin y el putinismo (que tiene ramificaciones bastante amplias). Nada más, nada distinto, pero nada menos.
Perdón por esta dilución, cuando todos ustedes tuvieron la amabilidad de sugerir que había encontrado fórmulas sobrias, aunque problemáticas.
Con amistad,
Etienne
1 Traducción de Jean-Claude Bourdin (Universidad de Poitiers).
2 Aquí, comentando la traducción, Etienne Balibar agrega: “Pienso a dirigentes políticos como Orban [Hungría] o Valls [Francia] que se precipitaran para denunciar un error” (N. del T.).
3 Traducción de Matthieu de Nanteuil (Universidad de Lovaina).
4 Traducción de Matthieu de Nanteuil (Universidad de Lovaina).
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